¿POR QUÉ EL ABUSO DEL ALCOHOL ES CONTRARIO A LOS DEBERES HACIA UNO MISMO?

 

Sheilla Quintana Ruiz
Colegio de Filosofía, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

 

La ética de Kant es una de las teorías morales más importantes en la actualidad. Ha influido en teorías de la justicia contemporánea, así como en teorías sobre los derechos humanos. En filosofía moral, algunos autores como Christine Korsgaard y Onora O´neill, han desarrollado interpretaciones novedosas de los escritos éticos de Kant. Desde mi perspectiva, sin embargo, el énfasis se ha puesto en los deberes hacia los demás, en lo que se refiere al contenido de esta ética. Mi propósito en este trabajo es ofrecer una lectura de algunos de los deberes hacia uno mismo, en particular, desarrollo el deber de no abusar del consumo de alcohol y estupefacientes, el cual se relaciona con el deber de cuidar nuestra naturaleza animal.

La ética de Kant es una de las pocas que presta atención detallada a los deberes que tenemos hacia nuestro cuerpo y considero que ofrece conceptos muy fructíferos para reflexionar sobre estos temas. Al introducir la reflexión sobre el consumo de los estupefacientes, he querido presentar una lectura contemporánea de este filósofo del siglo XVIII. Usualmente se piensa que, en ética, los deberes morales son deberes hacia los demás. Es común dudar de las obligaciones hacia uno mismo porque se piensa, si uno mismo puede liberarse de la obligación, ¿de qué obligación se trata? Considero que la mejor manera, dentro de la ética kantiana, de articular estos deberes, es en términos de la fórmula de la Humanidad. Si la humanidad, como Kant sostiene, tiene valor en sí mismo, entonces nos impone exigencias tanto en la persona de los demás como en nuestra propia persona. Por ello, analizo cómo se derivan ciertos deberes de esta fórmula.

Me resulta sorprendente darme cuenta que investigar diferentes aspectos de la filosofía moral, hayan podido ofrecerme argumentos para tratar los abusos cometidos al propio cuerpo. Inicialmente, pensaba que el consumo de alcohol y estupefacientes no planteaba ningún problema moral porque, si no daño a los demás, entonces, ¿cuál es el problema ético? Puede parecer sorprendente, pero fue hasta que leí el capítulo sobre los deberes hacia uno mismo en la Doctrina de la Virtud, que por primera vez reflexioné sobre el hecho de que el daño a uno mismo puede ser éticamente reprobable. Algo similar me ocurrió al leer lo que Kant dice sobre el deber de no suicidarse. Igualmente, yo pensaba que el suicidio puede ser objetable moralmente sólo si se causa un daño social o a la comunidad. Los argumentos de Kant me causaron una gran impresión, y por ello decidí profundizar en su estudio en este trabajo. En mi trabajo analizo algunos conceptos que son centrales para entender estos deberes.

 

Principios.
De acuerdo con Kant, los principios subjetivos se subordinan a los principios objetivos, que pueden ser instrumentales o morales. Kant dice en una nota al pié de página de la Fundamentación:

Máxima es el principio subjetivo del obrar y tiene que diferenciarse del principio objetivo, o sea, de la ley práctica. La máxima contiene la regla práctica que la razón determina conforme a las condiciones del sujeto (muchas veces a la ignorancia o a las inclinaciones del mismo) y por lo tanto es el principio conforme al cual obra; pero la ley es el principio objetivo, válido para todo ser racional, el principio según el cual dicho sujeto debe obrar, o sea, un imperativo. [421F]

Kant establece en la Fundamentación, que sólo aquellos principios de acción que se presentan por medio de la facultad racional práctica, suponen una norma o exigencia para la racionalidad finita. Dicha exigencia se debe a que la voluntad se ve sometida a condiciones subjetivas que no coinciden con las leyes de la razón, ya que puede que provengan de las inclinaciones. También explica, que los principios objetivos valen para todo ser racional y resultan normativos para la voluntad humana porque se presentan como fuente de razones suficientes y válidas objetivamente para todo ser racional, de tal suerte que deberían imponerse a las inclinaciones.

La distinción que establece Kant entre máxima y principio objetivo es que las máximas son el principio subjetivo de la acción, es decir, la regla contingente, por la que procede de hecho el sujeto; un principio objetivo en cambio, constituye el principio universalmente válido, de acuerdo por el cual se debe conducir la naturaleza humana.

Los principios objetivos se dividen en dos, hipotéticos y categóricos. En un pasaje de la Fundamentación [414F], Kant reitera lo siguiente:

Todos los imperativos mandan hipotética o categóricamente. Los primeros representan la necesidad práctica de una acción posible como medio para conseguir alguna otra cosa que se quiere (o es posible que se quiera). El imperativo categórico sería el que representaría una acción como objetivamente necesaria por sí misma, sin referencia a ningún otro fin. [414F]

Todos los principios objetivos tienen el carácter de mandato, y dicho mandato se puede dar instrumental o bien moralmente. Los principios instrumentales representan la necesidad de una acción posible como medio para conseguir alguna cosa que se quiera y éstos dan mandatos condicionados. Los morales son aquellos que representan una acción, como necesaria por sí misma, independientemente de los fines que ya se tengan.

En otro pasaje de la Fundamentación [415F], Kant señala que los principios instrumentales son hipotéticos, ya que el mandato tiene lugar bajo la condición hipotética de que se quiera algún fin. El principio no vale absolutamente, sino que es limitado a una condición y en este sentido, se puede decir que el acto de un principio hipotético es bueno, sólo como medio para la obtención de otros intereses.
Si la acción fuera simplemente buena como medio para otra cosa, entonces el imperativo es hipotético; si se representa como buena en sí, o sea, como necesaria en una voluntad conforme de suyo con la razón, entonces es categórico. [414F]

Para Kant, dicho principio sólo manda cómo es que se debe actuar para lograr la consumación de un fin que se quiere, es decir que sólo establece cual sería el medio indicado para lograr obtener el fin. De acuerdo con Kant, el imperativo hipotético es normativo para la voluntad porque es analítico.

Para entender cómo es que se da un principio analítico práctico, es útil señalar la diferencia que Kant establece en la Crítica de la Razón Pura, entre juicios sintéticos y juicios analíticos.

