En la concepción del mundo de los antiguos mexicanos, encontramos expresada plenamente una íntima relación
entre la vida y la muerte. Los arqueólogos han desenterrado fascinantes evidencias que nos muestran, en un sólo
rostro, la dualidad de la vida y la muerte, que a pesar de ser opuestas forman, sin embargo, una unidad armónica: la
vida conduce a la muerte y de la muerte proviene la vida. Este tránsito de un estado al otro está expresado en un
rostro de barro encontrado en Tlatilco, en el Estado de México. Pertenece a la cultura preclásica y tiene una
antigüedad aproximada de tres mil años. El rostro está bruscamente dividido en dos por una línea gruesa que corta
la cara por la mitad de la frente a la barbilla. Del lado izquierdo tenemos el rostro de quien podría ser un viejo, a
juzgar por las líneas bien marcadas, que semejan arrugas, en la comisura de los labios y en la frente. La vida de
esta parte del rostro reside en su carnosidad, en una nariz abultada, unos labios gruesos que descubren recias encías
y la mitad de la lengua que asoma entre los dientes. A su lado, formando una unidad con ella, está la muerte, con la
cuenca de un ojo vacía, el tabique apenas insinuado y una hilera de dientes descubiertos, semejantes a los granos de
una mazorca. No se puede eludir el mensaje de este rostro, que en un gesto terrible nos dice que la muerte la
traemos puesta, que forma parte de nosotros, que está bajo nuestra piel, que es nosotros mismos.
Dos mil años después de la cabeza de Tlatilco otro artesano moldeó una cabeza de barro en Soyaltepec, Oaxaca.
En el año mil después de Cristo tenemos nuevamente los principios opuestos y complementarios: La vida y la
muerte, sólo que ahora parecen estar representados en la cara de una mujer. En estos rostros semi-descarnados
reconocemos la presencia de la muerte, pero no es la muerte en sí misma, concebida como acto aislado y terminal
lo que parece haber interesado al hombre mesoamericano que las creó, sino la muerte íntimamente asociada con la
vida, es decir, alternando con ella.
Esta profunda relación entre la muerte y la vida parece estar representada también en múltiples figuras de la
Coatlicue, diosa de la tierra en la que es frecuente ver asociados cráneos con serpientes, es decir, símbolos de la
muerte y la vida. En la terrible majestuosidad de la Coatlicue que se encuentra en el Museo Nacional de
Antropología está expresada la muerte no sólo como terminación sino también como re-iniciación de la vida, la
muerte como resurgimiento, como resurrección y renovación de la vida.
Desde luego que la muerte, entendida como un principio opuesto y complementario al principio de la vida, no se
refiere únicamente a la muerte de los hombres, sino a la muerte, o mejor dicho al resurgimiento, del cosmos, a la
muerte que propicia la renovación tanto de los hombres como del universo. Un testimonio arqueológico de esto es
el sol con el rostro de la muerte encontrado en Teotihuacan (500 a. C.) frente a la pirámide del sol y orientado hacia
el poniente. El sol, símbolo de vida, es una inmensa calavera con la lengua de fuera, es la vida vuelta muerte para ir
a alumbrar el mundo de los descarnados, de los que viven bajo la tierra. Durante la noche cruzará el Mictlan,
atravesará el interior de la tierra y volverá a salir por el oriente para alumbrar otra vez el mundo de los vivos. Con
este sol estamos ya ante una representación cósmica de la intimidad alternada entre la vida y la muerte.
La figura emblemática de esta confluencia es Mictlantecuhtli, "El Señor del lugar de los muertos". La figura
descarnada de esta deidad del inframundo ha sido estudiada minuciosamente en los últimos años y los resultados
de estas investigaciones han revelado una escatología totalmente distinta de la judeocristiana.
