La congoja puede entonces ser considerada como un acontecimiento en la que se da toda la intensidad del vínculo consigo mismo, con la soledad y con la muerte, lo otro desconocido que no puede asumirse, ante el cual es pasividad pura. Sólo un ser que haya alcanzado la exasperación de su soledad mediante el desconsuelo y la relación con la muerte puede situarse en el terreno en el que se hace posible la relación con otro. “Y esta desesperación, como lo ha visto Levinas, este hecho de estar clavado, constituye toda la angustia de la náusea. En la náusea, que es la imposibilidad de ser aquello que se es, se está al mismo tiempo clavado a sí-mismo, encerrado en un círculo estrecho que asfixia. Se está ahí, y no hay nada más que hacer ni nada que ajustar a este hecho al que hemos sido arrojados enteramente. Todo está consumado (...)"6. En la congoja se produce la ausencia de todo refugio. De ahí procede la imposibilidad de huir y de retroceder. Todo el rigor del desconsuelo consiste en esa imposibilidad de distanciamiento. Supone el hecho de estar acorralado por la vida.
Pero es posible que ahí mismo pueda existir eso que el mismo Levinas llama como “El sufrimiento inútil”7. Ese desbordamiento que no ha de ser comprendido como una demasía que “se queda afuera” de nosotros, de nuestras capacidades dejándonos en paz. Lo excesivo del sufrimiento no radica en que pudiera ser un dato refractario al esfuerzo que hace la conciencia para determinar su centro, sus aristas, los juegos, el planteamiento, las derivas a las que nos somete, sino también la manera misma en que este rechazo es vivido como tal, como “lo insoportable” que ya nos ha penetrado sin escapatoria posible. Este exceso de sufrimiento es “lo inasumible”.
“Lo inasumible” “nos encierra por todos lados”, allí nada “queda afuera”, la totalidad de la escena impide todo, pero el sufrimiento, la congoja, el dolor es mera pasividad, por ello el desconsuelo es tan enorme que nos hace desfallecer. En la paradoja vivida del acontecimiento del sufrimiento, nuestro ser se revela como “vulnerable”, “frágil”.
¿De dónde nos viene ese estado de vigilia en el que todo se convierte en un enorme agujero por el que se ve todo lo que nos rodea y casi podríamos creer estar viviendo el flujo de las cosas que pasan y vuelven a pasar ante los ojos, sin que nada en particular detenga la atención? Y de pronto uno tiene el corazón inexplicablemente acongojado, apretado como cuando se aprietan los dientes y luego duelen porque ese dolor es la prueba de que se está vivo y que el dolor es esa congoja por donde se nos van todos los sueños y las esperanzas y uno se queda sólo respirando, viendo pasar algo semejante a la vida, porque lo que se ve parece semirreal, semiobservado y semisoñado.
El muerto en su muerte nos sume a los vivos en una melancolía que traspasa el dato del raciocinio y nos abre en un estado de vigilia semejante al “claro”, a “lo abierto”, a la Lichtung8 una luz que nunca crea el claro, sino que lo presupone. Una luz que alumbra esa ausencia, el no retorno del que ahora es el muerto y nos deja sólo el claro mismo, esa parte abierta que no se cierra nunca sino con el olvido.
Con la muerte del otro nada coincide con la verdad y su exactitud, ahí es donde los repasos a cada instante que se sucede se convierte en un infierno que nos aniquila porque prolongamos la muerte, porque prolongamos la agonía, ese punto en el que dejamos de ser para ser uno con la ausencia; es ahí donde se hacen presentes un tumulto de viejas sensaciones y los pequeños roces, el sonido de la voz, algunas palabras, los murmullos, la textura de la piel, breves chispazos de palabras acomodadas en un rincón de la memoria o de imágenes que se abrevian como doblándose en sí mismas para hacerse irreconocibles ahora con ese extraño vacío despiertan la angustia.
No se puede tener gran alcance porque la visión que comportan todas esas imágenes y sensaciones, todas esas palabras que retumban ahora huecas de sí, se hacen insoportables porque la contemplación y la aquiescencia del abismo deben obligarnos a traspasar el límite. A veces la señal se hace cuando hay casi una nota de gracias litúrgica no sólo en el propio final, sino en los requerimientos y recapitulaciones que provoca, en ese “no lugar” en el que me quedo cuando sobreviene la muerte.
Cuando el otro “muere” me ubico entonces en ninguna parte. Se hace el silencio. Porque la muerte es la usurpación del discurso más allá del robo de la vida. Uno corre para escapar de alguna cosa, pero se la lleva consigo. La rabia, la desesperación, todo queda en el interior del individuo. Con la muerte uno se siente despojado, se siente robado, y más todavía, con esa estúpida sensación de habernos quedado abrazando el vacío...