Los juicios analíticos son aquellos en los que el predicado está contenido en el sujeto, en cambio, los juicios sintéticos son aquellos en donde el predicado no está de ninguna manera contenido en el sujeto. Esto quiere decir que el predicado que se encuentra con carácter necesario en un juicio analítico, se encuentra de modo contingente en el juicio sintético. En la Crítica de la razón pura Kant hace una distinción de los juicios, para mostrarla de manera más clara, presentó las siguientes oraciones como ejemplo:

Juicio analítico       El triángulo   es una figura cerrada de tres lados.       
                                      Sujeto                      predicado
Juicio sintético       El triángulo     es grande y de color rosa.
                                     Sujeto                  predicado

En el modelo del juicio analítico, resulta que el predicado “figura cerrada de tres lados” está  contenido en el sujeto o concepto “triángulo”; a diferencia del modelo del juicio sintético, donde el predicado “es grande y de color rosa” no está contenido en el sujeto o concepto “triángulo” de manera necesaria, sino que depende de la experiencia para poder dar fe de que así sucede.

Así bien, de manera similar en la que Kant establece una diferencia entre los juicios de la razón teórica, plantea que en la razón práctica también hay principios de carácter analítico y otros de carácter sintético. La diferencia que no se puede pasar por alto es que en la razón práctica no se trata de principios teóricos (de cómo son las cosas); sino que se tratará de principios prácticos (de cómo debemos actuar).

Es interesante reconocer que, según el planteamiento teórico, la proposición “quien quiere el fin quiere los medios” rechaza lógicamente que se quiera el fin y no los medios para lograrlo; sin embargo, en términos prácticos, sí es posible querer el fin y no tomar en cuenta los medios, aunque tal circunstancia es una actitud práctica irracional, desde la perspectiva kantiana. Por ejemplo: Si alguien quiere prevenir el cáncer evitando el consumo de tabaco, parecería racionalmente necesario que al querer el fin (no tener cáncer a causa del cigarro) debería evitar, de cualquier modo, el hábito del cigarrillo. Pero resulta que en la práctica es muy posible que alguien quiera evitar el cáncer y aun así, siga fumando.

Lo que quiero puntualizar es que cuando alguien evita los medios para obtener un fin sin razón ajena, cae, por la irracionalidad de su actitud, en una contradicción que Kant señala de la siguiente manera:
Quien quiere un fin, quiere también (en tanto que la razón ejerce un influjo decisorio sobre sus acciones) el medio indispensable para ello que se halla en su poder. Esa proposición es, en lo que respecta al querer, analítica; pues en el querer un objeto como efecto mío está pensada ya mi causalidad como causa activa, es decir, el uso de los medios, y el imperativo saca ya el concepto de las acciones necesarias para tal fin del concepto de un querer ese fin.  [417F]

Para Kant, proponerse (querer) algo, es verse a sí mismo como la causa del fin en cuestión, como quien provocará ese fin. Concebirse como causa del fin es concebirse como el elemento que inicia una cadena causal que dará como resultado que se produzca el fin. Si esto se comprende como, “concebirnos como quien usa los medios existentes”, entonces, “proponerse (querer) el fin”,  contiene “proponerse (querer) los medios”.

Así bien, se puede decir que en cada uno de los dos principios de conducta instrumentales, se manda un tipo de acción para realizar un fin.

Kant afirma que, además de que los principios instrumentales son condicionados y no se puede hablar de acciones necesarias en sí mismas al referirse a ellos, existe otro tipo de principio objetivo, en donde la acción vale por sí misma y es incondicionada. Un principio que al igual que el instrumental tiene valor objetivo, pero que a diferencia de aquel, establece mandatos absolutos. Por ello, dicho principio recibe el nombre de categórico.

Kant sostiene que el Imperativo Categórico es un principio práctico objetivo que se distingue del instrumental, porque determina a la voluntad independientemente de objetos que se quieran o deseen como efectos de la acción. Se ocupa de los fundamentos determinantes de la voluntad, sin necesidad de considerar las consecuencias de los actos. Kant dice:

Finalmente hay un imperativo que, sin colocar como condición del fundamento ningún otro propósito a conseguir mediante cierto proceder, manda este proceder inmediatamente. Este imperativo es categórico. No concierne a la materia de la acción y a lo que debe resultar de ella, sino a la forma y al principio de donde se sigue la propia acción y lo esencialmente bueno de la misma consiste en la intención, sea cual fuere su éxito. [416F]

Al pensar en el principio de la moralidad, según Kant, se establece que en la realización de una acción sólo se considera como fin a la acción en sí misma, sin buscar ningún otro objetivo. También dice que el principio de la moralidad debe contener su fundamento en la forma y no en la materia y la razón debe ser la que determina a la voluntad sin que intervenga la sensibilidad. De tal suerte que los propósitos y efectos de las acciones, le confieren un valor moral incondicionado. Este valor reside en el principio de la voluntad al margen de los fines que puedan ser producidos por tales acciones y queda determinada la acción por el principio formal del querer en general.

Kant expresa que este principio debe tener el mismo valor para todo ser racional, pues de no ser así, no se podría determinar nada de manera específica, como sucede con las inclinaciones. Por esta misma razón, el principio de la moralidad adquiere el carácter de necesario, pues es aquello que se vincula con la voluntad simplemente como fundamento, pero nunca como efecto. Si el efecto fuera el que determina al sujeto, éste se encontraría condicionado empíricamente y no sería posible el carácter de necesidad,  porque cada uno de los agentes tiene su propio objeto de bienestar. Según Kant, aun cuando los efectos de las acciones personales concuerden con las intenciones de otros, resulta realmente insuficiente para que se considere un principio que pudiera ser ley. En la Fundamentación, lo dice así:

El valor moral de la acción no reside, pues, en el efecto que se aguarda de ella, ni tampoco en algún principio de acción que precise tomar prestado su motivo del efecto aguardado. Pues todos esos efectos (estar a gusto con su estado e incluso el fomento de la felicidad ajena) podían haber acontecido también merced a otras causas y no se necesitaba para ello la voluntad de un ser racional, único lugar donde puede ser encontrado el bien supremo e incondicionado. [401F]

Lo anterior refiere que el fin que es el contenido del principio de la moralidad, no es un fin material, esto significa que no es un fin considerado por un sujeto como algo que vale sólo para él; al mismo tiempo resulta que es un fin que no se realiza como resultado de una acción, ya que su validez radica en su carácter de universal en cuanto que debe ser un fin que esté en cada uno de los seres racionales, y no sólo en sujetos finitos. Es necesario aclarar que,  el hecho de que no sea un fin empírico, es decir,  que no proviene de  la experiencia, no hace que la acción del principio moral carezca de fin. Sólo que el fin de las acciones morales, debe ser un fin en sí mismo, que valga por lo que es, y no por lo que el agente decide de acuerdo con sus inclinaciones.

