BUT FIRST... ARE YOU EXPIRIENCED?
DISCURSO Y EXPERIENCIA MÍSTICA EN EL
ROCK DE LOS SESENTA

                                                      Federico Tello Mendoza
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM/Lugares Comunes

 

Breve silencio al inicio del track, comienza una suave guitarra que segundos después es acompañada por un piano. De pronto una voz que desde hace ya cuarenta y un años me dice:  “I read the news today oh, boy” -el “oh” connota la invocación, el soplo de la musa. Dos explosiones se escuchan, una por la mitad y otra al final. Tres partes componen la pieza y las explosiones que se escuchan al final de la primera y de la tercera parte sólo hasta hoy creo entender lo que significan. Fueron compuestas, ejecutadas, grabadas y editadas para mí, el tercero en quien nunca pensaron, yo no soy el I ni el chico, el sujeto ilocutorio, sin embargo el mensaje es para mí, sólo existe en mi deseo de pulsar el play. La primera explosión es justo el momento anterior al abrir los ojos abandonando el sueño, la segunda, un paradójico preámbulo al volver a quedar plácidamente dormido. Es la historia de una día, un día en la vida, A day in the life del album Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band de The Beatles, grabado en 1967 al regreso del grupo de un viaje por la India. Este año tal vez sea el más importante para esta historia, y no sólo por la realización del Monterey Pop Festival en California, sino también por ser este el año del Their satanic majestic request de The Rolling Stones, el de Surrealistic Pillow y After Baxter´s bathing en la primavera y en el otoño, ambos de Jefferson Airplane; el de Roger the enginer, último disco de The Yardbirds con el que sería su tercer y último guitarrista, Jimmy Page, antes de cambiar su nombre a Led Zepellin en 1971. También el del segundo disco del segundo guitarrista de The Yardbirds, Eric Clapton, pero ya con una nueva agrupación, The Cream, que para ese año publicó el Disraeli Gears. Otros discos no menos importantes vieron la luz ese año;  el Somethig else de The Kinks, el Are you experienced? de The Jimi Hendrix Experience, el The Doors y el Strange Days de The Doors y tambien el The Piper at the Gates of Dawn, primer disco de Pink Floyd.

En todos y muchos otros discos más que se publican desde 1964 hasta 1971 de grupos menos conocidos existen constantes que se repiten continuamente: voces etéreas que cantan al vacío, invocaciones ausentes que son en ocasiones acompañados por ritmos e instrumentos hindúes y del medio oriente, y que en otras recuerdan a música infantil, a la música de circo o a marchas militares. Muchos años después de la aparición de toda esta música, el sentimiento que me transmite toda ella es contrastante, una tristeza pero no cualquiera, sino la tristeza que se adivina en los ojos llenos de alegría y esperanza del loco. Es el rock psicodélico. Estos puntos y los que trataré no agotan las temáticas, las figuras narrativas; ni siquiera toco propiamente la música, intentó poner en evidencia algunas de las condiciones sociales, históricas y existenciales que se pueden observar en del discurso lírico, en el sujeto de la enunciación, en el rock psicodélico. Faltarían muchas cosas por hacer, da muchos temas para explorar.

 

El momento histórico

Timothy Leary, swami del movimiento psicodélico desde 1964 y Ken Kesey, novelista autor del ya clásico One Flew over the cuckoo´s nest  -texto adaptado por Milos Forman  para su película Atrapado sin salida, con Jack Nicholson, acreedora al Oscar en 1971- fueron cada uno por su lado los ideólogos que dieron en los sesenta una especie de significado al consumo de LSD muy en la tónica de lo que habían sido una década atrás para los beatnicks, personajes como Allan Ginzberg, Jack Keroauc o William S. Burrougs. Se trataba de la revelación mística en la experiencia psicodélica. El propio Leary, en 1967 anunciaba que la revolución psicodélica implicaba una resurrección espiritual al seno de una nación materialista y atea.1 Para él se trataba de cientos, miles, millones, que en los próximos años probarían el LSD u otro alucinógeno. La humanidad podría ser separada en aquellos que habían experimentado con sustancias y aquellos que no. Para él la Revolución sólo se haría desde los bastiones de una nueva espirtualidad, no externa y no material. La cultura total tendía hacia esta experiencia interna, “la mayor parte de la moderna música de hoy... el folk rock, y la mayor parte del nuevo jazz... es psicodélica. Nómbreme un grupo que no tenga en su repertorio himnos al LSD y la marihuana. Lo mismo se aplica al dibujo, la arquitectura y  la poesía. El nuevo arte es psicodélico”.2

Pero en la agitación de esta época no todo era optimismo: aun sin rechazar propiamente el consumo de drogas, voces también se levantaron para, execrar las manifestaciones “proteicas” que a partir de la posguerra emergieron con el joven espíritu de rebelión, revuelta frente a la desarticulación del mundo anterior. La experiencia psicodélica también es pensada para este momento como parte del cúmulo del “rechazo radical de la sociedad de sus padres por parte de la juventud”. Jóvenes “a-culturales” cargados sólo de un “anhelo vacío” desprendidos y destructores de la tradición occidental a la que han remplazado por “tradiciones exóticas que sólo entienden de forma superficial”.3

