Esperas pacientemente que llegue el mejor momento de tu vida para vivirlo intensamente y ganarle la partida a la dama obscura. Esperas ver realizados tus sueños, hacer y deshacer, deber, escoger, tener... Esperas a que lleguen mejores momentos, mejores ideas, la mujer ideal, mejores comidas, supremos placeres. Por eso no estás listo para morir, porque esperas que el futuro sea mejor que el presente y olvidas y no recuerdas y de esa suerte vives.

Me miras serio, tus pupilas están dilatadas y desde esos puntos negros pareciera que lanzas condenas irremediables.
¿Qué pasa si te mueres ahora, esta misma tarde que parece tan ordinaria? Suspiras en dos tiempos, me dices que sería triste. ¿Triste para quién? Pregunto con delicadeza, para ti no, ¿tú que? Tu muerte no te permitiría vivir la tristeza de tu muerte, o tal vez sí. De todas formas respondes que la tristeza la vivirían los otros por ti, pero no porque tú hayas muerto, sino porque ellos ya no te tendrán consigo. Cierras los ojos unos segundos imaginándote en tu ataúd y ahí estás tendido absurdamente, inmóvil, impotente, insapiente, insensible a tu propia mirada. Te asusta ver tu muerte. Aprovecho para decirte que tal vez yo no me pondría triste por tu muerte, al principio no me crees y luego te asustas un poco. Inclinas la cabeza y me dices que te entristecería mucho saber que yo no me entristecería por tu pérdida.

No te lo digo, pero mi tristeza sería porque tú me acabas de decir que no estás listo para morir.

Porque vives esperando que llegue el momento estelar de tu vida, ése que te haga sentir más vivo que nunca, como cuando das un beso. Quizá esperes llegar a la estación de tren que diga: Aquí es la felicidad. Pero no, tú, yo y esa señora que vende pepitas en la esquina sabemos o, por lo menos intuimos, que no hay tren que llegue a esa estación. No sé si sepas por qué no vemos ese tren, pero me dijo un pajarito que es porque tú, yo y la señora, vamos en ese tren que tiene escrito en sí mismo, en letras muy grandes: Aquí es la felicidad, aquí y ahora.

Y en ese tren nos movemos aunque no nos demos cuenta. A veces algunos pasajeros se bajan en la estación que dice su nombre; y los que seguimos arriba no sabemos bien a bien qué pasa con ellos. Sabemos que ya no están en el tren, pero por más que intentamos asomarnos afuera del vagón no podemos ver. Las ventanas nos muestran el pasado, pero no podemos mirar hacia el frente, sólo vemos recuerdos, amigos muertos, fantasmas olvidados por el tiempo, a menos que sólo intentemos mirarlos y no detener el tren para que vuelvan a subir. Ellos son recuerdos que viajan con nosotros mientras el tren avanza sigilosamente en eso que tú llamas tiempo, sobre las vías de la muerte.

¿Pues sabes qué? Hoy puede ser el día en que te bajes del tren y lo último que hagas sea comer ese arroz batido, cambiar de un pesero a otro o hacer el super con mamá; girar la perilla de la puerta o pisar el tercer escalón del puente peatonal. Llorar porque él se va o se fue, pensar en la deuda impagable que tienes, dar los buenos días por inercia o ir al baño a orinar, seguir con la rutina, la rutina de vivir sin disfrutar el viaje, sin darte cuenta de que cada día te acercas más a tu estación. Porque la muerte no espera, se burla del tiempo y siempre llega a tiempo, a su tiempo...

Entonces te pregunto: ¿Dónde estás cuando todas esas cosas importantes están sucediendo? Aquí, siempre estás aquí, acercándote cada minuto a la estación dónde has de bajarte.
Hemos dejado de hablar, el silencio, canto e invocación de la muerte, ha llegado a tragarse la realidad.

¿Cuántas personas maravillosas se mueren en un día? Miles y miles de pares de ojos hermosos se cierran, innumerables pasajeros llegan a su estación y dejan en el tren, las maletas llenas de recuerdos que hacen cicatrices en los corazones que todavía palpitan. Cada muerte extraordinaria que sucede en el momento más ordinario de todas las vidas y cada vida.

Cuántas personas maravillosas, como tú, como yo, como él... No te esmeres en huir de la muerte o temerle, ella espera paciente a que llegues a tu estación, que llegues a ella y ella... ella te va a recibir con los brazos abiertos y te susurrará en silencio que has llegado.

¿Cómo sigue tu abuelita? Te puedo preguntar eso o te puedo preguntar qué es la muerte. Me puedes responder... no, no respondas. De la muerte se habla en silencio.

Un minuto de silencio por los que ya se bajaron del tren.

Y para la muerte un saludo respetuoso, por ser nuestra sombra, lo más natural, lo más humano, lo más extraordinario... Pero sobre todo, por ser lo único seguro, por poner cada cosa en su lugar y darnos la oportunidad de disfrutar nuestro destello de existencia que es un minuto... un minuto de ruido que llamamos vida. Sólo piénsalo un minuto, en silencio... ¿Qué estás haciendo ahora?

¿Estás listo para morir?

 



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