Para entender lo anterior, es bueno aclarar que para Kant los fines relativos son aquellos que dependen del valor que les confieren los agentes, por lo que todos los fines humanos tienen valor relativo pues son relativos a los deseos de los sujetos. Pero para Kant, el único fin absoluto es la humanidad, aquel fin que no depende de los deseos ni de las inclinaciones. Este fin es el que se encuentra en el imperativo categórico. De tal suerte que, los fines relativos son aquellos que un ser racional se propone como efecto de la acción y sólo son queridos como medio para obtener otra cosa y son aquellos que cumplen o llevan a cabo la acción. Por esta razón, esta clase de fines sólo pueden fundamentar principios hipotéticos (instrumentales), porque dependen de alguien que los mida para poder obtener un valor que está condicionado, siendo además, contingentes. Kant lo expresa de la siguiente manera en la Fundamentación:

La voluntad es pensada como una capacidad para que uno se determine a obrar conforme a la representación de ciertas leyes. Y una facultad así sólo puede encontrarse entre los seres racionales. Ahora bien, fin es lo que le sirve a la voluntad como fundamento objetivo de su autodeterminación y, cuando dicho fin es dado por la mera razón, ha de valer igualmente para todo ser racional. En cambio, lo que entraña simplemente el fundamento de la posibilidad de la acción cuyo efecto es el fin, se denomina medio.[427F]

Ahora bien, Kant presenta tres fórmulas del imperativo categórico, no sin antes transmitir que cada una de éstas son expresiones de la misma ley moral. Aquí me concentrare sólo en la segunda.

Para establecer la existencia de la segunda fórmula, primero declara que la ley práctica es posible sólo si existe algo que valga por sí mismo. Para comprender esto, es importante explicar que para Kant todas las cosas existentes tienen valores y éstos pueden ser de dos tipos: valores relativos y valores en sí mismos. Piensa que los valores relativos son aquellos que dependen de las circunstancias, es decir que su valor está condicionado por algo externo.

Además de presentar las categorías o tipos de valores que las cosas tienen, Kant afirma que existen dos formas en las que se valoran las cosas y éstas son valoradas unas veces como medios y otras, como fines para las acciones. Es interesante resaltar que las cosas no tienen valor intrínseco, es decir que siempre dependen de las circunstancias. De tal suerte que, cuando las cosas se valoran como medios es porque sirven para algo, es decir, para lograr un objetivo o un deseo, llamado fin. Los valores como medios son, entonces, valores instrumentales que el agente busca para distinto tipo de fines.

Se puede afirmar, pues, que según Kant, todo medio siempre se valora como bueno funcionalmente, ya que se le valora por su relación con el fin y no por su cualidad moral. De esta manera quien no quiere los medios adecuados para lograr su fin (que considera bueno), no es consistente.

Piensa que cuando las cosas se valoran como fines, éstas determinan las razones para actuar. Sin embargo, aún cuando todo ser humano debe pensar que el fin de su acción es bueno, pues sino no sería posible que lo planteara como fin, muchos fines no son buenos necesaria y universalmente, porque su valor depende de las circunstancias y del valor que le confiere el agente, según sus deseos. Por otro lado, Kant considera que existen fines que se valoran objetivamente como buenos, es decir que no son únicamente buenas razones para unos cuantos, sino que se encuentra en sí mismos algo que los hace buenos por sí mismos. De tal suerte que, Kant cree que los fines que se proponen los agentes pueden ser valorados como buenos desde dos perspectivas: subjetivamente y objetivamente.

Ahora bien, los fines pueden ser valorados como buenos subjetivamente cuando éstos resultan buenos sólo para el sujeto en cuestión y su bondad depende de los resultados y las circunstancias de la acción. Estos mismos fines pueden ser valorados como buenos objetivamente, cuando son consistentes con la moralidad, es decir, cuando cumplen con las reglas de la ley moral. Según Kant, la bondad de los valores objetivamente buenos, no proviene de la las inclinaciones ( que son contingentes ), sino que provienen de la razón práctica pura.

Aquello que se valora como objetivamente bueno, pueden ser obligaciones del agente en acción, o bien fines que sus intereses promueven.

“Toda acción contiene un fin”, quiere decir que, en todo acto se aspira a lograr un objetivo y que para toda acción existen razones; sin embargo Kant piensa que debe existir algún fin que no pueda ser usado como medio y que sea incondicionado; éste debe ser un fin en sí mismo y no relativo y dicho fin merece respeto. También propone que dicho fin debe funcionar como límite de todas las acciones que se propone la voluntad finita, y que no tenga precio, sino que tenga valor absoluto para poder ser incondicionado.

En este punto, lo que Kant intenta demostrar es que si existe un fin que posibilite la ley moral, debe ser un fin que exista con valor intrínseco e incondicional, es decir que no se realice como resultado de una acción y que deba restringir a cualquier otro. Este fin según Kant, es toda la naturaleza racional, incluida la humanidad. En la Fundamentación dice:

Yo sostengo lo siguiente: el hombre y en general todo ser racional existe como un fin en sí mismo, no simplemente como un medio para ser utilizado discrecionalmente por esta o aquella voluntad, sino que tanto en las acciones orientadas hacia sí mismo como en las dirigidas hacia otros seres racionales el hombre ha de ser considerado siempre al mismo tiempo como un fin. [F 428]

Según este párrafo y ciertos aspectos tratados por Kant en “Probable inicio de la Historia Humana”, la naturaleza humana se distingue de los animales por la capacidad de proponerse fines,  y estos fines son propuestos por la razón práctica y no por medio del instinto.

Kant piensa que la razón humana es la que debe superar los obstáculos de las inclinaciones sensibles, ya que éstas pueden presentarse como razones suficientes para las acciones y, según él, los obstáculos de las inclinaciones pueden ser controlados haciendo de la humanidad un fin incondicional contra el que nunca se debe obrar, esto es lo que hace de la humanidad un fin negativo.

Cuando Kant afirma que lo distintivo de la humanidad es la capacidad de proponerse fines, alude a la capacidad de desear fines diferentes a lo que el instinto prescribe o más bien, a la capacidad racional de tomar interés en algo.

