Las drogas y la música: del rito de paso y el shamanismo a la cultura rave y los mártires del rock

 

Julián Woodside
Posgrado en Historia, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

La mejor música popular ha sido creada por músicos en drogas
Bill Hicks, comediante norteamericano

 

Baile, drogas y música: el alimento para el cuerpo, la mente y el alma. La interacción de estos tres elementos existe desde tiempos inmemoriales y sus orígenes se pueden encontrar en mitos, leyendas y expresiones artísticas a lo largo de la Historia.

Popularmente se habla del consumo de las drogas en la música y su relación con las estrellas de rock, la contracultura, la ilegalidad y el oscuro mundo de los excesos del pop, sin embargo, esta relación ha existido desde antes que se pudiera hacer una nota amarilla al respecto. Ya fuera con fines terapéuticos, de recreación, espirituales o religiosos, el consumo de drogas en la música se relaciona estrechamente con el baile para estimular una experiencia multisensorial, casi catártica.

El consumo de drogas estimula la percepción e imaginación de realidades alternas e intensifica las sensaciones; la música vulnera al ser humano ocasionando una experiencia tanto íntima (al percibir el sonido), ubicándolo como individuo conciente, así como externa (al sentir las vibraciones y reconocer el exterior) y el baile es una traducción de las emociones y sensaciones de forma física para liberar energía; por lo que el individuo interactúa con su conciencia y el entorno. Ya sea por una tradición shamánica o mediante un rave, la experiencia se relaciona con la búsqueda de ritos de paso, con la exploración tanto interna como externa del individuo y el mundo que le rodea, siendo muchas veces algo completamente íntimo con la naturaleza o una experiencia social de interacción y comunicación metalingüística.

La experiencia del baile y la música es a veces tan desconocida para el ser humano que se ha relacionado con enfermedades y locura, como el caso de la Tarantella italiana o la Khorea griega, siendo el baile algo impulsivo y la música la manera de llegar al trance y al estado mental idóneo para “dejarse llevar”. Originalmente el baile y la música tuvieron justificación religiosa y ritual, en distintos grados, para después deslindarse del significado original y convertirse en medio de entretenimiento y esparcimiento social, una manera de interactuar con similares sin venerar o dirigirse a un ser superior o en búsqueda de una introspección particular. Ya fuera que el músico formara parte del baile o simplemente lo sonorizara, o que el baile fuera individual, en pareja o colectivo, la experiencia e interacción del baile y la música ha sido algo místico, natural y prácticamente indisociable, mientras que el consumo de drogas durante dichas actividades es un “extra”, un catalizador de experiencias más allá de la cotidianeidad. Sin embargo, actualmente se cree que esa experiencia mística se ha perdido; que ya no hay espiritualidad y que se vive en un mundo completamente material y superficial. No es cierta esa situación, es sólo que los paisajes y formas cambian de acuerdo a la realidad que se vive en un presente: si uno no radica en el desierto y no tiene acceso al peyote difícilmente buscará esa experiencia particular, pero sí algo similar si se tienen medios similares como metanfetaminas y un bosque cerca con un DJ. Lo importante de este texto es eliminar tabúes y prejuicios; el abuso y adicción de las drogas es un punto completamente ajeno ya que aquí se busca hablar de realidades y relaciones, del fenómeno social y cultural de la música y las drogas. Los aspectos legales y morales son harina de otro costal.

A lo largo del siglo 20 la relación drogas / músicos ha sido una constante, desde el Jazz hasta el Pop y el Psy-Trance, las personas que viven las distintas culturas musicales han usado drogas ya sea para mantener el ritmo de vida que se les exige o por mera exploración y placer personal, de ahí que como hay oferta de géneros musicales existen también oferta de drogas para distintas necesidades y emociones, los esquemas están preconcebidos con la cultura donde se generan.

