La esperanza que el amor representa es justo en el sentido contrario, la del amor a la finitud, un dios falible y mucho más humano de lo que preferiríamos soñar. La única anotación que realizó mi amigo Fritz en su copia de La posibilidad de una isla fue con motivo de la siguiente cita:

Yo no quería convertirme en autómata, y era eso, esa presencia real, ese sabor de vida viva, como habría dicho Dostoievski, lo que Esther me había devuelto. ¿Para qué mantener en funcionamiento un cuerpo que nadie toca? ¿Y por qué elegir una habitación de hotel bonita si vas a dormir sólo? No tenía más remedio, como tantos otros que al final fueron vencidos a pesar de sus burlas y sus muecas, que inclinarme ante el hecho: inmensa y admirable era la fuerza del amor.19

Fritz escribió “El último de los dioses, al menos eso parece (Sí hasta en Houellebcq)”. Y es que a final de cuentas el suicidio de Daniel1 no es una muerte racionalizada, sino llena de fe y esperanza, es el riesgo que corrió al amar sin límites. Cuando conoce a Esther escribe:

 
Comprendí que iba a amar a Esther, que iba a amarla con violencia, sin precaución ni esperanza de ser correspondido. Comprendí que iba a ser una historia tan fuerte que podría matarme, que probablemente me mataría en cuanto Esther dejara de quererme porque al fin y al cabo hay ciertos límites, por mucho que todos tengamos cierta capacidad de resistencia todos terminamos por morir de amor, o más bien de falta de amor...20
 
En el plano simbólico, y en concordancia con las filosofías orientales, con el suicidio de sus personajes Houellebecq no hace otra cosa que renunciar al individuo. Pero esta renuncia, el suicidio, que busca desprenderse no de la vida sino de la individualidad, es de suyo paradójica pues surge siempre como una decisión racional individual. El suicidio se vuelve entonces un hermoso final para enunciar y denunciar una vez más la antítesis entre el ningún hombre es en sí equiparable a una isla y el ten el valor de servirte de tu propia razón kantiano. El suicidio muestra entonces el absurdo de la imposibilidad cultural de abandonar aquello que nos ha separado en islas, porque sólo en islas es posible mantener la economía de consumo imperante. El divide y vencerás de Roma, se convierte en la divisa contemporánea pero no en términos bélicos, sino económico-político-comerciales.

La posibilidad del humanismo

La salida, si es que existe, está en comprender de principio que la eternidad y por ende la inmortalidad sólo existe como momento, si el tiempo es limitado y finito, el único ámbito donde es posible el amor es en la historia. La relación amorosa evidentemente es también una relación de poder, Houellebqc es consciente de esto al señalar que al enamorarse, el más débil será lentamente torturado por el fuerte quien realiza esto sin siquiera sentir placer en la destrucción del otro. Pero invariablemente, a pesar de que uno no elige de quien se enamora, se requiere de cierta voluntad de sujeción, de vértigo como deseo a caer. Esta voluntad es la que se encubre bajo la apariencia de poder que se le atribuye a esa persona de la que uno se ha enamorado. En ese movimiento, que precipita el final, el tiempo efectivamente pierde uno de sus caracteres, en tanto se deshistoriza la decisión misma de caer y ser torturado por una pasión. La conciencia del sufrimiento, el sobrevivir a una relación así arroja al cinismo y desesperanza propia de la posmodernidad. Evadiéndose una vez más de la responsabilidad que cada sujeto tiene sobre sí mismo y que a la par tiene sobre el otro. El miedo ya no sólo protege la integridad emocional sino que precipita el final de una relación, el miedo a su ocaso cierra la puerta al enamoramiento, dejando sólo la relación sexual. Se deshistoriza así el devenir propio de la relación. Convirtiendo la posibilidad de eternidad en una anécdota fallida. El amor eterno no existe fuera de la historia, y depende en gran medida de los discursos que los sujetos disponen para significar su propia experiencia ¿Qué encubre esta fetichización de la historicidad misma del amor humano? La posibilidad de sufrir como sufrimiento generador de experiencia y no sólo de cinismo. Experiencia que finalmente no es individual, sino siempre colectiva, y sólo desde ahí generadora de individualidad.

Lo que está presente entonces es la falsa noción de ser un uno individual al momento de entrar en una relación y de salir como uno igual o como uno distinto. El sujeto individual, se forma entonces hacia dentro de la relación. Y esto sucede sólo porque la narratividad de la existencia no implica el cierre de la experiencia al siquiera abarcar en su totalidad lo sensible, pues sólo obtura una parte de ella. Es claro que la experiencia y la narratividad otorgan sentido al devenir, pero si se pretende mediante el lenguaje clausurar el sufrimiento, lo que se esconde entonces es la historicidad misma del sentir y por ello no se logra la clausura autónoma del mismo. De esto están conscientes las últimas aportaciones teóricas a las terapias psicológicas, que saben que la verbalización no basta para aliviar al alma. Dostoievski lo enunciaba así “hay que amar a la vida por encima del sentido de la vida”. Por ello la conciencia de la finitud debería no sólo desgarrar nuestros sueños, sino antes bien aliviarnos de la finitud del sufrir mismo.

Lo que propone Houellebecq como principio único de Occidente, tiene su verdadero sentido en los dos movimientos contemporáneos de la globalización: la estandarización de todo sujeto en sujeto económico a la par de la generación de un mercado de consumo de élite, que se puede enunciar como la gourmetización de la existencia, ámbito de suyo excluyente de la mayoría de la humanidad, punto coincidente con lo que Houellebecq denomina satisfacción narcisista, deseo que describe la negación radical del otro concreto. El Mercado propicia en aras del consumo un discurso que performa la separación de los amantes, fenómeno similar al caso de la anorexia y la bulimia, constituyendo un mercado de la depresión propicio a la inversión racional y por ello al usufructo a partir del sufrimiento y el trauma. La trampa se podría enunciar así: ¡Dejé de sufrir, consuma!, con el paradójico carácter de que es el consumo mismo el que invoca al dolor una vez más.

La fetichización, ubicada originalmente por Marx como fetichización de la mercancía, desemboca entonces en la absoluta mercantilización de la existencia. En todo caso la historicización en tanto evidencia de lo suprimido, no sólo en el discurso historiográfico, sino en todo discurso que atraviesa y posibilita lo real, aun a riesgo de no saber exactamente las consecuencias de ello, me parece una salida a la posmodernidad. La restitución de Dios, pero éste como Ser histórico, sería metafóricamente el punto nodal de dicha propuesta, el reconocimiento de que lo trascendente es histórico de suyo. Es en cierto sentido la restitución de los universales.


 



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