Si se comprende que sólo la naturaleza racional, en general, es la que se propone fines y más aún, sin ella no habría fines; se infiere entonces que el fin incondicional es la humanidad y toda naturaleza racional, y que ésta supone la máxima condición restrictiva de las acciones de cada hombre. En la Fundamentación explica esta idea:

Así pues, si debe darse un supremo principio práctico y un imperativo categórico con respecto a la voluntad humana, ha de ser tal porque la representación de lo que supone un fin para cualquiera por suponer un fin en sí mismo constituye un principio objetivo de la voluntad y, por lo tanto, puede servir como ley práctica universal. [F428]

De acuerdo con este pasaje, el fin que propone Kant, es un fin que da cuenta de las acciones morales y debe ser necesario en todo ser racional, es decir debe ser un principio de la voluntad. Según Kant, este fin debe ser autosuficiente, por lo que resulta opuesto a un fin que tiene que ser traído a la existencia por medio de una determinada acción, es decir que, su valor se encuentra en su propia naturaleza por lo que es independiente de cualquier valoración externa a su objeto mismo. Ateniéndonos a lo anterior, se puede expresar la segunda fórmula que Kant establece de la siguiente manera:

Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio. [429]

A esta enunciación se le puede denominar Fórmula de la Humanidad (FH), e implica que cada acción humana debe tener como motivo al hombre y no simplemente como acción subordinada a otras, como Kant lo expresa:
La capacidad de proponerse en general algún fin es lo característico de la humanidad (a diferencia de la animalidad). Por tanto, con el fin de la humanidad en nuestra propia persona está unida también la voluntad racional y, por consiguiente, el deber de hacerse digno de la humanidad por medio de la cultura en general, el deber de procurarse o de fomentar la capacidad de realizar todos los fines posibles, en cuanto ésta sólo se encuentra en el hombre. (PMDV 392).

Según Kant, el hombre rompe con la idea de un ser que se guía únicamente por los instintos gracias a la razón, y ésta, le da la capacidad de comparación que le permite al hombre no sólo tener nuevos deseos que van más allá del instinto, sino que son contrarios a él. Esta idea la expresa de la siguiente manera:
El hombre descubrió dentro de sí una capacidad para elegir por sí mismo su propia manera de vivir y no estar sujeto a una forma de vida como el resto de los animales.

El hombre tiene a la razón como guía hacia los objetos que lo rodean y no sólo para aquellos que existen para el instinto, sino que lo conducen a la formación de deseos que lo distinguen como humano.

La explicación por sí sola que Kant da sobre la facultad de elección más allá del instinto, no es lo que permite entender cómo es que el ser humano debe actuar, pues esto todavía es una elección subjetiva y no universal:

(…) si vamos a obtener de allí deberes categóricos, el valor en términos del cual justificamos la acción tiene que ser independiente de los deseos e intereses particulares del agente; y en este sentido los bienes finales no son necesariamente independientes: lo que valoramos por sí mismo depende, al menos en ocasiones, de cosas particulares acerca de nosotros, de nuestros propios deseos e intereses.

Ahora bien, para comprender lo circunscrito, debo recordar la diferencia entre principio objetivo, que es válido para todo ser racional, y una máxima que es un principio de acuerdo por el cual un sujeto actúa.

Un fin puede cumplir un papel negativo en la determinación de la conducta, y el fin de la humanidad funciona de esta forma. Esto quiere decir que el fin no es un fin a realizar, sino que es un fin independiente el cual exige que no se debe obrar en contra de él. Como se aclaró, para Kant el fin que existe en sí mismo es “toda la naturaleza racional” porque tiene dignidad mas no precio. En otra parte de la Fundamentación, lo expresa de la siguiente forma:

Las personas por lo tanto, no son meros fines subjetivos cuya existencia tiene un valor para nosotros como efecto de nuestra acción, sino que constituyen fines objetivos, es decir, cosas cuya existencia supone un fin en sí mismo y a decir verdad un fin al servicio del cual debiera quedar aquél simplemente como medio, porque sin ello no encontraríamos en parte alguna nada de ningún valor absoluto; pero si todo valor estuviese condicionado y fuera por lo tanto contingente, entonces no se podría encontrar en parte alguna para la razón ningún principio práctico supremo.[F 428]

Esto significa que se debe tratar a la humanidad, en dondequiera que se encuentre, como un fin en sí mismo.

Comprendida cual es la materia para el imperativo categórico, intentaré mostrar cómo es que a partir de la formula de la humanidad se derivan deberes perfectos, haciendo referencia a la idea de que una elección racional no puede infringir el estatus de la naturaleza racional como un fin por ser ésta, una condición limitativa en tanto que es un fin en sí mismo, contra el cual no se debe obrar nunca.

En adelante explico, con la ayuda de los ejemplos que Kant propone en la Fundamentación, que al concebir a la humanidad como fin incondicional, no se puede actuar en contra de ella, sin incurrir en una inconsistencia y que dicha inconsistencia da la como resultado deberes perfectos. La prueba en la formula de la humanidad a diferencia de la formula de la ley universal (establece contradicción entre la máxima y la fórmula), es de consistencia de la máxima con el valor absoluto de la humanidad.

Considero que primero es necesario aclarar algunos conceptos. Todo fin que uno se propone en una acción es algo externo, y es más bien para obrar. Los deberes perfectos plantean acciones a realizar u omitir (no mentir, no suicidarse, no matar, cumplir con los contratos, con las promesas, etc.). Y estos deben ser cumplidos porque se cree en ellos, pues si no se cree en ellos no hay fin a seguir realmente.

Ninguna legislación exterior puede lograr que alguien se proponga un fin (porque es un acto interno del ánimo); aunque puedan mandarse acciones externas que lleven a él, sin que el sujeto se las proponga como fin.

Por ejemplo, las leyes del tránsito están hechas para asegurar fluidez y seguridad. Bien se sabe que los automovilistas cumplen con las leyes, no porque entiendan el beneficio que podrían recibir con su acción, sino por temor a las represalias que la ley implica represión, privación de la libertad, etc.  En la mayoría de los casos, la ley sólo se cumple con la idea de evitar una multa. Puede que se logre la estabilidad deseada por las leyes, pero no se logrará cambiar la idea de los automovilistas.

Los deberes perfectos éticos especifican tipos de acciones, es decir que exigen hacer ciertas cosas, o no hacer otras, pero siempre por motivos morales.

