El hombre tiene conciencia de su singularidad dentro de la Naturaleza y, a la vez, siempre regresa a ella para pudrirse y desaparecer. Ahí radica nuestra total repulsión hacia la mierda: la mierda muestra al hombre tal y como es, un ser físico. Mas, “sin mierda (en sentido literal y figurado) no existiría el amor sexual tal como lo conocemos; acompañado de palpitaciones y ceguera de los sentidos".8

Es esta parte biológica del hombre, sus impulsos, respuestas e instintos, lo llevan a generar una fuerza, esa fuerza denominada pasión. Ella funciona como impugnación liberadora contra la muerte que, paradójicamente, también lleva los distintivos de ésta. La pasión se revela frente a la muerte biológica.

En su faceta sexual, la pasión es conocida como erotismo. Éste, de igual manera, forja un vínculo ontológico con la muerte. Por lo tanto, el erotismo se define como la aprobación de la vida sin ser extraño a la expiración. El campo del erotismo es el de la ruptura violenta, el campo de lo discontinuo. El erotismo tiene como fin “alcanzar al ser en lo más íntimo”, disolver a los seres que se comprometen y revelar su continuidad. Por lo mismo, la pasión nos lleva así al sufrimiento; es la búsqueda de un imposible que depende de condiciones azarosas. “Lo que designa a la pasión es un halo de muerte".9

El erotismo es un ritmo: uno de sus acordes es separación, el otro es regreso, vuelta a la naturaleza reconciliada. El más allá erótico está aquí y es ahora mismo […]; es nuestra ración de paraíso […] Este regreso no es huida de la muerte ni negación de los aspectos terribles del erotismo; es una tentativa por comprenderlos e integrarlos a la totalidad.10

Es este instinto de vida (Eros) en fusión con el instinto de muerte, lo que significa a nuestra civilización como extracción de la libido. En esta fusión, aunque sea por un instante, Eros conquista a su mortal compañero. De esta manera, el eterno retorno se convierte en la voluntad de “una actitud erótica hacia el ser para que la necesidad y la realización coincidan”; el eterno retorno, regreso al sufrimiento como medio para lograr mayor gratificación y para el aumento del gozo.

Eros lucha contra el tiempo y contra la finitud hacia la trascendencia del mismo. Con todo, Eros se nutre de la mortalidad del hombre ¿paradójico? “Es un hecho que el Eros, que representa la afirmación de la vida, está en condiciones –en virtud de una perversión histórica vital, que cae bajo el poder de la compulsión de repetición- de “catectizar” libidinosamente los fines del instinto mortal y de buscar su satisfacción en la negación activada de la vida (esta paradoja parece ser propiedad exclusiva de la especie humana con su civilización)".11

Desde el principio, Eros actúa como “instinto de vida”, en dialéctica al “instinto de muerte”, surgido por la animación de lo inorgánico. Entonces, Eros surge a partir de la naturaleza finita del hombre y es precisamente “esta lucha” lo que caracteriza la producción humana.

Eros empuja al hombre hacia su trascendencia en el amor. “Eros lucha por <<eternizarse>> así mismo en un orden permanente” (Marcuse). El amor funciona como sujetador del tiempo, la muerte y la corrupción. En abstracto el amor es amor de este mundo, unido a la Naturaleza y al cuerpo. “El amor simultáneamente, conciencia de la muerte y tentativa por hacer del instante una eternidad. Todos los amores son desdichados porque todos están hechos de tiempo, todos son el nudo frágil de dos criaturas temporales y que saben van a morir; en todos los amores, aun en los más trágicos, hay un instante de dicha que no es exagerado llamar sobrehumana; es una victoria contra el tiempo, un vislumbrar el otro lado, ese allá que es un aquí, en donde nada cambia y todo lo que es realmente es".12

Pero como nos recuerda Bataille, esta lucha por no morir es un estado extremo de la vida. Se muere con la condición de vivir. La muerte es lo que causa sentirnos vivos. En ello recae lo glorioso de la “muerte chiquita”; ¡llegamos a un punto de éxtasis total que nos acerca a los orígenes y a los fines de la vida!

El hombre vive como si fuese a vivir siempre, dispone el tiempo como si fuese eterno. Casi no se nos ocurre pensar que este instante podría ser el último, tememos a la muerte pero nos construimos un futuro como si fuésemos imperecederos, como si la carne no fuese a pudrirse un día. ¡Pensar que esta condición de mortal, es la definitoria de la especie!

Sartre se opone a Heidegger al decir que la muerte le quita el significado a la vida por su condición azarosa, mas desde mi humilde posición concuerdo en que, no obstante, la muerte es una facticidad tal como lo es el nacimiento, y que además de ello puede ocurrir en cualquier momento, es ella la que nos impulsa a crear inmortalidades, ya sea, a través del orgasmo, del amor, de la cultura, del lenguaje, de la escritura y de la historia.

Estar concientes de nuestra mortalidad debería hacernos seres más valorativos del presente y del pasado. Disfrutaríamos más estas casualidades que nos permiten estar aquí, compartiendo estas palabras, estos sentimientos que inundan nuestros corazones. La vida y muerte de nuestro amigo, debería ser la causante de una revolución en nuestra conciencia y en nuestro organismo, para aceptar nuestra condición y actuar conforme a ella.


Referencias
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1 RIVARA, Kamaji, Greta. El ser para la muerte. Una ontología sobre la finitud. p. 48.
2 BECKER, Ernest. El eclipse de la muerte. p. 28.
3 BETANCOURT, Martínez, Fernando. Historia y lenguaje. El dispositivo analítico de Michel Foucault. p. 103.
4 CARUSO, Igor. La separación de los amantes. Una fenomenología de la muerte. p. 27.
5 HEIDEGGER, Martín. El ser y el tiempo. p. 261.
6 SARTRE. El ser y la nada. p. 734.
7 BECKER, Ernest, Ibíd., p. 46.
8 KUNDERA, Milan. La insoportable levedad del ser. P. 253.
9 BATAILLE, Georges. El erotismo. p. 36.
10 PAZ, Octavio. La llama doble Amor y erotismo. p. 28.
11 CARUSO, Igor. La separación de los amantes. Una fenomenología de la muerte. p. 151.
12 PAZ, Octavio, Ibíd. p. 213.


 



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