Paradojas del psicoanálisis, como eco de un silencio, José María pudo por fin gritar; pudo gritar el dolor sofocado a
los ocho años; las emociones y los sentimientos paralizados de entonces tomaron ahí en esos días la forma de un
niño gritando con los brazos levantados: “¡no!, ¡no!, ¡no!”, con lo que se rompió otro silencio de cuarenta años
atrás, que significó objetivamente la muerte de su padre, aunque después hubiera llegado la noticia de que en
realidad se había salvado del accidente aéreo, ya que después del amarizaje forzado -pues volaba en un hidroplano
de la armada de México- los pasajeros pudieron nadar hasta tierra firme de una isla cercana. En ese momento,
mientras contaba al mudo sus alucinaciones, José María recordó las primeras palabras que quince años atrás cruzó
con su analista, cuando éste le pidió que le dijera algo acerca de su padre. El contestó: - ¿Mi padre? No tengo. - ¿Murió?, replicó el analista. – No, -contestó él- pero como si hubiera muerto.
Todo esto, sostenido por una cotidiana mala relación entre padre e hijo, mediada siempre –o más bien habría que
decir, estorbada siempre- por la madre, una relación que era no-relación, obstaculizada por la inseguridad, por el
miedo, por la admiración inexpresada e inexpresable convertida en miedo.
¿Admiración a quién?, ¿por qué? Era imposible saberlo con el ancho muro de desprecio y posesión interpuesto por
la figura omnipotente. Todo esto contribuyó a que José María, 40 años después, sin quererlo, le dijera al analista el
primer día, en la primera entrevista, la verdadera verdad: su padre había muerto.
Más allá del interés experiencial que estos hechos puedan tener, lo relevante en el campo del saber de su narración
son al menos dos cosas: primero, que ofrece ver en acto las transformaciones retóricas, el juego y desplazamiento
de los significantes silencio-dormir-muerte, que destapan otra cadena equivalente sumergida por 40 años, y a partir
de esto, percibir distintas formas de estar muerto.
Tenemos por un lado, la muerte del analista fantaseada por José María al asociar silencio con muerte, la que a su
vez, por el extraño y fascinante trabajo de la metáfora y la metonimia, remueve vivencias de otras tres muertes, la
anunciada muerte física del padre, que es la del accidente aéreo; la muerte simbólica del padre, apuntalada por su
distancia y ausencia emocional durante la vida infantil de José María, que lo condujo a establecer la asociación
muerte- distancia emocional, de tal manera que se actualiza como muerte mediante el significante ‘silencio’.
Asociación que por otra parte es también apuntalada por la emotividad cero de la madre, por su actitud eficientista
ante la vida -y ante la muerte- que subordina la dimensión afectiva.
Muertes que hacen posible un grito, muchos gritos que dan vida, y que sin llamarse Lázaro se levantó y vivió,
según lo narrado por el 'personaje' acerca de los efectos que este insight produjo en su vida psíquica, a saber, la
posibilidad de volver a tener padre cuando ya éste – otra paradoja- estaba realmente muerto.
Cuarenta años después, José María pudo gritarle por primera vez a un padre que aparecía después de una larga
ausencia, después de una larga muerte, un padre que iba emergiendo no entre gritos y susurros, sino entre gritos y
muertes; un padre, podría decirse, hijo de silencios, gritos y muertes.
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1 Esta es una versión reducida y modificada del artículo “La escucha del silencio” que será publicado en las Memorias de un
Coloquio sobre el silencio en la ENEP-Acatlán.
2 Cfr. Emilio Domenecq, Ed. Justitia, Madrid, 2000.