"VICTORIA EN LA VICTORIA"
Manifiesto del Mayo de París

                                                                       Anónimo
Traducción de Bolívar Echeverría y Carlos Castro

Es la primera vez que un editorial de Les Tempes Modernes no es redactado por un miembro de nuestro equipo. “Victoria en la victoria” es un artículo no firmado, aparecido el 11 de mayo, al día siguiente de la noche de las barricadas, el la revista mensual política y estudiantil Le Point. Se trata, en nuestra opinión, de un análisis, admirable en rigor y lucidez, sobre el sentido de las jornadas que acabamos de vivir y de la impugnación radical que implican. Estamos de acuerdo en todo lo que aquí se dice y juzgamos que no podríamos decirlo mejor. En el momento en que los estudiantes acaban de manifestar brillantemente su audacia y su inteligencia –la identidad de la audacia y de la inteligencia- es más justo darles a ellos la palabra que tomarla nosotros, incluso para aprobarlos.
T.M.

Sin duda asistimos, con las manifestaciones de los estudiantes alemanes, italianos y franceses, al más extraordinario acontecimiento político revolucionario que haya conocido Europa occidental desde la huelga belga de 1960, las manifestaciones de Charonne y la del pueblo argelino en París, preludio de la independencia conquistada en Argelia. Simplemente, la escalada en la desintegración del orden de la legalidad burguesa se ha acentuado aún más: la burguesía es puesta fuera de la ley por sus propios hijos. Esta vez, la sociedad burguesa ve establecerse la guerra civil en su seno, no la guerra de dos naciones, ni la de dos clases; la burguesía misma es la que se encuentra dividida en dos, literalmente desgarrada por la ruptura de generación entre su teoría y su práctica, más aún: entre su teoría ecuménica del hombre universal de los “derechos del hombre” y la teoría revolucionaria del hombre de la contraviolencia, de la juventud que desenmascara y pone al desnudo toda la violencia difusa, secreta y ante todo ideológica, detrás de la cual se disfraza la burguesía. El conflicto ha alcanzado la pureza política de su significado: conflicto puramente político e ideológico, sin ninguna atadura material precisan interés parcial por defender ni particularidad por hacer reconocer. Toma de golpe la amplitud y la generalidad patética de las razones de vivir, razones en nombre de las cuales ser un hombre: razones puramente negativas que no son otra cosa que el rechazo, en bloque y radical, de la sociedad burguesa. Allí está la originalidad del movimiento.

No hay objetivos precisos: ellos dan siempre pretexto al desmantelamiento, a las retóricas del compromiso y de las concesiones, a las desmovilizaciones conciliadoras. Esta vez, se rechaza y se recusa, para estar seguro de no tener nada que recibir, y para evitar así todo elemento susceptible de sofocar el movimiento de revolución y de transformación radical de la sociedad. Se dirige al trastorno de las estructuras más estables, las más evidentes, las más necesarias para lo que constituye el fundamento de la existencia social del capitalismo. Es necesario haber escuchado el asombro ingenuo del prefecto de policía de que se haya podido tratar de SS a todo hombre-con-casco-provisto-de-cachiporra-practicando-su-oficio-de-policía, para comprender qué es lo que hace la burguesía incapaz de comprender. Y es que todo estudiante y todo hombre lúcido un policía es, en su esencia, un SS, porque está allí para cumplir exactamente la función cuya quintaesencia fue revelada por los SS: asegurar el orden, es decir, el desorden institucionalizado de la sociedad burguesa, su sistema de represión frente a todo lo que no entra en el cuadro de lo que ella ha decidido que debe ser la organización de su vida. Y sobre todo, ante todo y en primer lugar, el hecho fundamental –que es como el aire envenenado del cual los pulmones ideológicos de la burguesía no podrían privarse sin reventar por exceso de oxígeno, por exceso de libertad- a saber: que los policías son necesarios, que el hombre es malo: ante todo cada uno es policía de sí mismo, como su reverso maléfico, su demonio escondido, y sobre todo cada clase lo es de la otra; que una sociedad sin policía es como un perro sin collar: la anarquía, el desorden, lo arbitrario retornado a las fuerzas ciegas de la violencia; y es que por lo tanto, si el mantenimiento del orden es un mal necesario, es porque este mal es un bien que todo hijo debe recibir como una dádiva del cielo: la gracia inventada de la sociedad laica, el don del Espíritu Santo trasmitido –a nadie le está permitido ignorar la ley- a todo heredero digno de este nombre.

A  parte de esto, se le pedirá que estudie la sociedad, que piense de acuerdo a la verdad, que analice rigurosamente los hechos, algo que en sí mismo es aceptable (siempre que le esté permitido hacerlo). Pero además de todo esto se le pedirá que esté de acuerdo, ¡que dé su adhesión! Lo que es ya llevar un poco lejos el vicio, dar el látigo para ser flagelado: que se embrutezca a las masas a golpes de informaciones fragmentadas y falseadas, de medios masivos de condicionamiento, pero que no se les pida además que se embrutezcan ellas mismas. En efecto, sólo hay un hecho que descubrir si se observa el funcionamiento de la sociedad. La violencia, establecida en este estado de cosas, de este estado arbitrario que es el Estado burgués, definida por todos los monstruos reprimidos por sus rechazos: libertad, locura, pobreza, delincuencia, sexualidad, responsabilidad, espontaneidad, democracia real, felicidad, raza negra, amarilla, roja, fuerza de trabajo, etc., en fin todas esas zonas descalificadas por su nombre mismo y que son precisamente el producto del contraterror que se inflinge la burguesía para erigir su imperio generalizado de sumisión a la ley única de la ganancia, del rendimiento, de la productividad. Calvinismo impenitente de los instintos humanos en beneficio de la única ley del orden productivo y progresista. Esta pequeña verdad, indudablemente fundamental, la de la contradicción entre su Ley y la Libertad, suelo común y raíz de estabilidad por cerca de dos siglos de existencia social burguesa, que estalla y deja perpleja a la burguesía viendo de repente vacilar la plataforma de su existencia inmemorial bajo los pasos de la progresión histórica de sus hijos: negación de la herencia, he aquí la justicia inmanente que se da una clase a través de sus hijos y que la deja sin recursos contra esta impugnación repentina de su legislación. Durante mucho tiempo la revolución fue optimista: la violencia iba a la par con la razón. Las mismas causas provocaban la rebelión y la proveían de los medios para triunfar y realizarse. La humanidad sólo se planteaba los problemas que podía resolver. Desde hace muy poco, y éste es el golpe de genio del neocapitalismo, las rebeliones y los instrumentos racionales de su realización se han desunido: los países subdesarrollados (sin fuerzas productivas), los estudiantes (sin inserción social), encarnan la rebelión y la violencia; la burguesía capitalista encarna la razón y el poder efectivo. ¿Está acaso la sociedad industrial en camino de volverse la verdad de la humanidad? Pues bien, ¡no! Esta violencia totalmente nueva y paroxística reinventa instrumentos, una racionalidad original, y encuentra de nuevo recursos para la impotencia que se había apoderado de ella. Simplemente amplía con una maniobra el alcance de lo que ella acepta poner en juego en el combate, y que en este caso es directamente la vida, la existencia. Basta esto, y todo cambia de sentido: lo que perecía condición imposible demuestra ser ampliamente suficiente para alcanzar el resultado: simplemente se multiplican los riesgos.

 

 
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