A lo largo del siglo 20 la relación drogas / músicos ha sido una constante, desde el Jazz hasta el Pop y el Psy-Trance, las personas que viven las distintas culturas musicales han usado drogas ya sea para mantener el ritmo de vida que se les exige o por mera exploración y placer personal, de ahí que como hay oferta de géneros musicales existen también oferta de drogas para distintas necesidades y emociones, los esquemas están preconcebidos con la cultura donde se generan.
En una revisión de nombres de personajes “musicales” se encuentra que las drogas están en el medio, no en un género en particular, y esto hace pensar que la sensibilidad del artista y la vida que le rodea le acerca más a las drogas que la mera relación “soy músico / me tengo que drogar”. Ya fuera Billie Holiday o Charlie Parker en el Jazz; Ol' Dirty Bastard en el Hip-Hop; GG Allin, Sid Vicious o Dee Dee Ramone en el Punk; Jimi Hendrix, Janis Joplin o Jim Morrison en el Rock y Rob Pilatus (Milli Vanilli), Judy Garland o Elvis Presley en la cultura Pop, todos tuvieron un mismo final: una sobredosis. Lo curioso es que estos personajes son considerados mártires de los medios, personajes que sacrificaron su vida para satisfacer las necesidades de un público y que simplemente no pudieron soportar los “demonios” que cada uno traía. Murieron en la gloria de la memoria colectiva tras haber estimulado múltiples placeres y catarsis a todos los que escucharon sus voces y arreglos, sin importar qué tan denigrantes fueron sus últimos días. A medida que se explora la sensibilidad, cuestión necesaria para cualquier expresión artística, la montaña rusa de las emociones se vuelve más intensa y sus subidas y caídas ocasionan una ruptura aún en el más estable sentimentalmente.
Por otra parte, ya sea el mito de si “Lucy in the Sky with Diamonds” de los Beatles hace referencia al LSD, o que los de Grateful Dead fundaron el género Stoner y sus conciertos son el antecedente de los raves, o que no se pueda escuchar música como el Goa y el Psy-Trance sin consumir drogas, la relación música, baile y drogas sigue tan presente en la vida del ser humano como los rituales shamánicos con peyote de hace ya bastante tiempo. Las drogas parecieran ser la excusa, un catalizador para llegar más fácil a una experiencia en un momento en el que toda la realidad dificulta tener ideas claras en nuestra mente; como dijo un conocido hace tiempo, “creo que los ritos de paso no han desaparecido; ahora no se 'pierde' uno en el bosque o el desierto por días para 'encontrarse', sino que se realizan experiencias de aceptación colectiva como los raves y los deportes extremos”. Todo está en esa idea de “aceptación colectiva” para comprender cuál es el papel que desempeñan la música y el baile; fenómenos difícilmente individuales ya que si uno tocara, bailara y se drogara a solas sería prácticamente absurdo, por no decir aburrido, mientras que las drogas permiten abrir los canales sensoriales en distinta medida, facilitando la interacción. Aquí cabe aclarar que al llamar a las drogas “excusa” no se está haciendo un comentario de desprecio, sino aligerar su carga negativa, las drogas son tan buenas o malas como el individuo decida, lo mismo que el azúcar, la carne, las harinas e incluso el agua natural, mantener una postura distinta sería fingir demencia.
Cabe aclarar que existen varios niveles de relación música / drogas. Por una parte están los recientes mitos, como ya se dijo, de los mártires, del tabú de que si uno está involucrado en cualquier tipo de arte las drogas fluirán al por mayor (no muy lejano de la realidad por cierto, pero no por eso negativo ni se podría llamar una “ley”); por otra parte está la experiencia del espectador, de los participantes y/o del público, como se quiera llamar. Se separa uno de la experiencia personal, introspectiva, para hablar ya de una experiencia y exploración colectiva, una nueva sensación de misticismo que ya no es por la necesidad y adicción a un producto, donde las sobredosis son más accidentales que previsibles, sino por la construcción de los nuevos rituales “urbanos” y donde la catarsis y el distanciamiento de la realidad se sustituyen por una extrema kinestesia semiótica. A estas alturas es necesario preguntar ¿cuál es la diferencia de un rito de paso antiguo a la experiencia cuasi-ritual de un rave masivo? Probablemente se argumente, y con mucha razón, que la valorización, el contexto, la búsqueda de una preparación y un proceso previo. Todo esto no se pone en duda, sin embargo el resultado es el mismo: una conciencia tanto individual como el formar parte de una sociedad y donde se aceptan y reconocen roles a desarrollar, y sobre todo la sustitución simbólica de vacíos físicos y materiales, además de incógnitas, por objetos emocionales, espirituales y respuestas. El proceso es lo que ha cambiado, y cualquier forma de purismo es no reconocerse en un presente en donde muchos ritos y tradiciones no se pierden sino que son adaptados a una realidad distinta: es naturaleza del ser humano buscar explicaciones sobre su existir y devenir y la experiencia música / droga / baile es una forma de encontrar respuestas. Es una religión y una cultura.
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