En una revisión de nombres de personajes “musicales” se encuentra que las drogas están en el medio, no en un género en particular, y esto hace pensar que la sensibilidad del artista y la vida que le rodea le acerca más a las drogas que la mera relación “soy músico / me tengo que drogar”. Ya fuera Billie Holiday o Charlie Parker en el Jazz; Ol' Dirty Bastard en el Hip-Hop; GG Allin, Sid Vicious o Dee Dee Ramone en el Punk; Jimi Hendrix, Janis Joplin o Jim Morrison en el Rock y Rob Pilatus (Milli Vanilli), Judy Garland o Elvis Presley en la cultura Pop, todos tuvieron un mismo final: una sobredosis. Lo curioso es que estos personajes son considerados mártires de los medios, personajes que sacrificaron su vida para satisfacer las necesidades de un público y que simplemente no pudieron soportar los “demonios” que cada uno traía. Murieron en la gloria de la memoria colectiva tras haber estimulado múltiples placeres y catarsis a todos los que escucharon sus voces y arreglos, sin importar qué tan denigrantes fueron sus últimos días. A medida que se explora la sensibilidad, cuestión necesaria para cualquier expresión artística, la montaña rusa de las emociones se vuelve más intensa y sus subidas y caídas ocasionan una ruptura aún en el más estable sentimentalmente.

Por otra parte, ya sea el mito de si “Lucy in the Sky with Diamonds” de los Beatles hace referencia al LSD, o que los de Grateful Dead fundaron el género Stoner y sus conciertos son el antecedente de los raves, o que no se pueda escuchar música como el Goa y el Psy-Trance sin consumir drogas, la relación música, baile y drogas sigue tan presente en la vida del ser humano como los rituales shamánicos con peyote de hace ya bastante tiempo. Las drogas parecieran ser la excusa, un catalizador para llegar más fácil a una experiencia en un momento en el que toda la realidad dificulta tener ideas claras en nuestra mente; como dijo un conocido hace tiempo, “creo que los ritos de paso no han desaparecido; ahora no se 'pierde' uno en el bosque o el desierto por días para 'encontrarse', sino que se realizan experiencias de aceptación colectiva como los raves y los deportes extremos”. Todo está en esa idea de “aceptación colectiva” para comprender cuál es el papel que desempeñan la música y el baile; fenómenos difícilmente individuales ya que si uno tocara, bailara y se drogara a solas sería prácticamente absurdo, por no decir aburrido, mientras que las drogas permiten abrir los canales sensoriales en distinta medida, facilitando la interacción. Aquí cabe aclarar que al llamar a las drogas “excusa” no se está haciendo un comentario de desprecio, sino aligerar su carga negativa, las drogas son tan buenas o malas como el individuo decida, lo mismo que el azúcar, la carne, las harinas e incluso el agua natural, mantener una postura distinta sería fingir demencia.

Cabe aclarar que existen varios niveles de relación música / drogas. Por una parte están los recientes mitos, como ya se dijo, de los mártires, del tabú de que si uno está involucrado en cualquier tipo de arte las drogas fluirán al por mayor (no muy lejano de la realidad por cierto, pero no por eso negativo ni se podría llamar una “ley”); por otra parte está la experiencia del espectador, de los participantes y/o del público, como se quiera llamar. Se separa uno de la experiencia personal, introspectiva, para hablar ya de una experiencia y exploración colectiva, una nueva sensación de misticismo que ya no es por la necesidad y adicción a un producto, donde las sobredosis son más accidentales que previsibles, sino por la construcción de los nuevos rituales “urbanos” y donde la catarsis y el distanciamiento de la realidad se sustituyen por una extrema kinestesia semiótica. A estas alturas es necesario preguntar ¿cuál es la diferencia de un rito de paso antiguo a la experiencia cuasi-ritual de un rave masivo? Probablemente se argumente, y con mucha razón, que la valorización, el contexto, la búsqueda de una preparación y un proceso previo. Todo esto no se pone en duda, sin embargo el resultado es el mismo: una conciencia tanto individual como el formar parte de una sociedad y donde se aceptan y reconocen roles a desarrollar, y sobre todo la sustitución simbólica de vacíos físicos y materiales, además de incógnitas, por objetos emocionales, espirituales y respuestas. El proceso es lo que ha cambiado, y cualquier forma de purismo es no reconocerse en un presente en donde muchos ritos y tradiciones no se pierden sino que son adaptados a una realidad distinta: es naturaleza del ser humano buscar explicaciones sobre su existir y devenir y la experiencia música / droga / baile es una forma de encontrar respuestas. Es una religión y una cultura.