Por ejemplo, no es lícito hacer una promesa mendaz pretendiendo servirse de otros sin que estos puedan ser fines en sí mismos, utilizándolos simplemente como medios o instrumentos. Es indudable que los otros no aceptarían permitir ser utilizados de esa manera, por lo que hay que apreciar a los seres racionales no sólo como fines, sino que se debe admitir que ellos pueden en sí mismos tener los mismos fines de acciones similares. Kant nos dice:

Esta contradicción ante el principio de otros hombres salta a la vista más claramente cuando se traen a colación ejemplos de agresiones a la libertad y propiedad ajenas. Pues ahí es muy evidente que quien conculca los derechos de los hombres está decidiendo a servirse de la persona de otros simplemente como medio, sin tomar en consideración que en cuanto seres racionales deben ser apreciados siempre al mismo tiempo como fines, o sea, como seres que también habrían de poder albergar en sí el fin de esa misma acción. [F 429]

Kant instaura que  si la naturaleza racional es considerada como fin en sí misma, entonces, su voluntad debe ser considerada como legisladora (auto legisladora), pues no puede obedecer a ninguna ley que no sea la que se da a sí misma; sino no sería posible pensar a los seres racionales y a la humanidad como fines en sí mismos. De tal suerte que el ser racional está obligado a obrar en conformidad a su propia voluntad. En otra parte de la Metafísica de las costumbres, dice:

El imperativo moral da a conocer mediante su sentencia categórica (el deber incondicionado) esta coacción, que no afecta, por tanto, a los seres racionales en general (entre los cuales podría haber santos), sino a los hombres, como seres naturales racionales, que son suficientemente impíos como para poder tener ganas de transgredir la ley moral, a pesar de que reconocen su autoridad misma, y para, aunque la sigan, hacerlo sin embargo a disgusto (resistiéndose a ello su inclinación), siendo en esto en lo que cosiste propiamente la coacción.[MC379]

Según el pensador de Königsberg, como las leyes determinan los fines según su validez universal resulta que la moralidad consiste en la relación de cualquier acción con la única legislación por medio de la cual es posible un reino de los fines [F 434], donde se encuentra bajo una ley universal como principio de su voluntad.

Porque su ejemplo me presenta una ley abate mi presunción cuando comparo esta ley con mi conducta y por lo tanto veo demostrada, por el hecho de la observancia de esta ley, la posibilidad de practicarla.

Gracias a esto, el autor puede decir que dicha ley está completamente limpia de todo aquello que pueda provenir de lo empírico, en otras palabras, que dicha ley descansa únicamente en su parte pura, pues para Kant las inclinaciones son fuentes de incentivos para actuar que sólo tienen como motivo buscar lo agradable, sin tomar en cuenta algo por el hecho de representárselo como bueno. En una parte del “tercer capítulo” de la segunda “crítica”, afirma que el único incentivo que debe tener la voluntad para cometer una acción por deber, debe ser la ley misma y la voluntad no debe buscar ningún incentivo que pudiera dispensarse del de la ley moral, pues de ellos resultarían actos sin consistencia. Y lo reitera en el prólogo:

Cualquiera ha de reconocer que una ley, cuando debe valer moralmente, o sea, como fundamento de una obligación, tendría que conllevar una necesidad absoluta; cualquiera habrá de reconocer que un mandato como “no debes mentir”, o las restantes leyes genuinamente morales, no es algo que valga tan sólo para los hombres y no haya de ser tenido en cuenta por otros, que el fundamento de la obligación no habría de ser buscado aquí en la naturaleza del hombre o en las circunstancias del mundo, sino exclusivamente a priori en los conceptos de la razón pura, y que cualquier otra prescripción que se funde sobre principios de la mera experiencia, incluida una prescripción que fuera universal desde cierto punto de vista, en tanto que se sostenga lo más mínimo sobre fundamentos empíricos con arreglo a uno solo de sus motivos, ciertamente se la puede calificar de “regla práctica”, mas nunca de ‘ley moral’.[Aviii]

Es importante decir que, en el mismo capítulo Kant explica que el concepto “incentivo” lleva al concepto de interés, el cual se atribuye a seres racionales que, al ser representados por medio de la razón en una voluntad que sólo tiene como incentivo la ley moral, se atribuyen a la razón práctica. También afirma que sobre el concepto de interés se funda también el de una máxima; por lo que se puede deducir que una máxima moral es auténtica sólo cuando se funda sobre el mero interés que se toma en la observancia de la ley:

Como toda ley práctica representa una acción posible como buena y, por ello, como necesaria para un sujeto susceptible de verse determinado prácticamente por la razón, todos los imperativos constituyen fórmulas para determinar la acción que es necesaria según el principio de una voluntad buena de uno u otro modo. [F 414]

Kant señala que el principio de la moralidad conduce a actuar exclusivamente por la ley en sí misma, donde no se puede deducir la realidad de dicho principio a partir de alguna característica de la naturaleza humana en lo que se refiere a lo empírico, porque los propósitos que tienen las acciones no le pueden conferir ningún valor incondicionado a los fines y móviles de las mismas.

La ley moral impone al hombre -naturaleza racional finita-, aquello que debe ser en cuanto acción, partiendo de que el hombre y toda naturaleza racional son fines y no medios.

Resulta importante aclarar que cuando la ley moral manda lo que se debe hacer en una u otra situación, sólo acuña un principio a priori absolutamente libre de toda sensibilidad, manifestando que, en casos específicos de la humanidad no se hará uso de sus leyes, sino que al contrario, intenta procurarle acceso a la voluntad para poder llevar a cabo la ejecución de sus acciones conforme a leyes a priori. En el prólogo a la Fundamentación estipula lo siguiente:

Así pues, las leyes morales y sus principios, no sólo se diferencian esencialmente de cualquier otro conocimiento empírico, sino que toda la filosofía moral descansa enteramente sobre su parte pura y, aplicada al hombre, no toma prestado nada del conocimiento relativo al mismo (antropología), sino que le otorga en cuanto ser racional leyes a priori; desde luego éstas requieren todavía un discernimiento fortalecido por la experiencia, para discriminar por un lado en qué casos tiene aplicación dichas leyes y, por otro, procurarles acceso a la voluntad del hombre, así como firmeza para su ejecución; pues, como el hombre se ve afectado por tantas inclinaciones, aún cuando se muestra muy apto para concebir la idea de una razón práctica pura, no es tan capaz de materializarla en concreto durante su transcurso vital. [F 390]

Kant habla de una voluntad libre que puede escoger cometer una acción u otra, sin tomar en cuenta los apetitos humanos y menesteres de la sensibilidad, permitiendo quitarle a las proposiciones, el carácter de azar, contingencia y accidente. De esta manera, la voluntad humana no puede querer nada más que lo que impone la razón práctica. En este sentido, sólo querrá proceder de tal manera que no se pueda pretender más que ver convertida en ley universal la máxima de acción que determina esos actos.

