El agua cayendo
Isabel Figueroa Fernández
Las vacaciones estaban resultando muy bien, conocimos un montón de paisajes y lugares bastante interesantes, aunque, eso sí, habíamos caminado muchísimo y mi hermano y primos, como acostumbraban, se quejaban del largo trayecto y amenazaban con que si no nos sentábamos se pondrían a patalear como habían hecho otras veces. Total que mi tío convenció a mi padre de que no se enojara por los berrinches de los niños y que aceptara que descansáramos un poco, que estábamos de vacaciones y que era mejor sentarnos un rato a observar el paisaje que desde ahí se apreciaba hermoso.
Nos atrajo un cerro de piedras y tierra donde había una especie de placa metálica que tenía escrito el nombre de alguna persona muerta en ese lugar. Era imposible leer el nombre con claridad. El guía de nuestro grupo nos dio algunas explicaciones que hablaban sobre la placa pero que no entendí muy bien. Después nos sugirió apurar el paso para llegar al albergue antes del anochecer.
A pesar de todas las quejas y súplicas de los primos y de mi hermano, seguimos caminando pero con la condición de que les dejaran jugar futbolito al llegar al albergue. No les quedó de otra más que aceptar.
Cuando llegamos, mi madre dijo que se iba a bañar mientras los demás jugábamos, así que se metió al baño más cercano de donde estábamos y el ruido del agua comenzó a escucharse. Varios minutos después comenzamos a desesperarnos porque mi mamá no salía y ya todos teníamos mucha hambre. Como siempre, fue a mí a quien mandaron para buscarla, por algo era de las más pequeñas.
Me cansé de gritarle y no contestaba, sólo se escuchaba el ruido del agua. Así que me decidí a abrir la puerta. Sorprendentemente, adentro no había nadie, sólo el agua cayendo. Un poco extrañada y bastante indignada por el desperdicio, salí para buscarla y, al mismo tiempo, para acusarla con el primer pariente que me encontrara.
Desde el baño se escuchaba mucho ruido afuera, el futbolito, la gente, la música. Salí corriendo pero cuando llegué adonde había estado jugando con mis parientes ya no había nadie, sólo el ruido, niguna persona, absolutamente nadie. De la regadera seguía cayendo agua pero no se veía nadie, ningún ser vivo parecía haber estado ahí hacía unos minutos. Corrí a buscarlos pensando que habrían regresado por el mismo camino por donde habíamos llegado, pero no encontré a nadie. Desesperada, salí corriendo para ver si los encontraba hasta que no pude más. Casualmente me detuve en el mismo lugar donde estaba aquella placa metálica, sólo que esta vez sí pude leerla: en ella estaba escrito el nombre de mi tío, el mismo que había estado conmigo intentando leer esa placa hacía un rato. Nadie, por más que caminé y caminé ya nunca encontré a nadie, sólo el ruido.
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