Albert Hofmann, Historia del LSD

 

Fritz Hildel Buendía

“Hay experiencias sobre las que la mayoría de las personas no se atreven a hablar porque no caben en la realidad cotidiana y se sustraen a una explicación racional. No nos estamos refiriendo a acontecimientos especiales del mundo exterior, sino a procesos de nuestro interior que, en general, se menosprecian como meras ilusiones y se desvían de la memoria [...] Una experiencia de esa índole puede rozarnos apenas, como una brisa, o grabársenos profundamente.” (Hofmann, 2006: 9). Estas son las palabras con las que inicia el libro en cuestión. LSD: Mein Sorgenkind (LSD: Mi niño problema) es el título original que Hofmann quiso darle a la serie de reflexiones y anécdotas que el descubridor de tan enigmática y famosa sustancia tuvo a bien escribir un par de décadas después de que ésta se hubiera convertido, probablemente, en la droga más famosa e importante de los últimos tiempos. Hofmann, a sus 101 años, es una de las figuras más emblemáticas del siglo XX –ese siglo cuya conclusión real parece aún lejana—, y probablemente lo sea sin habérselo propuesto jamás.

El libro en cuestión, al margen de ser una detallada crónica sobre algunos de los acontecimientos más interesantes en la historia del LSD, es un testimonio de primera mano sobre las opiniones personales de tan célebre personaje. Es ésta, tal vez, su mayor virtud. A lo largo de las páginas se asoman las reflexiones de un hombre peculiarmente lúcido, que no duda en llamar a las cosas por su nombre. A nadie debería de sorprenderle que el padre de la sustancia que alteró irreversiblemente tantos destinos, tenga opiniones tan contundentes acerca de las consecuencias que su consumo masivo acarreó. No hay que olvidar que Hofmann, quien sintetizó también otra serie de alcaloides no tan famosos, y que siguen siendo medicamentos de primera línea (el Hydergin, primo hermano del LSD, es utilizado para mejorar la irrigación cerebral en personas de edad avanzada) piensa como un hombre de ciencia moderno, en el fondo de sus aseveraciones se asoma siempre un afán por mejorar al mundo a través el conocimiento. El LSD, desde su óptica personal, es una medicina con un destino trágico. La tragedia es evidente: las consecuencias que la prohibición del LSD acarrearon acabaron para siempre con su potencial médico: “La historia del LSD hasta nuestros días muestra de sobra qué consecuencias catastróficas puede tener su uso cuando se menosprecian sus efectos profundos y se confunde esta sustancia activa con un estimulante”. (p. 12) El problema, para Hofmann, fue la utilización irracional que se hizo del LSD.

Para quien no lo sepa, el LSD fue utilizado durante veinte años con propósitos científicos. Hoffer, Osmond, Grof, Leary, son los apellidos de algunos de los psiquiatras que tuvieron la opoertunidad de utilizar el Delsyd –el nombre comercial que Sandoz le asignó. Ellos fueron los primeros en experimentar, en el más estricto sentido de la palabra, con los potentes efectos visionarios de la droga más poderosa conocida hasta el momento y fueron, también, los encargados de nombrar esa extraña realidad que se abría ante sus ojos. 

Estos, y otros personajes, aparecen a lo largo de un libro ciertamente inquietante y cuya característica principal es la claridad con la que habla un hombre que, como R.G. Wasson, carga sobre sus hombros la responsabilidad de haber “provocado” toda una revolución contracultural –como si en verdad acontecimientos de una magnitud cultural tan importante pudieran ser achacados exclusivamente a nombres propios.

 

Hofmann, Albert, Historia del LSD. Cómo descubrí el ácido y qué pasó después en el mundo, Barcelona, Gedisa, 2006