Lo que el imperativo categórico reclama es que la máxima (principio subjetivo) sea de tal naturaleza que pueda ser elevada a la categoría de ley universal, convirtiéndola en un principio objetivo, pues para Kant, universalidad y valor objetivo, son lo mismo. Si se dejan fuera los influjos y menesteres de la sensibilidad, no quedará más que la razón para determinar los actos, por lo que el imperativo categórico se expresará de la misma manera y fuerza para toda naturaleza racional, convirtiéndose en una ley universal y objetiva para toda razón existente. Esto implica que el imperativo tiene el carácter de necesidad y universalidad. Kant estipula la fórmula del imperativo categórico de la siguiente manera:

Así pues, el imperativo categórico es único y, sin duda, es éste: obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en una ley universal.[F 421]

Kant expone que de no ser así, una máxima sería reprobable, no porque se esté afectando a uno mismo o a otros, sino porque no puede concordar como principio en una legislación universal, algo en dirección a lo que la razón me extrae una admiración inminente aun antes de explorar cómo se origina.

 

Deberes imperfectos.
Los deberes imperfectos, a diferencia de los perfectos, no exigen acciones específicas, sino que exigen la adopción de máximas de fines. Los dos fines de virtud son “la felicidad ajena” y “la propia perfección”. Este último es, el deber hacia uno mismo de desarrollar y aumentar la propia perfección natural como un propósito pragmático [DVMC445].

Específicamente, los deberes imperfectos o de virtud exigen fines que debemos promover a lo largo de nuestra vida; sin embargo, de acuerdo con Kant, no se puede exigir externamente su cumplimiento. Por ello, la ley no puede obligar a nadie a proponerse fines externamente.

El hecho de que la ética contenga deberes, a cuyo cumplimiento no podemos ser obligados (físicamente) por otros, es simplemente la consecuencia de que sea una doctrina de los fines, porque una coacción dirigida a tenerlos o a proponérselos se contradice a sí misma [DV381].

Con esto establece que en la ética, los fines no se logran a corto plazo, es decir que se cumplen y se abandonan; sino que son el progreso de prácticas constantes.

Los deberes imperfectos exigen un progreso en la adopción de las máximas, lo cual, también, es compatible con la idea de no actuar de acuerdo con ellos algunas veces. La ley no prescribe con exactitud qué y cuánto se debe hacer, pues exige fines que debemos fomentar y no acciones específicas que deban ser realizadas. A diferencia de los deberes perfectos, que implican que siempre se actúe de la manera en que exigen los tipos de acción.

(...) si la ley sólo puede ordenar la máxima de las acciones, no las acciones mismas, esto es un signo de que deja un margen (latitudo) al arbitrio que no puede indicar con precisión cómo y cuánto se debe obrar con la acción con vistas al fin que es a la vez un deber. [DV 390].

Es decir que, en cuanto a los deberes amplios, no existe una ley que resuelva la disyuntiva entre cometer una acción u otra y no explica hasta dónde se deba cumplir cada uno de los principios.

Así bien, para Kant, la ética ofrece una materia como fin de la razón pura, es decir que presenta como fin en sí mismo o deber al hombre, y nos dice que “en la ética el concepto de deber conducirá a fines, y las máximas relacionadas con los fines que nosotros debemos proponernos tienen que fundamentarse atendiendo a principios morales[MC383].

 

Deberes perfectos para consigo mismo.
En la primera parte de la doctrina ética elemental (Doctrina de la Virtud), Kant escribe sobre los deberes perfectos para consigo mismo; en el primer capítulo sólo habla de deberes negativos, por lo que la exposición trata de la oposición del deber para consigo mismo, refiriéndose exclusivamente a la omisión de los vicios, en esta parte explico los deberes perfectos para consigo mismo de manera positiva, es decir estableciendo qué se debe hacer para lograr ser un hombre moralmente bueno.

El deber de hacer uso moderado del alcohol, bajo la Formula de la Ley Universal.
En esta última parte me encargo del tercer artículo de la doctrina de la virtud, y muestro cómo se dan los deberes perfectos para consigo mismo, explicando su aplicabilidad a las fórmulas tanto de la ley universal, como la de la humanidad. Primero, expongo cómo la máxima del “aturdimiento por el uso inmoderado de la bebida o la comida” se puede convertir en una ley universal sin contradicciones en concepción, pero sí en la voluntad y más adelante desarrollo, cómo es que en una máxima de este tipo, sí se está usando al hombre como medio y no como fin.

Ya se había explicado que los deberes perfectos exigen acciones específicas, es decir que, sí dicen cómo es que se debe actuar y hasta dónde llega el mandato, por ejemplo: no mentir o no suicidarse. La máxima que expresa el tercer artículo de la doctrina de la virtud  “el aturdimiento por el uso inmoderado de la bebida o la comida”, exige, según Kant, que no se abuse de estos placeres, ya que se inutiliza la agilidad y la reflexión, se inhiben la capacidad de disfrutarlos, y más aún permiten que se trate al hombre como animal, es decir como medio y no como fin. En este mandato, Kant aclara que no se refiere al vicio desde los daños corporales y físicos que causan el aturdimiento, pues esto se refiere a la felicidad. Kant sólo hará un enjuiciamiento en cuanto a los medios de disfrute que inhiben o agotan la facultad de utilizarlos y también desde la prueba de la formula de la humanidad, porque se usa al hombre como medio. Lo expresa de la siguiente manera:

No enjuiciaremos aquí el vicio de este tipo de intemperancia por el daño o por los dolores corporales, incluso las enfermedades, que el hombre contrae por él; porque entonces deberíamos oponernos a tal vicio por un principio de bienestar y de vida placentera (por consiguiente de la felicidad), principio que sin embargo, nunca puede fundamentar  un deber, sino sólo una regla de la prudencia: al menos, no sería un principio para un deber directo. [MC427]

Queda entonces que, el único análisis que podemos hacer a dicho artículo, es desde las fórmulas, pero desde la importancia en cuanto a las capacidades racionales humanas y el mal uso del hombre como fin último.
La intemperancia animal en el disfrute de la comida es un abuso de los medios de disfrute que inhibe o agota la facultad de usarlos intelectualmente. El alcoholismo y la glotonería son los vicios que figuran bajo esta rúbrica.  En el caso de la embriaguez ha de tratarse al hombre como animal, no como hombre; por el exceso de la comida y e un estado semejante, se encuentra inutilizado durante cierto tiempo para realizar acciones que exigen agilidad y reflexión en el uso de sus fuerzas [MC427].

