La fiesta colectiva representa precisamente la puesta en circulación de esta energía vital. Por esta razón antiguamente los banquetes tenían lugar junto a las mismas tumbas, para que el difunto pudiese agasajarse con el exceso vital desencadenado junto a él. En la India, en China, los muertos regresan esos días para participar de los ritos de fertilidad de los vivos, realizados sobre todo durante la cosecha.

Según Elíade, las fiestas más importantes relacionadas con la agricultura y la fertilidad, llegaron a coincidir con las fiestas que conmemoraban a los muertos. Antiguamente, el día de San Miguel, el 29 de septiembre, era al mismo tiempo la fiesta de los muertos y de la cosecha en toda la zona norte y central de Europa.

En México la festividad de los muertos está relacionada con el ciclo agrícola, pues a principios de noviembre se inicia la recolección del ciclo primavera-verano. De este modo, el día de muertos, como señala Arturo Warman, es el primer gran banquete después de la temporada de peor escasez, durante los meses de septiembre y octubre, banquete de una generosidad tan singular que se organiza para los muertos y se comparte con ellos.

El sincretismo de las ideas y prácticas religiosas mesoamericanas con el catolicismo español, hizo posible la sobrevivencia del culto a los muertos hasta nuestros días, pero no sucedió lo mismo con el culto a la muerte, pues a partir de la conquista y durante el periodo colonial, y aún durante el siglo XIX, tiende a desaparecer o prácticamente se extingue como culto popular, hasta quedar restringido al ámbito de la brujería. Hace ya mucho tiempo que la muerte descendió del templo y del adoratorio, despojada de su sacralidad, para instalarse entre nosotros con cierta familiaridad, lo que ha hecho pensar a algunos ingenuos que el mexicano no le teme a la muerte.

Pero el culto a Mictlantecuhtli desapareció también porque la muerte dejó de ser considerada como un fenómeno cósmico, de regeneración de la vida, para ser concebida por el cristianismo como un estado terminal. La concepción judeo cristiana tiene una idea lineal del tiempo, con un principio y un fin, a diferencia del tiempo circular de los antiguos indígenas en que las etapas temporales se retroalimentan y todo final es también un reinicio. El cristianismo postula una teleología en la que el tiempo desaparece en el Reino de los Cielos y se vive una eternidad a-temporal glorificando a Dios, o bien padeciendo los castigos infernales. En el Apocalipsis de san Juan está concebido este "Fin de los tiempos", en cambio, el mito de los soles nos remite a una renovación constante de los ciclos cósmicos.

El cristianismo no sólo fundó una idea del cosmos y su destino sino con ella una idea del cuerpo. El pensamiento judeo-cristiano puso el cuerpo en el centro de la culpa. Mediante un código ético religioso que consideró las sensaciones placenteras como "Tentaciones del Mal", el cuerpo quedó atrapado en un conjunto de restricciones que, de no ser respetadas, anticipan el castigo eterno después de la muerte. Al fallecer, el espíritu individual debe rendir cuentas de su relación de sometimiento o dominio del propio cuerpo. Si el espíritu logró, atendiendo al código ético-religioso, imponer su voluntad al cuerpo, a sus arrebatos y pasiones, será recompensado en la vida ultraterrena. En el caso de los santos esta conducta ejemplar puede llegar incluso a impedir la descomposición del cadáver, que permanecerá incorrupto y "en olor de santidad".

Pero si el espíritu, en una persistente debilidad, cedió durante su vida terrenal a las tentaciones de las que fue objeto el cuerpo, entonces, al morir éste, padecerá un castigo temporal en el Purgatorio si las faltas no fueron graves, o sufrirá eternamente las penas del Infierno. Es decir, la propuesta ética judeo-cristiana consiste en predisponer al espíritu en contra de su propio cuerpo. Esta modalidad persiste aún en las iglesias cristianas, como los Testigos de Jehová, que no creen en el castigo después de la muerte.

