En el remake de
"Ultimo tango a Parigi" en lugar de mantequilla se usará "I Can't Believe It's Not Butter"


profetica

La estructura del libro consta de tres partes: en la primera el autor expone de forma resumida una parte de su vida, poniendo especial énfasis en las situaciones de su infancia que marcarían hondamente la formación de su carácter, intelecto y su emotividad, así como las de su primera juventud cuando a los dieciocho años escapa de la custodia de sus tutores (su padre fallece cuando el tenía cuatro años), y vaga por las calles de Londres a merced del hambre y la miseria, causas directas de los padecimientos estomacales que sufriría toda su vida, y por los que para atenuar el dolor, mantuvo el consumo permanente de la droga. En la segunda parte se exponen Los placeres del opio, haciendo un recuento de los beneficios y virtudes que De Quincey encuentra en la sustancia. Por último, la Introducción a los tormentos del opio, que narra las experiencias negativas a consecuencia del consumo, y que se resumen en sueños cada vez más caóticos y cercanos a las pesadillas, así como embotamiento físico e intelectual que le impiden en cierto punto llevar a cabo sus actividades en la escritura y la vida cotidiana.

La riqueza del texto es indudable y su estructura presenta una complejidad vasta. El autor nos va adentrando en su intimidad como en un laberinto, la intimidad de la confesión, acto similar a la desnudez o el desnudarse, que inquieta al que la observa. La nitidez de las imágenes en las descripciones, tanto de la naturaleza en la provincia como de la urbe londinense, el entramado del sentir y el pensamiento, la reflexión sobre la condición propia y de la época, dotan al lector de una multitud de temas que sería imposible desarrollar aquí. Así que lo que tenga que decir versará sobre algunos aspectos que me parecieron de particular importancia.

Desde que el Hombre es Hombre ha establecido una estrecha relación con las plantas o el mundo vegetal que lo rodea, y algunas de ellas producen sustancias “tóxicas” que influyen en los estados de conciencia. Dichas plantas, denominadas alucinógenas, han jugado un papel importante en el desarrollo antropológico, y el sentido que la humanidad les ha dado ha variado a lo largo de la historia, viajando desde su uso como un medio de conexión con las fuerzas del cosmos y de la naturaleza, hacia su importancia como un medio de contacto con la divinidad, o sus usos curativos y terapéuticos; aún ahora hay comunidades que las siguen valorando en su dimensión ritual, trascendental y sagrada.

Podemos entonces comenzar a apreciar la cuestión desde otro punto de vista que no sea precisamente el occidental del mundo contemporáneo, en el que las drogas son satanizadas en exceso y  proporcionan el pretexto ideal para emprender encarnizadas cruzadas por el bien de las “buenas conciencias”, de la salud, mientras por debajo del agua se comercia con ellas y se corrompen numerosos sistemas de gobierno, guerras absurdas en las que lo que realmente importa es la ganancia económica y no los costos humanos que estas puedan representar. Es más importante combatir al “flagelo” de la droga antes que resolver cuestiones tan graves como que gran parte de la humanidad muera de hambre. Pero regresemos a nuestro punto.

Para abordar el trabajo de De Quincey debemos cambiar un poco esta perspectiva negativa de las drogas y su consumo, y quizá, sólo quizá, si hacemos un ejercicio de buena voluntad, independiente de si consumimos o no, y libres de prejuicios, las situamos en el punto de ser consideradas en su uso como una forma de conocimiento, podremos entonces abordar el tema con más apertura, complejidad y provecho. El Prefacio de  Plantas de los dioses nos dice: (…) algunas plantas producen sustancias que pueden influir en las profundidades de la mente y del espíritu del hombre (…) ¿Qué mejor manera de tomar contacto con el mundo espiritual tuvo el hombre de las sociedades arcaicas que el uso de plantas cuyos efectos psíquicos permitían la comunicación con lo sobrenatural? ¿Qué método más directo para permitir al hombre liberarse de los límites prosaicos de su existencia mundana y entrar temporalmente a los fascinantes mundos de indescriptibles maravillas que los alucinógenos abrían para él?1Y es que, entrando ya en el terreno de las Confesiones; la conmoción mental y espiritual que la droga genera en el autor es total, nunca se recuperara de ella, mantuvo su adicción al opio hasta el final de sus días, pero lo más importante es cómo ésta transforma por completo la visión y la construcción del mundo y de las cosas:

¡Opio! ¡Temido agente de placer y horror inimaginables! Había oído hablar del opio como del maná o la ambrosía, pero nada más. ¡Qué poco sentido tenía entonces aquel sonido! ¡Y cuán solemnes los acordes con que hoy resuena en mi corazón! ¡Con qué vibración se estremece de recuerdos tristes y alegres! (…) Más lo tomé; y en una hora, ¡ah, cielos! ¡qué mejoría más violenta! ¡qué elevación, desde sus más bajas simas, del espíritu interior! ¡qué Apocalipsis del mundo dentro de mí!2

La búsqueda del conocimiento obedece a la imperiosa necesidad de construir un sentido de la existencia. No existimos como entes vacíos. Si no dotamos a la vida de un sentido, sólo nos queda el suicidio o la locura.

 

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