Ahora bien, analicemos la máxima que podría formularse de la siguiente manera: “Con el fin de gozar una vida placentera y de una buena convivencia, me dedicaré a beber y comer cuanto me de la gana, sin preocuparme de las consecuencias que esto me acarree”.

En este ejemplo se puede observar que una máxima de este tipo, al pasar por la prueba de la formula de la ley universal, puede que efectivamente se quiera como ley universal, ya que si se intenta mostrar la aplicabilidad de dicha máxima desde la perspectiva de la práctica, que planteó Korsgaard, ésta no es inconsistente con ninguna práctica, pues, con respecto a las mismas, se puede apreciar que no afecta aparentemente a nadie el hecho de que se pretenda creer en ella como la mejor medida para un disfrute de la vida y una buena convivencia.

El hecho de que los seres humanos a partir de este momento pretendan llevar a la práctica dicha máxima, no es razón para que ésta deje de existir, pues cualquier sociedad, por ejemplo la nuestra , puede romper las reglas de la práctica sin que alguien pierda credibilidad en la misma, pues es una máxima, al igual que la del suicido, que no se hace imposible por el hecho de ser universal.

Pero también podemos advertir que un ser humano con pleno uso de sus facultades y de la razón, no puede desear que una sociedad se desenvuelva a partir de dichas prácticas. Kant escribe al respecto:
Es evidente que ponerse en tal estado supone violar un deber para consigo mismo.

Gracias a este párrafo y a la reflexión que podemos hacer con respecto a la formula de la ley universal, desde su contradicción en la voluntad es que, aún cuando una máxima sea posible como ley universal, ello no bastará para que se quiera como tal. En el caso del artículo, ningún ser humano con pleno uso de sus facultades podría querer que semejante máxima se convierta en ley universal ya que ésta abusa de nuestra propia persona moral y física, pues no puede desear de manera racional, la imposibilidad de resolver problemas que se le puedan presentar.

De igual manera que hicimos con el ejemplo de “cultivar los propios talentos”, podemos observar esta máxima. Y bien podríamos aceptar que la eficacia y la voluntad se verán impedidas, si es que se logra actuar de la manera en que dice dicha máxima. Se está hablando de un propósito que está en la voluntad.

El deber de hacer uso moderado del alcohol, bajo la Formula de la Humanidad.
Ya se había mencionado que una de las maneras en que se trata al hombre como mero medio y no como fin, es cuando se obstruye la libre capacidad de proponerse fines y de decidir. También se había explicado la razón por la cual es más fácil cumplir este deber cuando se trata de los otros, que cuando se trata de uno mismo, sobre todo porque es más fácil ser permisivo con uno mismo que con los demás.

En esta última parte, me preocupo por exponer cómo es que en el planteamiento de la máxima: “ Con el fin de gozar una vida placentera y de una buena convivencia, me dedicaré a beber y comer cuanto me de la gana, sin preocuparme de las consecuencias que esto me acarree”, se está tratando a uno mismo como medio porque sólo se le está tratando como animal. Kant nos dice:

La primera de estas degradaciones, incluso por debajo de la naturaleza animal, se produce habitualmente por bebidas fermentadas, pero también por otros medios estupefacientes, como el opio y otros productos del reino vegetal; se hace tentador porque con ello se produce por un instante la felicidad soñada, la liberación de las preocupaciones, incluso una fuerza imaginaria; sin embargo, es dañino porque comporta después abatimiento y debilidad y, lo que es peor, la necesidad de ingerir de nuevo este estupefaciente, e incluso aumentar la cantidad. [MC 427]

En este párrafo Kant afirma que la única razón por la cual resulta bueno beber o usar estupefacientes es porque dan placer a los sentidos. Siguiendo la lectura, encontramos que es una forma de usar al hombre como animal, como medio para obtener placeres corporales y emocionales, permitiendo que se inhiba la capacidad de usar intelectualmente ese disfrute y además provoca que se agote nuestra agilidad y reflexión para realizar otras acciones.

Por estas razones, podemos advertir que el hombre, como fin último, no puede desear su propio deterioro por la falta de atención en su manera de comer o beber. Y Kant más específicamente aclara que algunos estupefacientes sólo son permitidos como medicamento, pero que un hombre no debe permitirse decidir beber de manera desmedida porque pierde claridad de pensar y actuar. Lo dice así:

¿Pero quién puede determinar la medida para alguien que está dispuesto precisamente a pasar al estado en que ya no tiene los ojos claros para medir?. El uso del opio y del aguardiente, como medios de disfrute, está más próximo a la abyección porque, en el bienestar soñado, hace a los hombres mudos, reservados y no comunicativos, de ahí que sólo estén permitidos como medicamentos.[MC428]

Queda pues que para Kant, el uso desmedido del alcohol, es un acto que atenta en contra del hombre, ya que sólo lo usa como medio, como animal y no permite que éste se desarrolle y desenvuelva de manera correcta y humana.

Muchas son las consideraciones que los alcohólicos o bien aquellos que abusan con frecuencia de esta sustancia o de otras nocivas para la salud, podrían dar como justificación de sus propios actos. He mencionado incluso, que el hecho de no dañar a terceros, puede ser una de ellas. Sin embargo, en el sentido kantiano, el daño va mucho más allá del personal, pues afecta al ser humano como una clase distinguida del resto de los animales por su capacidad de razonamiento. En general, las culturas occidentales son permisivas con respecto al uso y consumo de alcohol, no así de ciertos estupefacientes. Sin embargo, con lo arriba tratado, observamos que desde la ética de Kant, los hombres no debemos atentar contra nuestra salud, no sólo porque ello es contrario a la felicidad, sino por la consecuencia que degrada al ser humano como animal instintivo que responde sólo a los meros placeres temporales que, a la larga, disminuyen nuestras capacidades y sobre todo, bloquean la posibilidad de mantener oportunidad de tomar nuestras propias decisiones.

 

Breve síntesis.
En este artículo se mostraron los deberes imperfectos a partir de la formula de la ley universal y la formula de la humanidad, en dos ejemplos que Kant muestra en Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres; “cultivar los propios talentos” y “ayudar a la felicidad ajena”. Se explicó porque una máxima que pretenda descuidar las disposiciones naturales así como otra que pretenda no contribuir al bienestar de los demás, pasa la prueba de la formula de la ley universal, pero no es que se pueda querer como ley y que aún cuando no este utilizando a la humanidad como medio, no implica que la trate como fin. Asimismo se expuso un tercer ejemplo que aparece en la Doctrina de la Virtud, y que es el que importa en esta tesis: “El deber de hacer uso moderado del alcohol”, bajo las dos mismas formulas. Y se pudo concluir que si se le permite al hombre el goce sin medida del alcohol o cualquier estupefaciente, llegará el momento en que no sepa cuando parar o en que momento está ya, sin uso verdadero de su intelecto para disfrutar de ese estado. Además, se puede verificar que no se puede convivir y transmitir nuestras emociones cuando ya se está fuera del control mental, aún cuando se suponga estar contento y disfrutando.