A mediados del siglo XIV comienza un viraje en la concepción del cuerpo pecaminoso destinado a las llamas del Infierno. Entre cientos de miles de cadáveres debido a la peste que azota Europa, Boccaccio escribió en el Decamerón lo que probablemente sea la primera idea moderna del cuerpo y la sexualidad. Filomena, uno de los diez personajes que se retiraron a una colina a disfrutar de la vida mientras la gente fallecía en las ciudad, marca nítidamente su distancia con la religión al iniciar su relato: "Voy a contaros -dice- una magnífica burla hecha por una dama joven y bella a un célebre religioso. Esta broma me parece que será tanto más agradable de oír cuanto que los religiosos, que de ordinario se creen más sabios y astutos que los demás, no suelen ser más que unos tontos y unos hipócritas". Cuatro siglos después el Marqués de Sade concebirá el erotismo como una realidad total, cósmica, construyendo lo que Octavio Paz llamó una utopía al revés. Más cerca de nosotros, Norman Brown y Georges Bataille nos revelarán los pasajes ocultos que vinculan al erotismo con la muerte. Desde luego que estamos ya ante una concepción desacralizada del cuerpo, ante una idea que se abrió paso lentamente en las disecciones de cadáveres y en las lecciones de anatomía de los siglos XVI y XVII.

Habiendo desaparecido la monarquía celestial conformada por la Trinidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, el pensamiento moderno sustentado en el desarrollo científico sufrió una especie de orfandad al renunciar a la idea de un Espíritu-Yo que sobrevive a la muerte. Un ateo contemporáneo piensa en la muerte como en una sutil interrupción de sus funciones vitales, después de las cuales está el blanco resplandor de la nada. Sabe que no hay una voluntad suprema preocupada por su existencia después de la vida, que al universo le importa un bledo su muerte, que se trata de un acontecimiento absolutamente insignificante que sólo afectará temporalmente a unos cuantos seres cercanos,mortales e insignificantes como él. Al universo, decía William James, no le importan lo más mínimo los seres humanos o cualquier otra especie.

Todo parece indicar que en el mundo moderno la vida después de la muerte tiene ya poco sustento, de ahí que nuestra cultura se preocupe tanto por conservar la vida aquí y ahora, por prolongarla con medicamentos e intervenciones quirúrgicas, simulando la juventud con la cirugía plástica o el maquillaje, que a cierta edad llega a ser semejante a una técnica de embalsamamiento que intenta ocultar inútilmente el tiempo transcurrido. Gradualmente ha surgido en el pensamiento moderno la idea de que ésta es la única vida y que lo que aquí nos suceda agota todas las posibilidades de nuestra existencia. No hay un más allá rodeado de ángeles o demonios, tampoco ha prosperado en Occidente la idea oriental de la reencarnación. El hombre contemporáneo está ante la nada y cada cual habrá de buscar la mejor manera de enfrentarla en los momentos previos a la muerte, que son los decisivos. Ciertos padecimientos pueden anunciarnos la forma en que moriremos pero nadie sabe con certidumbre cómo será su muerte y en qué estado anímico la enfrentará. En realidad sólo nos queda desearnos mutuamente la mejor de las muertes.

Hay muertes ejemplares a las que debía prestarse más atención. La de Aldous Huxley es una de ellas. Poco antes de morir ingirió una pequeña dosis de LSD, luego, a petición suya, se le leyó este fragmento del Libro tibetano de los muertos:

Ahora se aproxima esa clara y blanca luz del vacío.
No temas
Es amiga tuya
Avanza sin miedo hacia esa luz del vacío.

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1 Campbell, Joseph, Los mitos en el tiempo, Emecé Editores, Buenos Aires, 2000.
2 Burland A. Cottie, "Sociedades primitivas", en: La vida después de la muerte, Arnold Toynbee, Arthur Koestler y otros, Ed. Hermes,
1993, p.51.
3 Morin, Edgar, El paradigma perdido, citado en: Ziegler, Jean, Los vivos y la muerte, Siglo XXI, México, 1976.
4 Brotherston, Gordon, "Huesos de muerte, huesos de vida: la compleja figura de Mictlantecuhtli", Cuicuilco, Nueva época. Volumen 1. Número1. Mayo-agosto 1994.
5 Graulich, Michel, Ritos aztecas, las fiestas de las veintenas. INI. México, 1999. Cap.XX.
6 Citado en Graulich, Michel, Op. Cit. p. 410.
7 López Austin, Alfredo. Cuerpo humano e ideología, las concepciones de los antiguos nahuas, (2 tomos) UNAM, México, 1980.
(*) De la Garza, Mercedes, "Ideas nahuas y mayas sobre la muerte", en: El cuerpo humano y su tratamiento mortuorio. Coordinado por Elsa Malvido, Grégory Pereira y Vera Tiesler, ed. INAH-CEMCA, Serie Antropología Social, Colección científica Nº 344, México, 1997. p. 25.

 



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