Año de la rata. Anuncio de destrucción. Ludwig escribió sobre un muro de mi casa justo antes de desaparecer
El crepúsculo de la desaparición lo baña todo con la magia de la nostalgia; todo, incluida la guillotina*. No
estoy seguro a dónde se fue, lo he intentado encontrar pero no aparece. Cada vez que tocan a la puerta pienso que
será él, excusándose con alguna tontería como que había mucho tráfico o que tuvo que llevar a su madre al
trabajo. Me urge encontrarlo, tengo que decirle que este año ha estado lleno de desastres, que estoy enfermo, que
lo andan buscando. Él y yo nacimos en 1984, año en que murieron Michel Foucault, Julio Cortázar, Truman Capote,
cuando publicaron La insoportable levedad del ser*, presentación de “Like a virgin” de Madonna, primer
Pichichi para Sánchez, Soda Stereo presenta su disco homónimo, introducción de la primera Apple Macintosh, y
muchos otros lugares comunes que nos hacían cercanos. Supe que el último lugar a donde fue Ludwig fue
Huautla, justo cuando yo andaba por Oaxaca.
Ludwig murió en un coche amarillo justo cuando perdió dos segundos en un abismo de libertad que le quedó
grande. A Ludwig le diagnosticaron una enfermedad terminal, popularmente conocida con el nombre de muerte,
desde el día en que nació; en ese momento, lo que mejor se le ocurrió hacer fue vivir, no encontró otra
alternativa. A lo largo de su vida hizo, como todos los demás, mucho menos de lo que pudo haber hecho, pero
mucho más de lo que muchos hicieron, que fue sencillamente hacer lo que creía, ser lo que creía, y ello, lo que
creyó, es totalmente ponderable (incluso recriminable) desde las creencias de cualquiera, pero totalmente
legítimo y aplaudible por ser suyo y por haber operado en sí mismo. A Ludwig no lo mató ningún veterinario
sino él mismo al enfermarse de lo que se enfermó. Pero eso de lo que se enfermó tiene un origen, y ese origen
puede ser considerado como producto de una intervención humana, por lo tanto hubo un alguien que tiene la
culpa de que Ludwig se enfermara; regreso a la idea que más adelante se leerá..., la estrecha relación de
elementos que componen la sociedad (los individuos) es tal que todos estamos vinculados en lo de todos, es decir
todos somos culpables, es decir nadie es culpable. Ludwig está tendido sobre una plancha de metal (ya sabemos
qué pensar cuando digo “plancha”). Ya no es él, sólo un recuerdo muy fresco de algo que nos hace llorar.
Es imposible no intervenir en el otro de junto, tanto en dolor como en alegría, la cercanía inmediata entre
personas, graduada en nomenclaturas sociobiológicas, nos hace susceptibles al sufrimiento y a la felicidad. Sería
negarnos a nosotros mismos el negar lo lastímero, como sería negarnos a nosotros mismos el no sufrir lo
lastímero. Todos somos culpables del dolor del otro, qué mayor injusticia que el agradecimiento dado por los
hijos a los padres a cambio de toda su paternalidad, qué más injusto que un juego como el amor en el que
siempre pierde el mejor. La injusticia esa que vemos en tales cosas no es sino nosotros mismos, lo que más se
ajusta a nosotros, lo propio. ¿Dar la vida no es al mismo tiempo dar la muerte, como quiera que ésta ocurra? ¿Desde cuándo la vida pasó a ser un anuncio de Master Card?
Ludwig ha muerto a los 23 años. Como le faltaban diez para volverse superstar, la Iglesia ha emitido un
veredicto reprobatorio con respecto a su muerte: Fue una vida truncada, sentenció. A partir de ello nos hemos
preguntado si la vida de Emiliano estuvo truncada también, nos hemos preguntado si es una vida truncada la de
alguien que muere a los 76 años tres meses después de que le diagnosticaran metástasis de un cáncer vesicular.
También nos preguntamos si una vida no truncada sería aquella de quien muere anciano “sanamente”; ¿lo sano
es lo habitual, lo corriente? ¿Qué más corriente que la muerte en cualquiera de sus formas? Para que la Iglesia
emitiese ese tajante veredicto tuvo que comparar la vida de Ludwig con un esquema específico de vida que para ésta es la correcta. En consecuencia, nosotros nos preguntamos, ¿es la vida un manual estandarizado a realizar o
una realización personal en convivencia? Seguimos esperando la respuesta de la santa institución.
El Estado y la Iglesia, a través de sus allegadas instituciones (la familia, el matrimonio, etc.) nos han enseñado a
negar nuestra autoridad sobre la muerte propia. La negación de nuestra muerte es un principio cultural por todos
reproducido, incluso si la deseamos está en contra de lo que debemos hacer/ser en función de nuestra relación
con los otros. Si se tiene hijos “menores de edad” habría que considerar matices, pues existe una responsabilidad
implícita al concebirlos, una suerte de entregarse a sí mismo. El problema de esto radica en la clausura de la vida
a partir del temor de la muerte, que es en sí peor que la muerte misma; el problema es operar en función de restricciones que pretende alejarnos de la muerte en función de una vida no vertiginosa. Hemos dejado de decidir
sobre nuestra muerte, tenemos que conservarla al por mayor, hay que ser productivos, hay que estar para los
demás, es un problema de Estado, Estado basado en la prohibición religiosa del suicidio; hemos dejado de
decidir sobre nuestra muerte, y eso es en realidad dejar de decidir sobre nuestra vida.
La queja que se opone a la mala vida reclama una sanidad, enjuicia una vejación al cuerpo, una “autodestrucción”. Esa queja supone un cuerpo institucionalizado, separado de la misma persona. Sucedimos la
etapa del esclavismo con una fachada religiosa que esclavizaba a los Hombres a partir de un dios. Terminamos
con ese fanatismo religioso para cambiar a su dios por un aparato moderno estatal que tiene como Cristo al
presidente y como Testamento la constitución. Ahora, nuestro cuerpo, parte integral de nuestra persona, le
pertenece al Estado, por lo tanto nuestra vida también. Como aparato discursivo que nos arroja a esa vida de
bienestar están todos los deber ser que se dibujan como horizonte de posibilidad de cada persona al hacerse “responsable” de su vida. Arrimarse a esos deber ser es justamente dejar de ser responsables de la vida de uno
mismo. Lo más autodestructivo que podemos hacer en nuestra vida es tenerle miedo.
Nadie, nunca, nada podrá lanzar la primera piedra. Nadie, nunca, nada debería de tener en sus manos una piedra.