Reunificar el tiempo en este sentido, sería determinar cómo una simbólica se expresa y se funda sobre una política. Esta propuesta, de suyo ontológica, vincula en sí los dos grandes ámbitos de reflexión teórica del siglo XX, corrientes que al fin y al cabo han determinado los desarrollos hacia dentro de la filosofía de la historia. Se trata en todo caso de los dos problemas teóricos del siglo XX, lenguaje y experiencia, filosofía analítica y fenomenología para ponerles un nombre que permita un manejo conceptual, aun cuando no rígido, de estos dos problemas. Para De Certeau la historiografía habita desde hace cuatro siglos en la frontera que separa el discurso y la fuerza, pero sólo hasta ahora se muestra la falacia de esta concepción implícita. Este postulado posibilitaba la disociación de un presente y un pasado, uno sujeto y el otro objeto, uno dedicado a la producción del discurso y el otro confinado a ser representado. En el doble problema de lenguaje-experiencia, el principio de que toda simbólica se expresa y funda en una política, parecería que marca un primado cronológico de la experiencia por encima del lenguaje, y me inclino a pensar que es así, pero no en un sentido cronológico.

Hasta aquí he enunciado los problemas teóricos que a mi parecer son fundamentales en la propuesta de De Certeau, su resolución, con miras a clarificar la operación de la historicización me conduce a tratar varios puntos con la esperanza de poder unificarlos al final de este ensayo.

Si sostengo que el trabajo de De Certeau es eminentemente de carácter historiográfico no es en el sentido en que él mismo describe el discurso historiográfico. Al momento en que De Certeau caracteriza la praxis performativa del discurso historiográfico como operación donde el futuro se forma a partir de separar el pasado representado de las condiciones socioeconómicas presentes.

En uno de los cuatro puntos que trata sobre la ficción, específicamente el tocante a ficción y realidad, tal parecería que en su proceder los historiadores trabajan bajo la perspectiva de un nihilismo epistemológico. El nihilismo de los terroristas rusos del siglo XIX procedía bajo una propuesta simple, destruirlo todo, lo que quede de pie será lo verdadero. De Certeau que retoma de Popper el concepto de falseación, propone que el historiador erradica de las narraciones cotidianas, de las fábulas, y de los mitos, aquello que con el contraste documental se presenta como lo inverosímil, bajo el supuesto de que lo que no es falso debe ser real. Pero advierte que “aunque lógicamente ilegítimo, el procedimiento ´marcha´ y ´hace marchar´”.5

Esto vinculado a su tesis de la historiografía general, que es que el discurso culto, no se distingue en más de las narrativas cotidianas en el sentido de hacer habitable el presente organizando el cúmulo de significados históricosociales, señala no sólo el carácter ilegítimo, sino también encubridor del presente, es decir las condiciones socioeconómicas que posibilitan la producción histórica, juicio para el que De Certeau se basa en el descubrimiento freudiano de que todo recuerdo es un recuerdo encubridor, o como el sueño, que deconstruyendo el trabajo del sueño, configura en apariencia nuevos significados.

Así, bajo la apariencia de ser un discurso real, expurgado de impurezas ficcionales, la historiografía culta en realidad se escinde de sus condiciones socioeconómicas presentes, se desmarca del común. Y así como en la antigüedad se buscaba la falsedad de los cultos paganos para resaltar al verdadero Dios, creando con ello creyentes, el discurso de la historiografía crea realidad no en tanto pasado sino en futuro. Pues las escrituras instauran coherencias capaces de crear un orden, la historia posterior que satisfaga los intereses presentes ocultados. Si sólo se puede crear porvenir pasando por alto el olvido del presente es algo que De Certeau, por lo menos en este ensayo no especifica, aun cuando a eso apunta al señalar persistentemente el carácter performativo del discurso: lo real representado no corresponde con lo real que determina su producción, “la representación disfraza la praxis que lo organiza”6 anticipando la satisfacción de las condiciones e intereses.

