Y pensamos que esta sorprendente forma de hacernos a un lado, de dejarnos a la deriva podría haber sido de otra forma, de otra tal que se hubiera tejido con signos distintos en su superficie, que cobrara una confabulación separada en donde se tramara un simulacro y se produjera ese lenguaje inaudible con el que se les habla a los muertos, vencer las reticencias, calmar el desasosiego, entregarnos a esa afirmación con el único fin de comprender esa experiencia que nos deja desnudos y sin palabras. Porque en el lenguaje verbal también se grafía el silencio. Los puntos suspensivos dejan colgado el discurso, lo suspenden, lo hacen como un susurro. Pero el valor de estos puntos depende de la palabra que los antecede. A veces no valen nada, a veces lo dicen todo.

Tanto el silencio del lenguaje como el silencio que se introduce en la música suelen ser respiraciones que reclaman la atención. Respirar es crear el hueco en el que la atención puede desplegarse. El silencio es como un suspiro, el nombre con el que la tradición francesa del siglo XVIII designaba al silencio el valor de una negra en música. El silencio de negra es un suspiro, el de corchea medio suspiro, el de semicorchea un cuarto de suspiro...

Pero, ¿cuál es el valor de la muerte, cuál el signo que la representa? El silencio se escribe, se ofrece a la escucha. En la escritura musical el silencio es figura y cada nota figurada posee su recíproca figura silenciosa, la figura de pausa. Una figura que mide el silencio. Como cada uno de los grafos que acompaña a la escritura y le da ritmo, tempo, pausa. En la vida, parece ser que esta pausa es la muerte. Y entonces sobreviene nuevamente ese silencio imposible, el dolor de ese silencio.

El tiempo detenido es el tiempo de los muertos, ahí ya no transcurre el asidero de la conciencia, ni los pecados, ni la falta, ni los arrepentimientos; ahí sólo se viven tiempos en los que el dolor se asemeja a la furia de dios12: en tiempos, que, como los de hoy, sólo apuntan a la ausencia, a la ausencia del muerto, esa presencia imposible, a ese diálogo interrumpido, a esa última palabra que nunca escucharemos ya, al otro lado del dolor, ahí donde las palabras no existen porque sólo se siente sordamente. Al final, siempre al final, qué importa. Tan sólo permanece el sentimiento de ligereza, que es la muerte misma o, para decirlo con más precisión, el instante de la muerte desde entonces siempre presente.

La ausencia dura, y nos es necesario soportarla. Entonces tenemos que tocarla: transformar la distorsión del tiempo en vaivén, producir ritmo, razonar sobre esa pausa, entrar con comas y puntos para conjurar el vacío y entonces volver a intentar abrir la escena del lenguaje para nombrar todo aquello que nos habla desde lo incomprensible. La ausencia se convierte en una práctica activa, en un ajetreo; en él se crea una ficción de múltiples funciones: dudas, interrogantes, anhelos, melancolías.

Esta escenificación lingüística aleja la muerte del otro: aunque sea un momento muy breve, digamos, no importa, pero lo que queremos es distanciar, cubrir ese espacio infinito entre su ausencia y nuestra presencia. Tocar la ausencia es aplazar este momento, retardar tanto tiempo como sea posible el instante en que el otro podría caer descarnadamente de la ausencia a la muerte. Sobrevivir también es doloroso porque ahora se unen dos incomprensiones: la ausencia y nuestra presencia sin el otro.

Me gustaría pensar, como Barthes, que el lenguaje es una piel. De esta forma podría frotar mi lenguaje contra el otro. Acercarlo para poder confundirlo en el entrelazamiento del habla. Esta sería sólo una estrategia para apuntar a la inteligencia que descubre que nada es directo ni literal. Y que hoy, para exorcizar la muerte, nos quedan pequeños pedazos que nos hablan. Un espacio en donde se formulan los conjuros de esa alquimia en el que el símbolo se hace herida sin sutura, dolor sin calma y sensación de haber perdido el camino, el horizonte, el destino.

¿Qué se privilegia en la muerte? Lo intempestivo, sin duda, en cualquier caso, la muerte es intempestiva, porque ella se instala en el punto más alto de todos los actos, de todos los hechos, porque es mayestática, abarca todo, y luego se instala por siempre en la piel, en nuestra mirada, independientemente de la visión que tengamos acerca de las cosas, de su posición en el mundo, de sus jerarquías, de sus entretelones.