Se tiene entonces dos niveles de relación droga / música: la del creador; el compositor que es icono de la rebeldía y libertad además de un nivel “superior”, ya sean los de RBD ó Bob Marley, en donde se cumple la función del guía, del shamán que dirige el camino y el “viaje”, mientras que está el consumo del público, del espectador, del que busca el reto y cumplir en mayor o menor medida un rito de paso conciente o inconcientemente, la gente que baila y disfruta en otro tipo de catarsis. Claro está que se tienen que tomar a la ligera conceptos como el de guía y rito de paso, no por que así lo merezcan, sino para comprender la analogía aquí expuesta. Es innegable que gente de la cultura Pop y los medios se vuelven guías y gurús de cientos de personas, al mismo tiempo es innegable que mucha gente que vive experiencias masivas, llámese un concierto o un rave, entra en un tipo de trance o al menos adopta los códigos necesarios para actuar en dichos espacios para el “buen desarrollo” del evento. ¿Cuál es la diferencia entre un ritual y el otro? Depende de la interpretación de cada quien, sin embargo los esquemas son bastante similares.

Pero basta ya de hacer analogías entre el pasado y el presente, entre lo tradicional milenario y lo urbano y efímero, lo importante es ver que a lo largo de la Historia el hombre ha buscado casi de forma natural relacionar música, drogas y baile para estimular experiencias mucho más intensas, sea cual sea la finalidad. Gracias a la mediatización del siglo 20, ésto se ha visto mucho más explotado por la cultura Pop de masas, en donde lo público y lo privado se pierde y donde la gente se apropia, casi como un producto, de personajes públicos para concebirlos y moldearlos a su antojo. Parte de esa mediatización tiene que ver con el creciente énfasis de las drogas con el estrellato, con la farándula y sobre todo con la creatividad. Se tiene mal concebido que para ser artista y poder realizar obras que impacten uno se tiene que drogar. Eso me recuerda a la serie de preguntas que a lo largo de su carrera le han hecho a Mike Patton, compositor y músico avant garde norteamericano: ¿Ha consumido drogas? A lo que siempre responde “la única droga que consumo es café, y en algún momento experimenté con la deprivación de sueño pero ya no”. Sin importar que el músico se drogue o no, la gente así lo creerá, fomentando y reproduciendo fórmulas y esquemas que llevan años gestándose. Pero la constante es que la música y la sensibilidad van de la mano de las drogas, para estimular tanto la creatividad como la experiencia sensorial y eso es ya una tradición milenaria. La excusa es lo de menos, la búsqueda ha sido y seguirá siendo la misma y los medios se irán adaptando. Para comprender esto es interesante ver el giro que ha dado esta relación hacia ámbitos menos “masivos” y exteriores, sino ya una proyección de lo social en el ámbito individual.

El primer caso, aunque cualquier experiencia con drogas y música sea “personal” dentro de una colectividad, de una introspección lejos del escenario y de las masas se puede apreciar cuando la música electrónica llegó a estimulaciones extremas, donde ya el cuerpo del ser humano no podía responder por más que se introdujera sustancias. A partir de que en los noventa surgieron géneros electrónicos “extremos” como el Drum and Bass y el Drill and Bass, el ser humano ya no podía seguirle el ritmo a la música, las drogas seguían pidiéndole estimulación pero el cuerpo se quebraba. Fue así que surgen géneros musicales como el IDM (Intelligent Dance Music) y el Glitch, que además de seguir con una línea estética necesaria para la época (de defragmentación y caos), se tornan mucho más complejos, inteligentes y “estimulantes”. La tecnología musical ha hecho de las suyas también, gracias a la edición digital y a la exploración de la esquizofonía y reproducción sonora en uno o más canales. A partir del surgimiento de estos géneros y estéticas cada vez más complejas en otros ámbitos musicales, se da un giro a la estimulación sonora ya no por la experiencia colectiva de la misma, por este entrar en trance percusivo ya milenario y que tanto se ha criticado en el electrónico, sino para continuar con un viaje mental, lejos del cuerpo y del espacio y por ende del baile. El IDM tiene esta idea de que el músculo más importante a estimular es el cerebro, aunque el resto del cuerpo ya no pueda más, por lo que el rave evoluciona a una estimulación sonora en la comodidad del hogar. Las etiquetas en los géneros musicales son absurdas, pero bastante precisas y he ahí que hay una gran diferencia en cuestiones estéticas de la Taranta, pasando por el Psicodélico y el IDM. ¿Cuál es el futuro de las drogas y la música (y el baile)?

