VER CON LA MIRADA DE UN INGLÉS COMEDOR DE OPIO
Lucía Sánchez Gasca
Colegio de Literatura Dramática y Teatro, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
El sentido común nos dice
que las cosas de la tierra existen sólo escasamente, y
que la verdadera realidad está únicamente en los sueños.
Para digerir tanto la felicidad natural cuanto la artificial,
es ante todo necesario tener el valor de tragarla;
y quienes quizá fuesen merecedores de la felicidad,
son justamente aquellos a quienes la felicidad, tal como
la conciben los mortales, les ha hecho siempre el efecto
de un vomitivo.
Charles Baudelaire, Los paraísos artificiales.
Veo y sé millones de cosas. Conozco y veo a Dios:
Un inmenso reloj que palpita, esferas que giran alrededor
y adentro de las estrellas, la tierra, el universo entero,
el día y la noche, el llanto y la sonrisa, la felicidad y el dolor.
El que conoce hasta su fin el secreto de teonanácatl
puede ver esa infinita maquinaria de reloj.
María Sabina
No pretendo en este escrito agotar el tan polemizado y complejo debate que las drogas y su consumo despiertan y han despertado a lo largo del tiempo en nuestras sociedades, tampoco considero pertinente ejercer aquí una serie de juicios morales al respecto; siento un profundo respeto hacia la libertad que todo individuo posee en torno a cómo desea vivir su vida y la decisión de cada cual de consumir o no estupefacientes.
Asimismo, no construiré un estudio erudito con respecto al texto a tratar en este espacio; para ello existen infinidad de estudios especializados. Me gustaría en cambio establecer más bien un diálogo con él, de carácter más íntimo, familiar, a la pura manera de un lector enfrentándose al acto de comunicación que cualquier texto le presenta. Y es que leer no se resume solamente en la capacidad de descifrar un código, una convención lingüística; nos lleva más bien a entablar un diálogo profundo con nosotros mismos a través del universo que el autor nos ofrece y de nuestras propias concepciones y vivencias.
En la lectura de un libro nos vemos involucrados directamente. ¡Sí! lector incrédulo, ¿pensabas que estabas sano y salvo ahí en tu sillón, o en la mesa del café?, resguardado por el espacio que hay de tu cara al libro, por la convención de la ficción; creo que te sentirás conmocionado al percatarte de que cuando menos veas ya estarás sumergido en la trama, tomando partido, formulando severos juicios, riendo, llorando, y estableciendo un diálogo con tu conciencia, cuestionándote cosas, reparando en verdades que no habías querido ver o que no conocías. Y es esto lo que dota de sentido y de vida a las letras escritas en el papel, donde el acto literario se completa.
Pero no nos perdamos. El texto en torno al cual gira este diálogo es Confesiones de un inglés comedor de opio del escritor Inglés Thomas de Quincey, publicado por primera vez en la revista London Magazine en 1821. Al año siguiente se editó en formato de libro y desde entonces no ha dejado de atraer la atención de innumerables lectores y servido como faro a otros trabajos que pretenden narrar la experiencia de la experimentación con las drogas. Charles Baudelaire le dedica un espacio en su libro Los paraísos artificiales.
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