La muerte actúa en cada uno de nosotros como un terremoto, pero la vida sigue y como toda alternativa nos descubre que podemos seguir o detener el recuerdo o la memoria, detener el tiempo, al menos el tiempo propio, el suceder del lapso, ese tiempo de hierro, como lo nombrara Borges. La irreverencia radica en el acto de no querer seguir, de no encontrar aquello que hasta entonces la fuerza de la costumbre hizo que dotara de sentido la existencia misma: el transcurrir, la causalidad, la justificación del tiempo irreversible, el acto y la potencia, la causa y lo causado, el principio y el fin, la constante reconstrucción de un mundo quebrado.

¿Cómo podemos hacer para que las palabras se hagan fuertes y no se nos doblen? ¿Cómo hacer para que las palabras tengan sentido y lleguen a ese no lugar del muerto y no se conviertan en papel, sólo palabras de papel? Con la muerte del otro se inicia en nosotros un itinerario de vidas que se inauguran, otras que se han quedado canceladas para siempre, como todo aquello que pudo darse en la relación con aquél que ya no es sino sólo un signo negativo que nos habla desde su no más él. Ese que soy yo también muere con el otro, esto es mi propia muerte, un enfrentamiento con mi propia ausencia, con mi propia negación, con mi propio no ser absoluto, total.

¿Qué sigue?

La parte oscura del dolor, el llanto seco, como la muerte seca, la voz de la muerte que resuena nuestra.

 

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1 “Y la muerte no tendrá señorío.
Desnudos los muertos se habrán confundido
con el hombre del viento y la luna poniente;
cuando sus huesos estén roídos y sean polvo los limpios,
tendrán estrellas a sus codos y a sus pies”.

2 Cuántas palabras para poder acercarnos a ese recóndito secreto que se va con el muerto cuando en su origen abarcaba e inspiraba toda la vida, tanto civil como religiosa.

3 Martin Heidegger, Bremen und Freiburger Vorträge, GA vol, 79, Klostermann, Frankfurt a.M. 1994, p. 56

4 Jean Allouch, Erótica del duelo en el tiempo de la muerte seca, Edelp y Ecole Lacanienne de Psychanalyse, Córdoba, 1996, p.10

5 Ibídem., p. 9

6 Emmanuel Levinas, De la evasión, con un ensayo de Jacques Rolland: “Salir del ser por una nueva vía”, trad. Isidro Herrera, Arena Libros ed., Madrid, 2000,

7 Emmanuel Levinas, “El sufrimiento inútil” publicado por primera vez en 1982, y luego en Entre nosotros. Ensayos para pensar en otro, Ed., Pre-Textos, Valencia, 2001, passim.

8 Martin Heidegger, “El fin de la filosofía y la tarea del pensar”, en Kierkegaard vivo, Alianza editorial, Madrid, 1976. Ahí Heidegger señala que “Sabemos lo que es el claro del bosque [Waldlictung] por contraposición a la espesura del bosque, que en alemán más antiguo se llama Dickung [espesura]. El sustantivo Lichtung remite al verbo lichten. El adjetivo licht es la misma palabra que leicht.[ligero] Etwas lichten significa: aligerar, liberar, abrir algo, como, por ejemplo, despejar el bosque de árboles en un lugar. El espacio libre que resulta es la Lichtung. Ahora bien, das Lichte, en el sentido de libre y abierto, no tiene nada que ver, ni lingüística ni temáticamente, con el adjetivo licht, que significa hell [Claro]. Esto hay que tenerlo en cuenta para entender la diferencia entre Lichtung y Licht. Sin embargo, sigue existiendo la posibilidad de una conexión temática entre los dos: la luz puede caer sobre la Lichtung, en su parte abierta, dejando que jueguen en ella lo claro con lo oscuro. Pero la luz nunca crea la Lichtung, sino que la presupone. Sin embargo, lo abierto no sólo está libre para lo claro y lo oscuro, sino también para el sonido y el eco que se va extinguiendo. La Lichtung es lo abierto para todo lo presente y ausente.

9 Philippe Ariès, « Le culte des morts à l’époque moderne », Revue de l'Académie des Sciences morales et politiques, 1967, pp. 25-40; Cfr., de la misma forma un artículo extraordinario del mismo autor : "La Mort inversée: Le changement des attitudes devant la mort dans les sociétés occidentales", Archives européennes de sociologie 8, nº 2, 1967.

10 Citado en Philippe Ariès, Historia de la muerte en Occidente, Desde la Edad Media hasta nuestros días, trad., de F. Carbajo y R. Perrin, ed., El Acantilado, Barcelona, 2005, p. 296.

11 Raimundo Mier, “Derrida: Los nombres del duelo, el silencio como claridad”, en Jacques Derrida, Las muertes de Roland Barthes, Taurus, México, 1999. Edición digital de Derrida en castellano.

12 “Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
Golpes como el odio de Dios; como si antes ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé!”
Cesar Vallejo


 

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