LA ADICCIÓN
Rafael H. Pagán Santini
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
La idea de que se puede ser adicto es algo reciente, ésta procede de mediados del siglo XIX. El término no se hizo de uso común sino hasta más tarde, y precede en un cierto tiempo a la aplicación difusa del término para la adicción alcohólica. Hasta el siglo XIX, la ingesta de alcohol, por ejemplo, había sido vista sólo como un “problema social”, cuando conducía al desorden público. Tardó mucho tiempo hasta que el alcoholismo fuese aceptado oficialmente en los círculos médicos como una adicción, y finalmente como una enfermedad, aunque tenga una base psicológica definida. Originalmente, las adicciones fueron vistas como un estado del organismo, posteriormente se le ha comprendido como una condición donde se entrecruzan factores biológicos (neuroquímicos y predisposición genética), estilos de vida e identidad.
Desde la ansiedad por el pastel de chocolate hasta el deseo por la heroína pasan por el mismo sistema neurológico que va cubriendo nuestro universo hasta convertirse en una adicción que la Dra. Nora Volkow, directora del Instituto Nacional de Abuso de Drogas de los Estados Unidos, define como un mal funcionamiento del deseo normal del ser humano por estímulos.
Volkow piensa que las drogas, o cualquier otro hábito adictivo, nos mete en algunas de las fuerzas más intensas de nosotros: nuestro apetito por lo novedoso, las ansias de vitalidad, la escalofriante sensación de estar vivo. De acuerdo a ella todos buscamos esa “intensidad”, en lo cual, hay algo muy poderoso.
Esta concepción sobre la adicción se basa en una mayor comprensión sobre la dopamina, neurotransmisor cerebral que está involucrado en la motivación, en el placer y con el aprendizaje. La dopamina nos señala lo que sobresale, realza la nueva información inesperada a la cual debemos poner atención para poder sobrevivir, como la alerta sobre el sexo, la comida y el placer, así como el peligro o el dolor. Por ejemplo, si usted tiene hambre y llega a su olfato el olor de unos tacos recién hechos con salsa mexicana fresca, los niveles de dopamina se disparan. Esto también ocurre cuando usted se encuentra enfrentando a un enemigo que atenta contra usted. El papel que juega la dopamina es la de alertar como si gritara, “pon atención a esto”, posteriormente el mensaje podrá ser un murmullo, “mmm, esto se siente bien”.
La teoría emergente sobre la dopamina también provee nuevas explicaciones sobre las tendencias autodestructivas de los humanos, desde la glotonería hasta la adicción por el juego. De ser correctos los resultados que se están encontrando en las investigaciones actuales sobre la adicción, la dopamina sería algo más que un “viaje de placer”. Ésta sería como la droga de la vida. Su misión sería, pues, la de conectarnos con el mundo y suplirnos con la voluntad de mantenernos vivos.
Según Volkow, la dopamina es liberada en el torrente sanguíneo cuando algo sorpresivamente importante pasa, ya sea una recompensa inesperada o un accidente. Debido a que la dopamina también está involucrada en el aprendizaje, en la memoria, y en la motivación –este químico nos ayuda a poner atención en la información que necesitamos para sobrevivir— actúa sobre ella y la recuerda para el futuro. Las drogas secuestran esta maquinaria cerebral, enviando de 5 a 10 veces más la cantidad de dopamina que se requiere en las estructuras cerebrales, haciendo que las motivaciones del cerebro y la maquinaria de atención se enfoquen puramente en la droga. La droga viene hacer la cosa más importante e interesante del mundo. En un adicto, lo único que sobresale es la droga, no existe competencia.
Con el tiempo, el cerebro del adicto se adapta al torrente de dopamina desensibilizando el sistema a ella. El cerebro de los adictos a la cocaína no se estimula ante la mayoría de las cosas que alertan a una persona que no es adicta a la cocaína ya sea, el sexo, una pasión romántica, la comida, el frió, o inclusive el dinero en efectivo, a no ser que este sea para comprar más droga.
La corteza prefrontal, la parte del cerebro que está asociada con el juicio y el control inhibitorio, también deja de funcionar normalmente cuando la persona es adicta. Al aumentar la motivación por la droga o por cualquier sustancia que genere adicción, se va alterando el sistema de la corteza prefrontal. De esta forma el adicto sólo desea la droga y el cerebro va perdiendo el control sobre el comportamiento.
