SÓLO ÉL MISMO: YONQUI
Federico F. Tello
Colegio de Historia, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

¿A qué se dedica, señor Lee?
Lo dijo cortésmente, con tono de hombre educado.
Soy granjero —contesté.
Cuando contamos algo, necesariamente contamos algo que pasó o por lo menos podría pasar, y en apariencia contamos desde el principio, pero en realidad invertimos el orden cronológico, insertando un sentido en apariencia inmanente a los hechos. El yo que narra ha vivido ya esa aventura, y al principio del relato se presupone necesariamente el final y el sentido que en retrospectiva tienen los acontecimientos vividos, mismos que en su representación como escenas ganan sentido al acumularse.
Si ese tipo de sentido se encuentra en Yonqui, es el sentido de la casualidad, de las condiciones azarosas que pasan por encima de la voluntad del sujeto. Yonqui no tiene fin, en un sentido teleológico. Es la acumulación de anécdotas, aventuras que William S. Burroughs narró bajo el seudónimo de William Lee, que si bien se ordenan cronológicamente no dan cuenta de una supuesta degeneración, a menos que la moral se presuponga como un a priori que poseyeran los lectores que el editor original presuponía podrían encontrar al leer Yonqui . Burroughs no es alguien que degeneró, pues incluso el calificativo degenerado pertenece a una concepción positivista- evolucionista del mundo.
El yonqui es un personaje que responde a cierta tradición que muestra los rasgos generales de un tipo muy específico de personaje en algunas manifestaciones literarias durante el siglo XX. Lo podemos encontrar desde los protagonistas de Hemingway, Dos Passos o Fitzgerald dentro de la llamada Generación Perdida. Se trata de personas que a la mirada del lector convencional aparecen raros, ambiguos, como si algo les faltase. No son como los personajes de novelas anteriores, o como los personajes de los mitos griegos donde incluso el propio nombre del personaje es una sinécdoque que realmente describe y representa la totalidad del ser del personaje. Pero no sólo el protagonista es ambiguo, sino que el mundo mismo donde se desenvuelven es extraño. La imaginería norteamericana, con sus formas narrativas, sus novedosos recursos literarios, sus excentricidades en general, resalta bajo el fondo de la tradición novelística de la Europa del s. XIX, ya que al fin y al cabo América como nuevo mundo generó una nueva realidad, inaprensible para la conciencia europea más que como Sueño americano, un horizonte donde las utopías planteadas desde el siglo XVI en cierta medida se cumplieron, donde la libertad existía y como Jefferson dijo, el principal derecho era el de la búsqueda de la felicidad.
Es claro que los novelistas norteamericanos recibieron la constante influencia de la literatura Europea, pero en el transcurso del siglo XIX, en las periferias de la Europa occidental se gestaron nuevas literaturas con nuevos enfoques, no dedicados a disfrutar y retratar los beneficios del nuevo régimen ni a sepultar con sus propias manos los resabios del antiguo. Se trata de literaturas que viven en el choque, cuya escritura exploraba las posibilidades de las personas, que no pretenden retratar la época en la que viven aún cuando lo hacen, sino de mostrar las consecuencias de los giros culturales dados por sus sociedades. En estos casos la novela es un experimento, pero no como laboratorio con condiciones fijas, establecidas e invariables, sino como un desgarro, representación fáctica de las contradicciones presentidas por los autores. Desde los poseídos de Dostoyevsky, el Sr. K de Kafka, los cronológicamente más tardíos personajes arriba mencionados de la Generación perdida, pasando por el Roquetin de Sartre o el Meursault de Camus son eso, sujetos que frente al mundo moderno, la agobiante burocracia, la permanencia terca de las convenciones anacrónicas, la ritualidad de la conducta, la estrechez de miras con que el mundo se realiza; se encuentran en un lugar donde no hay alternativa frente a la conformidad más que la extrañeza y el desgarramiento presupuesto en el necesario enfrentamiento que es vivir en sociedad. Existe en los creadores de
estos personajes un tufo profético que asusta al contemplar el mundo posmoderno. El desgarramiento supone una dislocación en la coherencia que se puede establecer entre el mundo y el sujeto, relación encerrada siempre en el ámbito de la sociabilidad. Tal vez por el momento llame a esto sentido.
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