Según el párrafo anterior, el estado de relajamiento que requiere el cuerpo, queda restringido a uso medico y para curar males, no para disfrutar de él y usarlo como medio de disfrute y olvido de una realidad; que necesita más de el hombre en estado pleno y con sus sentidos al cien por ciento, que en estado de tal relajación que no pueda resolver los problemas que acarrea la vida.

 

Conclusiones.
Según Kant, el hombre actúa a partir de ciertos principios de acción, los cuales se dividen en dos tipos, por un lado los principios subjetivos que pueden ser determinados por las inclinaciones y que, por esa razón, no necesariamente coinciden con las leyes objetivas de la razón. Por el otro lado, están los principios objetivos, los cuales son imperativos para la racionalidad finita porque se presentan como fuente de razones suficientes y válidas objetivamente para todo ser racional. Por ello, le imponen límites a las inclinaciones. Estos principios, tanto los subjetivos como los objetivos,  pueden ser instrumentales o morales.

También expliqué la segunda fórmula del imperativo categórico que Kant presenta en la Fundamentación: La fórmula de la humanidad. Mi objetivo fue explicar cómo, según Kant, es posible obtener deberes, tanto perfectos como imperfectos, a partir de esta fórmulas.

En particular, me interesó destacar el deber imperfecto hacia uno mismo que Kant presenta en La Doctrina de la Virtud, el cual establece “no inhibir o agotar  la facultad de usar intelectualmente los medios del goce con el abuso del alcohol”. Este deber queda comprendido bajo el deber más general de cuidar nuestra naturaleza animal.

En los términos de la fórmula de la humanidad, este deber de no abusar del consumo del alcohol se establece como sigue. Si la humanidad, como Kant sostiene, tiene valor en sí mismo, entonces le impone exigencias al agente, tanto en la persona de los demás como en la propia. Esto permite que el agente se plantee en términos morales no abusar de su cuerpo, por el daño que le puede causar a él mismo, aún cuando no exista daño a los demás. Se pudo advertir que el hombre, como fin último, no puede desear su propio deterioro por la falta de atención en su manera de comer o beber.

Kant afirma que un hombre no debe permitirse decidir beber de manera desmedida porque pierde claridad de pensar y actuar. Con esto, pretendo mostrar que  el hombre, para ser completamente ético, debe tomar en cuenta los deberes hacia uno mismo, aún antes que los deberes hacia los demás.

Con lo anterior podemos concluir que para Kant el artículo tercero de la “Doctrina de la Virtud”, en la Metafísica de las Costumbres, es un ejemplo que muestra cómo en una máxima de la vida cotidiana, como el abuso del alcohol, donde se cree que no se hace daño a nadie y que sirve para desinhibir y disfrutar de charlas o convivencia, se está contradiciendo a uno mismo y se actúa en contra de la formula de la humanidad y, por tanto, de manera reprobable éticamente. Con esto he intentado dar una respuesta a la pregunta que me plantee en esta tesis: cómo el abuso del alcohol es contrario a los deberes hacia uno mismo. Como consecuencia de esta reflexión, encontré que los principios kantianos (como la fórmula de la humanidad), imponen exigencias tanto a los demás, como a nosotros mismos; estableciendo pautas para actuar moralmente, lo que nos puede ayudar a un replanteamiento de la ética, al hacer énfasis sobre los deberes hacia uno mismo.

 

 

En este apartado es necesario establecer que se utilizará el concepto “proponerse” mas que el “querer”. Pues bien parece claro que lo que Kant intenta decir es que el sujeto se propone a actuar de determinada manera.

Las negritas son mías.

Christine Korsgaard, “Kant`s Formula of Universal Law” en.- Creating the Kingdom of Ends, [s.l.], Cambidge University Press, 1996

Véase el primer capítulo, donde explico que las acciones tienen siempre un motivo y un fin, es decir, un medio y una razón para cometer la acción.

Ver primer capítulo, imperativos hipotéticos.

Existen literaturas que expresan algo diferente a lo que Kant establece, pues para Kant, sólo la ley moral es un fin objetivamente bueno, quedando fines, como estudiar filosofía, por ejemplo, en el mismo nivel que envenenar a un hombre que se desea matar. Korsgaard propone que se puede establecer una división más amplia. Los fines pueden ser, morales, objetivamente buenos, incondicionados;  permitidos, no incondicionados, pero que no atentan contra la moral y los subjetivamente buenos, que son todos los demás.

Fuentes de la normatividad, p 142

Existen posturas que piensan que a lo largo del tiempo, sí es posible que las leyes externas, logren crear cierta conciencia sobre las acciones y sus consecuencias.

La tercera fórmula que Kant propone ara la explicación de la ley moral, es la formula del reino de los fines. En este trabajo sólo la menciono, como parte de un desarrollo, pero debido a los fines del mismo, no será tratada aquí.

En la fórmula anterior se declara que cada uno de los seres racionales se encuentra bajo la ley de tratar a los otros, y a sí mismo, como fines y nunca como medios, pero en la tercer fórmula que propone, completa la idea y dice que, el reino de los fines es donde todos los seres racionales se enlazan sistemáticamente por leyes comunes, esto, se logra abstrayendo toda diversidad personal y el contenido de los fines privados de cada ser racional. A esta expresión se le puede  denominar, Fórmula del Reino de los Fines (FRF).

Kant afirma en la pagina 92 de la Fundamentación que “Bueno”, en términos prácticos, es “lo que determina a la voluntad mediante la representación de la razón”, sin que tengan que ver causas subjetivas y contingentes, sino que sólo toma en cuenta principios que sean válidos para todo ser racional, es decir que sean objetivamente prácticos.

Emmanuel Kant, Metafísica de las Costumbres, Barcelona, Tecnos, 1989, p. 237.

La razón por la que escogí dicho artículo para desarrollarlo y exponerlo, es justo porque veo, que en cuanto a los deberes para consigo mismo, el hombre bien puede perderse en el camino de la decisión , ya que aun cuando se refiere a deberes para perfectos, en el momento en que entran en conflicto con nuestro juez, es muy fácil ignorarlos. No hay quien nos castigue, ni reprima por la ruptura del mandato.