El hambre no es la única cosa que nos estimula a comer. Como ocurre en los adictos, las personas que tiene el hábito de comer van compensando su necesidad de dopamina con la única cosa que puede estimular su cerebro, la comida. El nuevo punto de vista sobre la dopamina no niega que el químico nos ayuda a registrar el placer, pero el placer se concibe como parte de un conjunto de comportamientos interconectados relacionados con la dopamina.
De acuerdo a la Dra. Volkow, la adicción o la inclinación a beber alcohol, comer en exceso, la utilización de dogas narcóticas o fumar, no es un problema moral o de autocontrol, sino de distorsión en la atención. Al igual que casi todas las situaciones de salud donde la genética interviene, esta es altamente influida por el medio ambiente. El sistema dopaminérgico es altamente influido por la interacción social.
Como podemos ver, la naturaleza de la adicción se expresa en una conducta compulsiva. Giddens señala que, incluso en el caso de la dependencia química, la adicción se mide de facto en términos de las consecuencias que tiene el hábito sobre el control del individuo sobre su vida, más las dificultades inherentes para librarse de este hábito. La adicción puede ser definida como un hábito estereotipado que se asume compulsivamente; el sustraerse a la misma proporciona una ansiedad incontrolable. Éstas proporcionan una fuente de bienestar para el individuo, al aplacar la ansiedad, pero esta experiencia es siempre más o menos transitoria. Una compulsión es una forma de conducta que el individuo encuentra muy difícil, o imposible, detenerla sólo con el poder de su voluntad. La conducta compulsiva se asocia al sentimiento de pérdida de control sobre el ego. Obrar a impulsos de la misma produce una liberación de tensiones y el no hacerlo causa un exceso de ansiedad.
En la sociedad actual, donde amplias áreas de la vida de una persona ya no están conformadas por modelos y hábitos preexistentes, como en las sociedades tradicionales, el individuo se ve obligado continuamente a negociar opciones de estilo de vida. Siguiendo el pensamiento de Giddens, el haber eliminado la tradición como nunca antes y al no contar con un modelo social particular que es obedecido y sancionado, donde es normal hacer hoy lo mismo que se hizo ayer, el individuo está obligado a descubrirse a sí mismo en sus hábitos y acciones. El proyecto reflexivo del yo asume una importancia especial en su identidad, las opciones de estilos de vida ya no son aspectos “externos” o marginales de las actitudes individuales, sino que definen donde “está” el individuo. En otras palabras, las opciones de estilo de vida son constitutivas de la narrativa del yo. La pérdida temporal de esta preocupación reflexiva por la protección de la identidad genérica en muchas circunstancias de la vida cotidiana es parte de la experiencia adictiva.
Según Giddens, las adicciones son un índice negativo del grado en que el proyecto reflexivo del ego se traslada a un puesto de plataforma central en la modernidad tardía. Son modos de conducta que se introducen –quizás en forma muy consecuente– en este proyecto, pero rechazan quedar incorporados en el mismo. Hoy más que nunca, es posible llegar a ser adicto, entre otras cosas, a las drogas, a la comida, al trabajo, a fumar, a ir de tiendas, al ejercicio, al juego, y –además del componente específicamente sexual—también al amor y a las relaciones.
Hasta el momento no existe un antídoto contra la adicción. Tampoco existe un tratamiento efectivo que pueda liberar al individuo de esta conducta compulsiva, donde la persona queda gobernada por una búsqueda constante de algo. Se cuenta con una racionalidad instrumental sobre las adiciones y se sugieren comportamientos que refuerzan la identidad del individuo para prevenir la adicción, pero no se tiene control sobre los estímulos sociales que disparan el comportamiento adictivo.
La epidemia de obesidad es un ejemplo perfecto para identificar los diferentes factores que interviene y refuerzan las adicciones. En ella intervienen, desde el mercado con sus engaños publicitarios y sustancia aditivas de sabor, hasta la genética que predispone al sobrepeso. Las drogas fuertes como la heroína y la cocaína están inmersas en la misma lógica del mercado que los alimentos. Como bien se ha señalado, la adicción es un comportamiento moderno al que no se le ha encontrado solución.