Supongo que estoy empecinado a reconocer en todos los lugares donde me doy eso que me atormenta, que me
impone. Sí, tengo un muerto atrás, una muerte cercana. Sí, es en lo que pienso, la ausencia se replica en todas las
presencias posibles, la ausencia es su presencia. Supongo que oí hablar de Heidegger, supongo que estoy de
acuerdo.
Doña Isabelita. El esposo de doña Isabelita empezó a fumar a los dieciséis años, justo el momento en el que
salió de España para ser cooptado por el ejército francés en su guerra mundial contra Alemania. Él era el
ingeniero, se dedicaba a inventar, generalmente cualquier tipo de cosa, pero en esa circunstancia hacía sobre todo
mejoras técnicas para las armas. El frío, en algún lugar de Europa, asesinaba. Él eligió fumar.
Alguna vez lo conocí. Estaba tirado ya sobre su cama, muerto de no morirse, con la garganta abierta por donde
salía una sonda que, cada vez que doña Isabelita no veía, algún yerno llenaba con whisky. Me contó cómo se
tiraban al suelo cada vez que una bomba les era tirada desde un avión, de tal suerte que las esquirlas que de la
explosión resultaban no les tocaban el cuerpo pues salían siempre en una dirección diagonal hacia arriba desde el
suelo. Nada de eso lo escuché de su voz en realidad, sino de la interpretación simultánea que su mujer, doña
Isabelita, hacía de los sonidos guturales y los ademanes provenientes de ese recuerdo de titánico hombre que
yacía sobre la cama.
Libró la guerra, claro está. Libró el viaje hasta México (varias semanas). Libró el nazismo, el fascismo y sobre
todo el franquismo. No libró el tabaquismo. Tuvo seis hijos, de los cuales le resultaron tres monjas republicanas,
una viajera y dos galanes de telenovela. Todos ellos, junto con doña Isabelita, se quejaron siempre de que
fumara, incluso después de su muerte; mucho más después de su muerte. Él jamás dejó de fumar. Nunca entendí
muy bien por qué no lo hizo, sobre todo ya terminada la guerra.
Histoire du non-dit. El nunca más (apodo del tiempo) alumbra con su asfixia todas las cosas que no fueron
dichas, subraya con bioluminiscencia las palabras que se guardaron en la boca y que hoy en día tienen más que
nunca el nombre de su destinatario (muerto). En el duelo todo lo nunca dicho se trasforma en flagelo que duplica
el sufrimiento, como si la vida (del muerto y con el muerto) fuera lo que no fue y no lo que fue.
Política de lo correcto/incorrecto. Hay muertes bien vistas y otras mal vistas, es decir, el evento –y sus causas–
en el que una persona muere será significado por aquellos que vivan, de una u otra forma, la muerte y enjuiciado
conforme a un aparato específico de lógicas morales. Ejemplos:
· Está mal visto morir en manos de un volante alcohólico durante un festín de irresponsabilidad.
· Está bien visto, se lamenta, que un joven muera en manos de un ejército enemigo mientras defendía su patria. Generalmente en estos casos, el que fenece se convierte incluso en referencia moral de un grupo social
específico, es decir, se transforma en héroe.
· Es políticamente incorrecto que un joven muera por mano propia como resultado de una inestabilidad “mental”.
La gente en estos casos suele recriminarle al muerto (...) no haber pensado en quienes le llorarían, sobre todo sus
padres, es decir, le reclaman no ser justo ni consecuente con quienes le quieren y, sobre todo, con quienes le
dieron La vida.
· Está bien visto, nos da mucha pena, que alguien muera en manos de una enfermedad letal, como puede serlo el
cáncer de vesícula, VIH, tétanos, o alguna otra de esas cosas infalibles.
No se piense que al existir las muertes mal vistas haya quien deje de decir Ay, qué bueno era, eso es algo que
permanece constante, un lamento que no se deja de sentir, un respeto invaluable por la muerte. Sin embargo, eso
no quita que cuando no se está frente a los dolientes, el que no se ve tan afectado por el acaecido puede juzgar y
definir qué es morir “dignamente” y qué es reprobable. Hay niveles de interiorización de la muerte, generalmente
(no siempre) en función de la cercanía que se tuviera con el que murió. También de manera nivelada se dan los
juicios y ponderaciones con respecto al deceso, unas más graves y/o gravosas que otras.
Pésame. A mi hermano y a mí se nos ha muerto nuestro hermano. No podemos negar que en este momento
somos los objetos de la amnistía, los desafortunados con todas las ventajas. Es justo ahora el momento de
aprovecharse, podemos tirarnos a todas las amigas de nuestras amigas, con quienes también ya hemos estado, y
salir ilesos, es el momento de pedir favores, es ahora que podemos conseguir trabajo, Su hermano acaba de
morir, diría una voz melancólica justificándonos, es justo ahora que tenemos que reclamar los libros prestados,
sólo hace falta llorar. Somos en este momento los viudos, los dolidos, los que no tienen idea de cómo salir del
sufrimiento, por lo tanto los que más favores pueden pedir. Ya luego vendrá la calma, no dentro de mucho la
gente comenzará a no llamarnos diariamente, las flores no tocarán más la puerta –afortunadamente ya nadie
envía tarjetas, de esas uno no se puede deshacer, en cambio para el problema de la permanencia de las flores y su
olor siempre nos queda la descomposición (lo marchito), pero los papeles y los objetos “imperecederos” (más
duraderos) se quedan autoritariamente alrededor estirando los brazos del dolor mnemónicamente. La calma traerá
la risa, no únicamente la reconfortante, sino también la de la burla, la del “humor negro”, y así el muerto se
entierra más, la gente que nunca lo sintió demasiado irá velando el cadáver con la levedad de las bromas
políticamente (ya) correctas; posteriormente el aburrimiento del tema, su falta de actualidad, lo hará morir más.
No dudemos que incluso llegará quien diga algo más bien exaltado y otro más se lo responda con unos nudillos
en su nariz, sobre todo si para ese otro el duelo era mayor. Pero ahora es el justo momento para vengarse de esa
gente que posteriormente se olvidará de que nos duele, antes que dejen de mandarnos flores será mejor que les
pidamos más.
(Finales de enero/08)
Ira. También llamada enojo, actúa tal cual lo hace la culpa anteriormente descrita. Hay que dejarla fluir.
Emiliano. Le diagnosticaron que no llegaría más allá de los quince años. Cuando era pequeño a alguien le causó
mucha curiosidad que caminase de puntitas. No sé bien cómo se llama su enfermedad, algo que le provocaba que
sus músculos no crecieran mientras los huesos sí. Desde temprana edad estuvo en una silla de ruedas, pronto
conectado a un aparato que le hacía respirar. Tiene 28 años. Hoy murió.
Terminó una carrera en la Facultad de Filosofía y Letras. Estudió cine en Nueva York. Un sujeto sin duda muy
inteligente. Hoy murió, más de diez años después de lo diagnosticado.