"Esta figura, supuestamente mortífera -dice Gordon Brotherston basándose en el Códice Florentino- también
otorga y fomenta la vida, sobre todo en sus comienzos críticos. Es invocada en el momento más sagrado e íntimo
de los ruegos que se hacían para la nueva vida, para la exitosa gestación del feto humano. Según las parteras del
México antiguo, la responsabilidad de formar bien a la nueva criatura era no sólo de Tlazolteotl, mujer genital y
tejedora quien guarda el hilo de la vida, y de Tonacatecuhtli, Señor de nuestra carne de maíz, sino también de
Mictlantecuhtli... Se le invoca como 'nuestra madre, nuestro padre' (in tonan in tota) como el gran señor de los
antepasados, ya en Mictlan, de quienes 'desciende' la criatura recién engendrada". "Es conveniente -dice
Brotherston- recordar que en nahuatl uno de los términos para nacer es 'enhuesar', y que los curanderos nahuas
invocan a Mictlantecuhtli para que se componga bien un hueso roto".4
El culto a los muertos
En las sociedades prehispánicas coexistió el culto a la muerte en la figura de Mictlantecuhtli, el Señor del Mundo
de los Muertos, con un ritual, muy bien delimitado en el tiempo, en el que podríamos reconocer un culto a los
muertos. Fray Toribio de Benavente nos dejó en su Historia de los Indios de la Nueva España una descripción de
este ritual: "... tenían otros días de sus difuntos, de llanto que por ellos hacían, en los cuales días después de
comer y embeodarse llamaban al demonio, y estos días eran de esta manera: que enterraban y lloraban a el difunto,
y después a los veinte días tornaban a llorar a el difunto y a ofrecer por él comida y rosas encima de su sepultura; y
cuando se cumplían ochenta días hacían otro tanto, y de ochenta en ochenta días lo mismo; y acabado el año, cada
año en el día que murió el difunto le lloraban y hacían ofrenda, hasta el cuarto año; y desde ahí cesaban totalmente
para nunca más se acordar del muerto... por vía de sufragio, a todos sus difuntos nombraban teotl, que quiere decir
dios o santo".
El dominico fray Diego Durán dejó escrita una descripción más minuciosa de las fiestas de muertos en el México
antiguo. La primera de ellas se celebraba durante el noveno mes de su calendario y la llamaban "Pequeña fiesta de
los muertos" (Miccailhuitontli) o "Fiesta de los muertecitos". "Y a lo que de ella entendí -dice el fraile- fue ser
fiesta de niños inocentes muertos... y de preparación y aparejo de la venidera que la llamaban fiesta grande de los
muertos". Esta primera fiesta se celebraba el 8 de agosto y duraba veinte días, hasta el 28 de agosto en que daba
inicio la veintena siguiente durante la cual se celebraba la fiesta grande". Cuando fray Diego Durán escribió su
Historia de las Indias de Nueva España en 1579, ya se celebraban entre los indios las fiestas de Todos los Santos y
Fieles Difuntos el 1 y 2 de noviembre, según la tradición cristiana. Sin embargo, los indios recién evangelizados no
celebraban a los santos y mártires cristianos, ni a las benditas almas que murieron en la gracia de dios y que
esperaban los rezos para liberarse del purgatorio. Esta situación alarmó al fraile dominico quien escribió lo
siguiente: "... quiero decir lo que he visto en este tiempo el día de Todos Santos y el día de los Difuntos. Y es que el día mesmo de Todos Santos hay una ofrenda en algunas partes, y el mesmo día de Difuntos, otra. Preguntando yo por qué fin se hacía aquella ofrenda el día de los Santos, respondiéronme que ofrecían aquello por los niños, que
así lo usaban antiguamente y habíase quedado aquella costumbre. Y preguntando si habían de ofrecer el mesmo día
de Difuntos, dijeron que sí [pero ahora] por los grandes. Y así lo hicieron, de lo cual a mí me pesó, porque vide
patentemente celebrar las fiestas de los difuntos chica y grande, y ofrecer en una dinero, cacao, cera, aves, fruta,
semillas en cantidad y cosas de comida, y otro día vide hacer lo mesmo".