Los informantes de Durán le dijeron que antiguamente, al inicio de la Fiesta de los muertecitos se cortaba un árbol grande, se le quitaba la corteza, se alisaba y se tendía a la entrada de las poblaciones. Lo salían a recibir con bailes y música los sacerdotes ricamente ataviados y la gente del pueblo acudía con ofrendas, comida y sahumerios con copal. Entonces le ponían el nombre de Xocotl, que según Durán es el mismo de un ave a la que aquel madero representaba. "Dejábanlo ahí echado -dice el fraile- todos aquellos veinte días, donde le hacían la mesma reverencia y acatamiento que nosotros hacemos a la cruz de nuestro redentor. Este palo lo bendecían y santificaban cada día con muchas ceremonias, cantos y bailes, inciensos y sacrificios en sí mismos, ayunos, azotes y otras muchas penitencias... poniendo encima del madero todas aquellas ofrendas y hablándole como si fuera de razón y entendimiento". La indignación del clérigo ante lo que considera "niñerías" va subiendo gradualmente de tono cuando escribe: "Este día hacían grandes supersticiones y hechicerías los viejos con los niños dando a entender a las madres que ofreciendo tal y tal cosa no morirían sus niños aquél año, usando de mil invenciones satánicas con ellos de tresquilas, sacrificios, unciones, baños, embijamientos, betunes, emplumamientos, tiznes, gargantillas, huezesuelos, lo cual hoy en día dura. Y estánse las madres abobadas, viendo hacer esto, y tan contentas y satisfechas, que no saben regalo que hacer a aquél maldito hechicero o hechicera".

El día de la Fiesta Grande de los Muertos, antes del amanecer, levantaban los sacerdotes el madero y lo colocaban en el patio del templo, poniendo en su parte más alta un pájaro de masa de tzoalli. Después de una ceremonia en la que ofrendaban comida y pulque intentaban tirar el ave de masa hasta que lo conseguían. A este acto llamaban Xocotl Huetzi, que quiere decir "La caída de Xocotl". Torquemada explica este nombre diciendo que se trata de la caída de los frutos de los árboles, lo que ocurre en el mes de agosto. Autores modernos como Michel Graulich, luego de una minuciosa comparación entre diversas fuentes, plantea que "la caída del fruto" simboliza el descenso de una deidad solar, Otontecuhtli, dios otomí del fuego y de los guerreros muertos. "El fruto que cae" -dice Graulich- era el prototipo de los difuntos gloriosos que volvían a la tierra en esta veintena, y que convertidos en astros, se ocultaban en el horizonte, o convertidos en pájaros venían a libar las flores. Esta fiesta es un remoto antecedente de la actual Danza de voladores que también se practicaba en la antigüedad, desde el centro de México hasta Honduras, y en la cual los guerreros-pájaros descendían a la tierra por la tarde desde lo alto de un tronco. No parece muy dudoso, concluye el historiador francés, que estos danzantes representen a los difuntos que traen la lluvia benéfica, pues los guerreros muertos, que eran también pájaros en el paraíso de Tláloc, fueron considerados por los indios como "ángeles del aire" que traían la lluvia y el rayo.5

Una creencia muy extendida entre los pueblos indios y campesinos actuales es que los espíritus de los muertos "trabajan" con los fenómenos atmosféricos. Esta convicción, ya sincretizada pero proveniente del mundo mesoamericano, es un indicio que nos permite comprender que los espíritus de los antiguos difuntos cumplían también una función cósmica para procurar la lluvia y la abundancia de alimentos entre los vivos. Si esto es así, el acto de ofrendar comida a los muertos es también una forma de corresponder al trabajo propiciatorio que han desempeñado.