La relación artista / droga existirá por el resto de la historia de la humanidad, y mientras más presión haya por parte de los medios más mártires surgirán, buscando “mensajes ocultos” como la famosa maldición de la muerte del roquero a los 27 años, o realizarán homenajes con una satanización que se convertirá en el pesar de la “triste realidad que vivió el artista en sus últimos días bajo la sombra de su gloria”. Más y más artistas sucumbirán no por el dulce elixir de las drogas sino por la presión de las masas por satisfacer sus necesidades y exigencias. Cabe aclarar que morirse de una sobredosis no es romántico como diluir cerillos en una taza de café, hay que explotar la imaginación al menos y no caer en los clichés.

Lo interesante es el surgimiento de nuevas formas espirituales para buscar un mayor contacto con el interior y el exterior como seres concientes. Es así que fenómenos como I-Doser, un nuevo sistema de “drogas sonoras” que consiste en sesiones de grabaciones binaurales (divididas en dos canales, más no “estéreo”) es un nuevo camino para estimular la mente. Como se dijo antes, la excusa es la droga, la finalidad es lo importante, y dicha finalidad es el explorar y abrir canales sensoriales y emociones pues, en el día a día cada vez más absorbente, uno se olvida que está perdiendo contacto real con el entorno. Ya antes en la cultura raver se había buscado algo similar, con el famoso “Cloud 9” que proviene de la Ephedra sinica y que es un estimulante considerado como “droga legal” que algunos deportistas como Diego Armando Maradona han usado para estimular y aumentar el rendimiento. Lo mismo se podría decir de la taurina y la cafeína, siendo la primera una constante en el mundo de los clubes con bebidas energéticas mientras que la otra, por su pose, se usa más en el ámbito académico e intelectual (no hay nada como tomar un café para continuar estudiando). Incluso técnicas de respiración como en el Yoga cumplen las funciones de la estimulación que muchas veces se busca, pero el medio contrasta, si en un rave se consumen frutas no es por buscar una alimentación armónica que lleve al nirvana, sino para compensar el daño que ocasionan las pastas. En el rock se está poniendo de moda ser vegetariano y tirar abajo la imagen del roquero duro y de excesos, sin embargo sin importar el género, la interacción música / drogas para una catarsis y experiencia “superior” evolucionará de acuerdo al presente, como lo ha hecho por cientos de años, fuera una bacanal, un rito de paso o Woodstock. El I-Doser es sólo un paso más, ni alarmante ni atenuador de preocupaciones, simplemente un reflejo de la tecnología y necesidades del momento, en donde simplemente uno se encierra en su cuarto, pone el reproductor y se escuchan las frecuencias a través de unos audífonos en total relajación. Uno escoge qué tipo de “dosis”, si quiere estimularse como con cocaína, marihuana, heroína o simplemente si quiere relajarse o acelerarse, y tras un promedio de veinte minutos la dosis sonora estimulará al cerebro y le hará creer que consumió dicha sustancia. La pregunta lógica es ¿cómo se sabe qué se siente el consumir X sustancia para engañar al cerebro si no se ha hecho? No es fortuito que se diga que al consumir peyote con el tiempo se tienen que ingerir cada vez menos gajos para llegar al mismo estado. El factor social, referencial y vivencial es sumamente importante al momento de consumir una sustancia, y el I-Doser hace supuestamente realidad lo que por años se ha dicho coloquialmente, la música es una droga.

Y sí, la música per se es una droga porque estimula emociones y sensaciones y permite interactuar con la gente casi de forma religiosa mientras se aprecia al artista favorito con los amigos y gente cercana. Es adictiva, se saborea y posee, se extraña en su ausencia y llega un punto en que la vida no se podría concebir sin ella, la droga primaria que todo individuo consume ávidamente y cuyo mercado crece constantemente. Si a eso se le agrega el “extra” de consumir una droga “ilegal”, ya depende de cada quien, la finalidad es sentir, sentirse vivo y sentirse como parte del entorno; explorar. No se podrá negar que un buen disco puede llevarnos a un clímax o a la catarsis, y que una canción nos puede cambiar la vida.