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De ahí se lanzó a estudiar las
relaciones de poder en ámbitos sólo en apariencia fuera del campo legal fundante de obediencia -que posee una función legendaria igual que la academia, y fetichizadora por tanto de la responsabilidad del poder- que son la cárcel y el manicomio. Preguntar por cómo se origina el marco legal que fundamenta al poder político y por ende la obediencia -discurso legal que guardaría el mismo tono performativo del que habla De Certeau a propósito del
discurso histórico- en relación a las prácticas cotidianas donde se realiza un poder fuera del marco legal nos
conduce a un enredo tipo huevo o gallina, intento vano por reconocer un momento cronológicamente ubicado. No
se trata de ninguna manera de un momento histórico originario de determinación y sobredeterminación, se trata de
una parte estructural, no histórica, pero sí temporal que caracteriza al total de la modernidad: la fetichización.
La fetichización describe el movimiento dialéctico mediante el cual el trabajador no se reconoce en el producto de
su trabajo, la mercancía, cuyo costo de producción es originalmente el tiempo de trabajo involucrado en su
realización. Para Marx esto marca la contradicción fundamental del capitalismo en tanto el sistema liberal decreta
una igualdad de todos los hombres ante la ley que en todo caso resulta abstracta. Esta igualdad es la condición de la
libertad del hombre moderno en tanto lo capacita para concurrir libremente al mercado. Pero el trabajador, sólo
poseedor de su fuerza de trabajo tiene que enajenar dicha capacidad empleándose, y lo que oferta no es otra cosa
que su libertad. De ahí emerge el plusvalor del que se apropia el capitalista, pues la mercancía, que originalmente
se tasa en relación a la fuerza productiva requerida, puede ser ofertada en el mercado a lo que en principio el
capitalista determine. La oferta y la demanda normaliza finalmente este precio, generando esa ficción radical que
es la autonomía del mercado. |
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...sólo aparece, a la manera de un sistema monetario, como un principio de clasificación para los datos situados en este espacio objetivo externo. Metamorfoseado en medida taxonómica de las cosas,
la cronología deviene en coartada del tiempo, una manera de servirse del tiempo sin pensarlo y de
exiliar del saber este principio de muerte y de pasaje (o de metáfora). Queda el tiempo interno de la
producción, pero transformado en su interior en una serialidad racional de operaciones, y objetivado
en su exterior en un sistema métrico de unidades cronológicas, esta experiencia no tiene más que un
lenguaje ético: el imperativo de producir, principio de ascesis capitalista.9 |
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En este movimiento es como se logra deshistorizar pero sin destemporalizar. Como un romper y trastocar sin
ejercer contacto, la telequinesis de la modernidad. Una de las coincidencias en esta última idea trascrita de De
Certeau, es con respecto a la tesis de que el tiempo se hace tiempo humano en la medida que se hace tiempo
narrado de Paul Ricoeur en Tiempo y Narración. Justo esto es lo que describe De Certeau pero en su efecto hacia la
constitución de bases que facilitan la acción de los poderes políticos y económicos. Sólo en la narración se logra
vincular diversas acciones, prácticas y experiencias, estableciendo una serie de jerarquías, de las que un exhaustivo
examen de la historiografía contemporánea nos de tal vez una pista sobre cómo clasificamos y privilegiamos
ciertas acciones por encima de otras, propuesta que en todo caso sería una genealogía del saber histórico.
Lenguaje y experiencia, o las escuelas aún predominantes de la filosofía, se engarzan cuando se arriba al giro
práctico del que De Certeau forma parte, haciendo torpe pretender establecer un primado cronológico de uno u
otro. En torno al otro asunto, en algún punto de todo esto, repolitizar es el historicizar la historiografía. Es pensar el
tiempo, en el sentido de extraer de la fetichización del pasado representado y sus condiciones socioeconómicas
presentes las implicaciones de ella pero proyectándolas a su vez hacia su perspectiva histórica. Esto haciéndose una
sola labor con la genealogía propuesta, me parece sienta algunas bases para emprender una nueva historia de la
modernidad con miras a esclarecer la posmodernidad y salir de ella. El trabajo de Michel Foucault y su conclusión de que las prácticas de poder se encuentran en toda relación intersubjetiva, apunta entonces a concebir todo estudio enmarcado en los límites temporales de la modernidad bajo la determinante de un panpoliticismo fetichista y por ende, encubridor de la responsabilidad subyacente a todo acto de dominio-subordinación. El común a estas tres fetichizaciones es la deshistorización sin pretender la destemporalización. La repolitización propuesta para el discurso histórico de De Certeau implica entonces la historicización del discurso. Esto hace evidente que la repolitización no se refiere a la constitución de algo ya de suyo político pero fetichizado, sino a que dentro del todo, que es político, histórico y social, cabría entonces reflexionar en torno a cómo hacer evidente dichos intereses -las condiciones de posibilidad de una honestidad no cínica- y cómo hacer que esta evidencia perviva en el resto de las practicas sociales y económicas. Aquí la especulación teórica encuentra su límite, pues continuar en este ámbito significa el mantenimiento del carácter encubridor de la teoría misma. Se trata en dado caso de mirar a aquellos que con la imaginación construyen mundos posibles, los que exploran prácticamente las posibilidades de la existencia, marcando los límites de éstas a la par de ir demoliendo las aporías históricas, gestando de esta manera futuros alternativos a las propuestas lógicas de la realidad presente. Por ello, en este punto salto a la literatura, ámbito que a su vez muestra las radicales consecuencias de la modernidad como fetichización hacia dentro de la existencia humana. |
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