El relato El gran inquisidor de Dostoievski, muestra con la interpretación que tiene el inquisidor de la historia de Occidente, el carácter en apariencia prospectivo y que sólo a posteriori muestra cómo las sentencias que se tornan
con el devenir hegemónicas delimitan el mundo posible futuro. El inquisidor increpa a Cristo a propósito de esa escena de los evangelios donde Satán tienta tres veces a Jesús. Las tentaciones del “Espíritu eterno y absoluto, y no de un espíritu humano y transitorio, pues predicen, y a la vez resumen, toda la historia ulterior de la humanidad...”7 son el sentido histórico de la Iglesia como institución, cuya historia es la traición al mensaje de Cristo. Así la espada del César desde la legación de Constantino le pertenece a la Iglesia, quien abandonando el camino del libre albedrío y del amor propugnado por Cristo se ha dedicado a tomar el poder y hacer la felicidad del género humano en el mundo. El inquisidor le dice que si bien la obra no ha concluido no es por pereza, sino por falta de tiempo. La tarea no es otra cosa que lograr el pleno dominio y la plena satisfacción de necesidades; éstas a su vez delimitadas desde el discurso. Esta labor Dostoievski no se la atribuye sólo a la Iglesia, sino que la interpreta como meta de la Ilustración, dejando abierta la interrogante de quién realizará en unos siglos más dicha empresa. Este mismo sentido preformativo y redentor, aun cuando De Certeau no lo menciona explícitamente, está de fondo en ese carácter ideológico que se encuentra presente en el discurso histórico culto, que sirve a fines del poder político y del poder económico. Instancias que tratan de embelezar a la academia, pues al revestirse ésta de un carácter legendario –función de la ficción hacia el seno de la autoridad- tiene el poder de “enunciar lo que hay que pensar y lo que hay que hacer”.8 En todo caso para De Certeau se trata de un discurso dogmático, pues en tanto se funda en “lo real”, no necesita justificaciones. La paradoja que hay que evidenciar es que lo real de donde se funda lo delimita el propio discurso.

Muchas veces se ha escrito que escribir historia es hacer historia, pues bien, si el presente es disociado del pasado, ocultando sus propias determinaciones, resulta que el historiador se cubre de un aura que lo destemporaliza, revistiéndolo luego de objetividad; no participa de la realidad de la que invariablemente parte. El hacer historia resulta en el absurdo de no ser un hacer histórico. De Certeau lo que hace es historiografía, pero al centrarse en la producción de la misma describe la realidad socioeconómica que auspicia dicho trabajo, en esto consiste la historicización, en un historizar lo deshistorizado de la historización que es el historiar. Así, hacer historiografía es hacer historia que a su vez hace historia con la condición ella misma de no hacer olvidar las condiciones propias de su fabricación. Pero ¿es esto posible?

Repolitizar es a mi entender no sólo evidenciar las determinaciones socioeconómicas del discurso y con ello los intereses políticos y económicos que lo mueven, sino también asumir como historiador una política conciente, y ya en el plano del evidenciar, abandonar la retórica de lo real y la exclusión de la ficción que pretende poseer una ascesis ideológica y más absurdo aún, histórica.

No puede quedar aparte, de ninguna manera, la analítica que emprende en torno a lo que denomina la matematización de la epistemología de la historia, carácter que hacia dentro de la producción pretende superar la retórica, encontrando nuevas instancias desde las cuales cabe asegurar la verdad. Cabe recordar que de entre las críticas lanzadas a Metahistoria de Hayden White, se dijo que dicho análisis era anacrónico en tanto los historiadores habían desarrollado nuevas metodologías que poco tenían que ver con el antiguo arte de mover elánimo hacia una toma de posición. Pero esta matematización de los modelos cognoscitivos para De Certeau es sólo una prueba más del solapamiento que sirve a la economía burguesa y conquistadora, como él la llama. Ya en lo personal, y como algo todavía en vías de estarse pensando, me parece que De Certeau sentó hasta cierto punto, las bases para comenzar a salir de las aporías a que los historicismos han llegado.

A lo que me refiero va estrechamente vinculado al proceso de solapamiento, que hacia dentro de la filosofía marxiana se denomina fetichización de la mercancía, y que tiene otro paralelo con la arqueología que emprendió Foucault en torno al poder. Foucault preocupado no sólo por el poder político, sino por las muchas sujeciones que funcionan en el cuerpo social y fuera de la legalidad, señala metodológicamente en Vigilar y castigar por qué y cómo hay que llevar el estudio del centro del poder hacia sus extremidades.


 



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