Culpabilidad. Siempre tiene que haber un culpable, es lo mejor. Y si no es lo mejor, por lo menos es lo más
recomendable. El culpar es, siempre y cuando no se lleve a extremos indeseables y contraproducentes, la terapia
inmediata más conveniente en la aparición de la fractura, del trauma. No pretendo posibles debates con
psicoanalistas, sólo quiero decir que algo se tiene que romper con las manos si algo se rompió en las vísceras.
Lágrimas. Las lágrimas son el desbordamiento de lo que más pesa adentro. Las lágrimas son la sonoridad de la
complejidad en estridencias y en melodías, son la prueba de lo que más espacio ocupa en nuestro adentro, en la
intimidad, de lo que más perdura, de lo que más vive y para lo que vivimos.
Comida. Sólo dos segundos hacen falta para no llegar a comer a casa. El auto es amarillo, la ciudad una de esas
en las que las planeaciones urbanísticas están en función de cuánto del presupuesto conferido requiera la cartera
personal de la alcaldía, la carpeta asfáltica es más delgada que el espectacular donde se presumen los alcances
del gobierno –Juntos avanzamos–, el agua subterránea ondula el camino. Son las 14:35, justo cinco minutos
después de la hora prometida de llegada a comer con su mujer y sus dos hijas, once y ocho años. Sol, tráfico,
música, llamada telefónica, curva. Ciento sesenta kilómetros por hora indica el informe del perito. Un ligero
movimiento del volante, un problema del asfalto, una ausencia de peralte, algún otro coche que se cerró, un
destello de luz sobre el medallón de enfrente, dos segundos de distracción.
En esos dos segundos cabe todo lo que hizo antes de morir, todo lo que dejó de hacer. Caben sus hijas, su mujer,
sus todos los demás. En esos dos segundos están todos los días que ya no serán, los posibles aniquilados, está la
ausencia, está la muerte. En esos dos segundos caben todos los reproches que sus allegados le harán, está la
eterna queja hacia la irresponsabilidad, hacia la elección, hacia no atender esos dos segundos.
Libertad/Elección. Vengo de una litúrgica y social tradición de combate para alcanzar la libertad, libertad del
humano. Creo que la palabra nos queda grande. Si transportásemos la esencia de eso por lo que durante siglos
han luchado tantos Hombres oprimidos a un plano que podríamos definir pobremente como “filosófico”, la
concepción sobre este tema, la libertad, cambiaría de manera significativa. Sin embargo deben de tocarse estos
dos planos, el “filosófico” no debe de alejarse de ese otro que, también someramente, llamaremos “sociopolítico”
(obviamente histórico). No es necesariamente filosófico que yo diga que la Libertad nos ha quedado grande, sólo
quiero hacer un apunte que irremediablemente se relaciona con esa tradición al inicio mencionada, por lo tanto
quiero ser cuidadoso.
Ahí mismo tenemos una posible forma de explicación: Libertad y libertad. No estoy seguro de que sea la mejor,
pero la tomaré como ejemplo –mera pedagogía– para intentar darme a entender: La Libertad nos ha quedado
enorme; a penas si podemos elegir. Únicamente dos segundos bastaron para que el de arriba feneciera, dos
segundos donde no vio todo lo que podía meter en esos dos segundos. La vida dura dos segundos; la muerte, por
lo tanto, llega en dos segundos. ¿Qué es, pues, la Libertad?, ¿acaso esa pequeñez humana, esa nimiedad
individual? Contémonos, hagamos un censo de todo lo que se enreda entre tiempo y espacio, todos nosotros
mezclados, todo lo que influye, todos los elementos que constituyen un contexto, cuántos somos liados en un
mismo cronotopo, ese donde el de arriba ha muerto en su auto, cada uno de nosotros decidiendo, eligiendo, y
nuestra elección que se mezcla con la del de junto, y con la del otro de junto, y así potenciadamente. En toda esa
maraña de ‘mundo’, que yo definiría como azar (todas las variables que le afectan al individuo y sobre las que no
tiene capacidad de elegir), ¿en realidad nos creemos Libres? A penas alcanzamos a elegir, blanco o negro, terrazao al interior, limón o sandía, voy o me quedo, y muchas veces ni siquiera lo hacemos “concientemente”
(concepto sumamente espinoso), como el de arriba, que jamás atendió la velocidad a la que iba y la curva que
daba, que su intención no era dejarlas, sino ir a verlas. La Libertad nos ha quedado grande.
No tengo realmente una definición para libertad, no tengo una sustancial comparación que hacer. La dejo así
nada más para respetar todo eso por lo que alguna vez todos luchamos en el pasado, en el presente. Tal vez sí,
por el contrario, tendríamos que empezar a pelear no por nuestra Libertad, sino por nuestra posibilidad a elegir.
Tal vez estoy equivocado y fue esto último por lo que siempre luchamos.
Duelo. No podemos negar la permanente necedad de respetar la muerte, no negamos las más oscuras negaciones
de nosotros mismos al cedernos al de enfrente que llora, autorizándonos sumisión para con él, dejarnos para que
se sienta mejor. ¿Será acaso la maldita costumbre humana del miedo, será que respetamos la ocasión de luto no
porque nos duela el que se lamenta –obviamente me refiero al pésame que se le da a alguien no íntimamente
cercano–, sino más bien porque la cercanía con la muerte nos aterra? ¿Realmente nos afecta el sufrimiento o más
bien nos duele profundamente el acercamiento con el fin?
Más de nosotros. Deducción 2. Necesitamos la muerte, necesitamos lo que más evitamos. La necesitan los
hospitales que el azar y las decisiones abarrotan, la necesitan los herederos, los hijos con traumas que enterrar, la
necesita el Estado, la necesita las instituciones de la resurrección, las aseguradoras, la funerarias, los cementerios,
los asilos1; somos demasiados y no cabemos ya, por eso inventaron el SIDA y la pobreza (o la riqueza). Cuántos
años hubiera soportado doña Isabelita a su esposo, enterrado en vida bajo sus cobijas y con la garganta abierta,
dándole de comer por una sonda, esperando a que el enfisema le reste palabras para las visitas que fingen “normalidad”, que procuran esperanza. ¿Esperanza?, ¿para quién?, ¿para el que queda encerrado cuando los
demás tiene que seguir con su día, seguir caminando –privilegio de los que no se quedan en la suite sepultura con
vista al jardín y televisión por cable? Por favor, que alguien llegue y le dé un cóctel de tranquilidad, alguien que
se atreva a romper con una ficción que no da más.
Necesitamos la muerte, está ahí para nosotros, a nuestra merced, estamos a merced de ella. No recibe órdenes, no
es, lamentablemente, una belleza que besa con la más cálida frialdad, lamentablemente es nada más y nada
menos que nosotros, uno mismo en su propia vida, con sus elecciones, con su hacer y su dejar de hacer, con sus
manos.
Por supuesto que la muerte nos es necesaria, por supuesto que la(s) Iglesia(s), el Estado, las funerarias y los
hospitales necesitan de ella, si fueron todos estructurados a partir de una primaria “naturaleza” de la humanidad,
a saber, la muerte misma, ¿o habría que decir la vida misma?
Apunte sobre una novela de Piglia. La lectura y las películas son, sin duda, formas de escapatoria al dolor que
produce la muerte, por lo menos paliativos. Pero también todo lo que vemos o leemos, escuchamos, nos regresa
al único tema que nos concierne de manera imperativa en ese periodo de duelo. Así, casi nunca nos escapamos.
Estoy leyendo Prisión perpetua de Ricardo Piglia: