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"Ultimo tango a Parigi" en lugar de mantequilla se usará "I Can't Believe It's Not Butter"


profetica

PLANTAS SAGRADAS: DEL INFIERNO AL LABORATORIO


Julio Glockner
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla

 

A la memoria de Doris Heyden,
quien exploró con inteligencia,
conocimiento e intuición la flora
ritual del México antiguo
.


Como bien dice Ignacio Bernal, hubo varios descubrimientos de América; unos realizados en la inconsciencia y otros en la ignorancia. De todos ellos sólo dos produjeron resultados de trascendencia. El primero fue el poblamiento del continente desde el extremo occidental de Eurasia, hace unos cuarenta mil años, y el segundo la llegada de Colón creyendo que arribaba a un conjunto de islas pertenecientes al extremo oriental de Asia.

 

El primer descubrimiento nos remite a los flujos migratorios que gradualmente poblaron el continente sin estar conscientes de ello: eran cazadores y recolectores que llevaban a cabo una serie de prácticas rituales que hoy conocemos como chamanismo. Hace ya muchos años que Weston La Barre señaló que el interés actual de los indígenas americanos por las plantas psicoactivas que hoy conocemos como enteógenos, se vinculaba directamente con la permanencia y recreación, a lo largo de los siglos, de un chamanismo esencialmente paleomesolítico, de origen eurasiático, que los cazadores de grandes animales trajeron del Asia nororiental.

 

Las evidencias del consumo ritual de enteógenos en México se remontan, al menos, a tres mil años. En el entierro clasificado con el número 154, localizado en Tlatilco y perteneciente al preclásico medio (1,400 a 600 años antes de Cristo) que hoy se expone en el Museo Nacional de Antropología, se encuentran los restos de un chamán1 que fue sepultado al lado de dos hongos de cerámica y de metates de tezontle que eran utilizados para moler plantas psicoactivas. También forma parte de este entierro una bella figura conocida como “El acróbata”. El personaje está erguido sobre su pecho y sobre los codos que se apoyan en el suelo, con las manos sosteniendo la cara desde la barbilla, el cuerpo flexionado hacia arriba, con las plantas de los pies pegadas a la nuca, en una postura semejante a las del yoga hindú que estimulan el lóbulo temporal del cerebro para alcanzar estados extáticos. El hallazgo de todos estos elementos en un mismo entierro nos muestra claramente tanto el consumo de plantas visionarias como la práctica de una disciplina corporal, seguramente acompañadas de ayunos y otras prácticas ascéticas, destinadas a modificar el estado de conciencia para acceder a una comunicación con la dimensión espiritual que ordena y gobierna el mundo que habitan los hombres.

 

Otra evidencia del consumo ritual de enteógenos la tenemos en los más de doscientos hongos de piedra pertenecientes a Izapa, tallados desde el siglo IX a.C. hasta el siglo VI de nuestra era, y en cuyo fuste se encuentran labrados rostros humanos en éxtasis o figuras de animales relacionadas con la mitología y el chamanismo. Sabemos también que la zona de influencia de las culturas olmeca y zapoteca es el lugar del mundo con mayor profusión de hongos psilocibios, con una veintena de especies, lo que ha hecho pensar a los especialistas que su uso ritual tiene en México y otros sitios de Mesoamérica varios milenios de existencia. (Escohotado 2000: 109) Entre los hongos de piedra, que miden alrededor de 30 centímetros, hay uno particularmente interesante para lo que vengo exponiendo, porque se relaciona con el Acróbata de Tlatilco, nombre que no deja de revelar cierta extrañeza de los arqueólogos ante la figura, pues prefieren recurrir a una imagen circense antes que a una religiosa para nombrarla. El hongo al que me refiero es un hombre acostado sobre su pecho, con la cara mirando al frente, los antebrazos pegados al suelo y los codos al cuerpo. Su figura se eleva verticalmente de la cintura a los pies, formando el fuste del hongo, pues las plantas de sus pies están rematadas con el sombrero de un hongo. Esta postura me parece que es la inmediatamente anterior, o posterior, a la del Acróbata de Tlatilco, que tiene las plantas de los pies sobre la nuca.

 

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