Continuemos con la descripción que de esta fiesta hizo fray Diego Durán: "Los ministros de los templos todos se aderezaban y componían, sacando todas las riquezas y todos los ornamentos de los templos para significar la grandeza y excelencia de aquél día, donde había carnicería de hombres y potajes de sus carnes, sirviendo de víctimas a los falsos y mentirosos dioses, especialmente el que en esta fiesta se celebraba, tan sin apariencia de dios, y tan sin fundamento, que en celebrar una cosa tan baja, daban a entender cuán ciegos estaban y cuán engañados del demonio, y lo están los que aún no se acaban de desarraigar de ello... Este día bailaban un solemne baile los mozos recogidos, hijos de señores, y las doncellas recogidas, juntamente con ellos. Iban muy aderezados de plumas y joyas. Iban ellas afeitados los rostros (maquillados) y puesto su color en los carrillos, y llevaban los brazos y piernas emplumados de plumas coloradas. Hacíase este baile a la redonda de este madero [y] llevaban en las manos en lugar de rosas, idolillos de masa... [y] había gran cantidad de comidas y mayor de bebidas, porque este día había gran borrachera, y había licencia este día de beber todos, excepto los mozos y mozas que nunca lo tuvieron... [pues] así como nosotros vedamos la comunión a los niños que aún no tienen entendimiento para saber lo que reciben, así estas naciones vedaban el vino a mozos y mozas por reverencia de este maldito vino, que no sólo les servía de bebida y de embeodarse con él, pero también lo reverenciaban como a dios y lo tenían por cosa divina, viendo el efecto que tenía y fuerza de embriagar".

Una última referencia sobre esta gran fiesta de los muertos; en el Códice Teleriano-Remensis, se menciona que durante tres días se ayunaba en honor de los muertos y que el día de la fiesta todos los indios subían a los techos de sus casas y mirando hacia el norte, imploraban a sus parientes fallecidos diciendo: "venid presto que os esperamos".6

La idea que subyace en el fondo de estos ritos y que perdura hasta nuestros días bajo distintas formas ceremoniales, es la convicción de que no se ha roto el vínculo con los muertos, que entre la vida y la muerte no existe una frontera insalvable sino un tiempo y un espacio consagrados que hacen posible no sólo el paso secuencial de la conversión de un cuerpo en cadáver y luego en esqueleto, sino principalmente el retorno de esa entidad anímica que se concibe como componente del cuerpo en vida y que se desprende de él al morir. La ciencia médica que surge en el renacimiento, el pensamiento ilustrado del siglo XVIII, el surgimiento de la biología y el desarrollo de las ciencias modernas han difuminado gradualmente en amplios sectores de las sociedades modernas la idea de este componente anímico y, en consecuencia, la posibilidad de mantener cualquier contacto con una persona fallecida. En México esta situación puede advertirse en el giro cultural que está dando la fiesta de muertos: la idea de "conservar las tradiciones" ha sustituido gradualmente a la idea de "estar en contacto con los muertos". Una visión folklorista promovida desde los ayuntamientos y las instituciones de cultura oficiales ha ido sustituyendo con concursos de ofrendas el propósito auténtico de este ritual, que por supuesto persiste en muchos lugares a pesar de los funcionarios de la cultura.

Los antiguos mexicanos tenían una visión dualista del mundo en general y del ser humano en particular. Esta dualidad estaba conformada por el cuerpo y por una trinidad anímica que residía en distintos órganos. De acuerdo a los estudios de Alfredo López Austin sobre la concepción del cuerpo humano entre los antiguos nahuas, en la parte superior de la cabeza se ubicaban la conciencia y la razón y era el sitio de residencia del tonalli; en el corazón se alojaban todo tipo de procesos anímicos y era el sitio de residencia de otro principio anímico, el teyolía; finalmente, el hígado era el lugar de los sentimientos y las pasiones que pudieran estimarse más alejados de las funciones del conocimiento, ahí se alojaba el tercer principio vital llamado ihíyotl. Es una gradación -dice López Austin- que va de lo racional (arriba) a lo pasional (abajo), con un considerable énfasis en que era en el centro, en la confluencia, donde radicaban las funciones más valiosas de la vida humana. Aun los pensamientos más elevados y las pasiones más relacionadas con la conservación de la vida humana se realizaban en el corazón, y no en el hígado ni en la cabeza.7 Estas entidades anímicas se relacionaban con los tres niveles del cosmos: el cielo, la tierra y el inframundo.

El teyolía de los nahuas se denomina ol entre los mayas y chul'el entre los tzotziles actuales. Muchos pueblos actuales no conciben estas entidades anímicas y sólo consideran una, el alma o espíritu, a la que atribuyen la cualidad de la inmortalidad, obviamente influenciados por las creencias cristianas.

 



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