En el remake de
"Ultimo tango a Parigi" en lugar de mantequilla se usará "I Can't Believe It's Not Butter"


profetica

EL SUICIDIO DE UN BURGUÉS

 

Juan Aurelio F. Meza

Su suicidio no es, sin duda, el suicidio que cuentan las solapas de sus libros editados por Salamandra. Es cierto que fue un exiliado de su patria, con todas las implicaciones de esto reconocibles en tantas historias más, y por supuesto que sus obras no fueron bien vistas por el régimen que ocupó sus calles, sus barrios, su pasado burgués. Pero también es cierto que su vida se volvió parte del conflicto mundial que desangró la tristeza del siglo XX cambalache (forma jocosa de denominar el terror); nadie puede negar que se dejó seducir por los intereses estadounidenses y que permitió que su nombre fuese usado en contra de los enemigos de éstos. Sobre lo correcto o incorrecto de esa actitud otros han de discutir.

En la casa de su infancia, la casa de sus padres, los lujos eran el escenario inconfundible del progreso técnico y el capitalismo ascendente en los inicios del siglo pasado. Su fortaleza de innumerables juguetes y la permanente escena de un acaudalado banco al otro lado de su acera no le permitieron jamás, ni a él ni a sus padres, dilucidar el declive, la caída del imperio del bienestar. Pero los límites de la esencia humana, teóricamente superado el estado de naturaleza, encontraron la forma de desbaratar la tranquilidad de la vida burguesa húngara, así como de muchos países más.

Así, Hungría desapareció para Sándor Márai. No volvió jamás a ser la que él entendía como su patria, por lo que nunca regresó, aunque en alguna ocasión procurase hacerlo. Europa había sido eliminada, y la culpa era de los mismos europeos, pensaba, quienes habían permitido que las cosas llegaran a tal punto y por haber exterminado el humanismo. Se convirtió, pues, en un apátrida errante que junto con su mujer y su hijo adoptivo fueron buscando dónde poder instalarse con tranquilidad. Pasó por muchísimos lugares, desbancó varias ciudades, se desesperó por la informal sociedad napolitana, a la que le recordó el pueblo mexicano, y decidió retirarse a la enorme Nueva York, a donde llegó en uno de esos largos trayectos de amaneceres que develaban rascacielos, mismos que para otros significaron en algún momento la escapatoria al fusilamiento.

Márai sufrió un descarrilado sentimiento que le hacía ver una insultante destrucción de la cultura europea (eurocentrista), donde él construía las bases de lo correcto, de un deber ser al que necesitaba inscribir a todo el mundo, pero al que nadie en su presente –europeo, estadounidense, etc.– estaba sujeto. Estaba rodeado por la miseria, la sinrazón y la puerilidad humana; sólo en sí mismo, su mujer y su hijo encontraba escapatoria, una escapatoria bastante curiosa, pues la huída era hacia dentro, se escapaba del afuera y se refugiaba en el interior. Así pues, se negó a establecer contacto con todo sector de húngaros refugiados anticomunistas, remitiéndose a tener buenas relaciones con el gobierno yanqui, quien en 1957 le cedió la nacionalidad.

Nueva York tampoco le parecía interesante pero no creía que estuviese construida para seres humanos. Varias vueltas habría de dar hasta que se encontró con California, donde se le reveló un lugar ideal para poder vivir como le era necesario. El aislamiento de San Diego, el ser una ciudad no-lugar, les permitió a él y a sus parientes interiorizar lo suficiente como para establecerse. La nostalgia fue una constante en Márai, jamás dejó de extrañar su Hungría anterior a los comunistas y vivió con la esperanza de que en algún momento las puertas se abrieran para encontrar el tiempo perdido.

La vejez cautivó los últimos años en San Diego. Su mujer fue en su vida el espacio único de verdad, de certeza, de firmeza (I don't believe in Beatles, I just believe in me, Yoko and me). Su muerte, cercana a la de su hijo adoptivo (quien por cierto habría sido enviado a Vietnam), significaron la desaparición de toda salvación. Ya en los albores de la década de los ochenta, el gobierno húngaro se había abierto bastante y pretendían publicar algunas de las obras de Márai, a lo que él se negó arguyendo: (...) para mí nunca dejará de ser un honor que uno de mis libros llegue al lector húngaro, pero sólo podré dar mi consentimiento a una edición en mi patria cuando las tropas soviéticas hayan salido del país y cuando el pueblo húngaro haya decidido, con la presencia de observadores extranjeros fiables y en unas elecciones libres y democráticas, en qué sistema político desea vivir.1

La soledad era demasiada y no quería retrasar nada. El 21 de febrero de 1989 Sándor Márai se suicidó con un revolver que había comprado algún tiempo atrás, más por vejez y soledad que por urgencia. Pocos meses después, una reforma constitucional acabaría con el mandato del Partido Comunista de Hungría y sería instalada una democracia parlamentaria.

1 Ernö Zeltner, Sándor Márai. Una vida en imágenes, [s.l], Universitat de Valencia y Universidad de Granada, 2005, p. 202 y 203

 


 
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