Con la muerte del otro, ese otro cobra una dimensión tan poco usual que su despliegue levanta incluso los más anodinos detalles para el recuerdo, éste se va construyendo a partir de la negativa a producir más recuerdos, de su ausencia, de lo imposible, como perfilando y secuenciando todo lo que tiene que ser retenido, sin control, sin balance, porque todo tiene el sabor del olvido próximo, del llanto retenido, del silencio, de ese discurso sin palabras, o de todas las palabras que ya no se hablarán porque uno puede fingir todo lo que quiera y sentir que la persona queda retenida con la fuerza de nuestro deseo pero esa es sólo una estratagema del cerebro para que el dolor no duela tanto, no se haga más profundo, y el sinsentido no haga presa de nosotros.

El impacto inicial, que puede anestesiar o congelar interiormente, como forma de negar o anular la realidad de la muerte, desemboca en una reacción emocional de rabia y desesperación, que incluye la esperanza imaginaria del regreso de la persona perdida. Esta sensación del diálogo quebrado, de la mudez a la que nos somete el muerto, del rechazo a la muerte del otro, a la separación definitiva expresó, en el siglo XIX, un sentimiento nuevo que ya había florecido en la epigrafía funeraria romana, pero que había sido olvidado completamente durante un milenio9. Esa fuerza fiera que sobreviene para iniciar la búsqueda del otro y la convicción de que no se podrá encontrarlo en la realidad externa, sino sólo en esos entresijos, en sus huellas, en aquellas representaciones construidas en el vínculo que nos unía.

Es probable que desde entonces se haya creado una forma de supervivencia sin participación de lo sobrenatural que ha sido descrita por Vercors: “Todo ser con el cual hemos alcanzado una gran intimidad nos impregna, nos transforma. Bajo el efecto de una emoción particularmente intensa, inmediatamente después de una muerte, por ejemplo, puede producirse una dicotomía, de suerte que el diálogo que se instaura es mucho más que un diálogo ilusorio de uno consigo mismo: es un verdadero diálogo de uno mismo con el otro, en la medida en que el ser amado continúa, de ese modo viviendo y prolongando en nosotros su vida intelectual, afectiva y sensible y, por así decir, desarrollándose aún por cuenta propia”10.

Y este es el tiempo en el que el muerto permanece creando recuerdos para siempre, para que la separación se vuelva real… Pero es posible, como nos dice Ariès, que no haya separación real. En cada uno de nosotros están presentes todos los seres humanos que se ha conocido en la vida. Somos el resultado de todos esos seres humanos. Todo lo que nos ha sucedido está en nuestro interior y, nosotros también en el interior de los otros. Cuando uno de ellos falta es como si se hiciera pesado el dolor, como si el dolor en lugar de doler pesara porque así pesa el silencio. Entonces la palabra otra queda rezagada, en la inarticulación pendiente siempre ya, en esa opacidad que sólo hace más y más profundo ese silencio de ese otro que ahora atraviesa el lenguaje de lo inadmisible.

En su adiós a Paul de Man, Derrida señaló que todo lo que se puede decir de alguien cuando muere es lo mismo que se podría decir mientras está vivo, y en este sentido, toda relación se inscribe en el marco de las “memorias de ultratumba”. Porque en la relación con el otro, ya sabemos, al nombrarlo con su propio nombre, que uno de los dos va a sobrevivir y que el otro vivirá para recordarlo. Y lo recordará a partir del nombre propio, de ese nombre que le dio ser e historia, le dio su presencia y la indubitable singularidad que perdimos en una voz, que es la voz de la muerte.

Y a pesar de todo, sabemos que el nombre debería morir con cada muerte. Y, a pesar de ella, sobrevive en el olvido del morir de los otros. La fuerza del nombre se escinde. Nombra dos ausencias: la de una intimidad irrecuperable y la de una identidad pública. El círculo de las dos ausencias se cierra sobre la disolvencia de la muerte. El universo del nombre se alimenta de sus propias clausuras, de la imposibilidad de salir de una referencia a la propia experiencia, sin punto de fuga aparente. Sólo el nombre hace posible esa pluralidad de las muertes. Ese nombre que soy yo, no volverá a ser y “el otro” sólo se queda ya como nombre y las huellas que se repetirán una y otra vez.

Quizá por esto nombramos a la muerte, es decir, la nombramos, la conjuramos, la exorcizamos, la invocamos para cercarla, y para acercarla, porque el lenguaje no nos dice de ella, no la repite, no la puede hacer comprensible. “Ese nombrar, ese “dar nombres” a la muerte es quizá la capacidad de iluminar desde la claridad de la muerte los lugares de enrarecimiento absoluto del lenguaje. La experiencia inmediata de la muerte íntima no admite sino un rechazo de la filosofía, de los lenguajes generales, de la doxa y de la afirmación obstinada de cualquier amparo en los argumentos generales del lenguaje. Es preciso habitar el desasosiego del lenguaje para tener la esperanza de nombrar esa desaparición. Es preciso ahondar en las reticencias de la palabra, en su repetición inhóspita, allanar el reposo del lenguaje”11

 

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