El consumo de drogas tanto en Estados Unidos como en Inglaterra se incrementó estadísticamente a partir del fin de la Segunda guerra mundial, delta auspiciado en gran medida desde Washington por una política de prohibición e intolerancia que fue impuesta a los países apoyados en la reconstrucción, política convertida en eje administrativo de la nueva ONU y su dependencia la OMS.4 Fue la misma prohibición, en la lógica del secreto, y la erótica del deseo que implica, la que hizo cada vez más explícita la presencia de las drogas en los medios de comunicación en general a partir de 1947. Y si bien  el cambio que se presenta en los sesenta entre el música anterior al rock psicodélico y éste depende en gran medida de la experiencia con alucinógenos. No creo que se reduzca para nada a meras manifestaciones de una bohemia salvaje e ignorante exacerbada por las drogas. Sin caer en las supercherías de sujetos como Timothy Leary, el Majarishi en la India, o muchos otros gurús, creo que en el rock psicodélico existe en gran medida no sólo una manifestación cultural original sino que esboza una salida política y económica a las aporías de una economía de mercado aun cuando todo el rock psicodélico se realizó desde el mismo ámbito mercantil.

El otro

El adicto, drogadicto, el nuevo otro que las sociedades de la posguerra se proporcionaron. Es el albor a una nueva época, la del biopoder, la del ejercicio del dominio a través de medidas profilácticas. En la dialéctica  poder/resistencia, nuevos actores y nuevas prácticas van acompañadas de nuevos discursos que legitiman, debaten, polemizan, acusan, execran o apologetizan tanto al uno del poder como al otro de la resistencia. El decente, el sujeto al discurso emergente de la salud, que sin quererlo es presa de los intereses políticos pero principalmente económicos que subyacen a los discursos moralizantes que a partir de 1945 combaten toda forma alternativa de desarrollar la existencia, es el normal, el que lleva una vida como se la indican primero las revistas de las buenas maneras como Time, Life o el Reader´s Digest y después la televisión, es el saludable. Él, que sale a trabajar por la mañana después de tomar un desayuno nutritivo, da un beso a su esposa, labora comprometido con la empresa que sustenta la economía local, regresa por la tarde y todavía tiene energía de jugar con sus niños al baseball o al football. Ella, mujer comprometida y diversificada entre el hogar, las reuniones de venta de Tupperware o productos Mary Kay, educa a sus hijos y aún tiene el tiempo de ir al salón para recibir bella a su esposo por la noche. Ocupado horario, que siempre cumple gracias a la tecnocracia, que después de proporcionar el arma final que termina con la guerra total, proporcionará a partir de este momento las herramientas que liberarán a la mujer de su hogar-prisión. En caso de no soportar el dinamismo impuesto a la vida cotidiana por el mundo de la posguerra, siempre contará con la ayuda de anfetaminas para animar su vida. Después vendrán los barbitúricos que contrarresten los lamentables efectos secundarios de la primera droga. Toda necesidad genera nuevas necesidades, la Satisfaction jamás llega, viven en un engaño, es la lógica del mercado.

Mientras los esposos descansan a su día agitado, en sus hijos, que placidamente reposan en la habitación de arriba, se gestan los sueños de inconformidad. A esa misma hora, en un barrio oscuro de la ciudad, se levantan esas alimañas que nadie sabe cómo interpretar. El adicto sale de su madriguera, las venas le palpitan, necesita heroína. Él, el otro, sujeto al silencio del viaje, legitima las medidas de prevención y vigilancia, por ello sus testimonios no se censuran, es mejor que se exhiba. Por ello el beatnick, sujeto a “la mercancía definitiva... con su rostro del mal... que es siempre el rostro de la necesidad total”5 es también rehén del mismo discurso. Una pregunta surge, quién es el sujeto de la enunciación de dicho discurso, quién es el Otro. Los nietos de esta generación, los yuppies, treinta años después sólo conservan una seguridad con respecto a la pregunta que interroga por el Otro, “Esta no es la salida”.6 Nos enfrentamos aun en la posmodernidad a las aporías de la modernidad. En medio, los hijos que sueñan, los que se sublevaron en los 68, son los mismos que van engendrar el rock psicodélico.

Los intentos por institucionalizar el consumo de drogas -la prohibición de las recetas de mantenimiento a adictos a la morfina en 1923 y después a la heroína en la década de 1930 en Estados Unidos, y en 1967 en Gran Bretaña- implican varias transiciones: el paso del médico de yonquis al psiquiatra especializado, de la droga pura producida industrialmente al junk producido por el mercado negro. Bajo el pretexto de la formación de clínicas de mantenimiento, buscan controlar a la población, no sólo la adicta, sino a toda, médicos, adictos y todos los demás, pues toda ella es susceptible de abandonar el camino.

El adicto a la década de 1960 se atiene a dos figuras.7 El fugitivo, que se desenvuelve en el mercado negro románticamente evadiendo lo mejor que puede a la justicia, o el enfermo, sometido a un régimen clínico del que la novela de Kesey es de nuevo el mejor ejemplo.

En febrero de 1967, el News of the world, diario demandado por Mick Jagger, vocalista de The Rolling Stones, alertó a la policía sobre una casa en Sussex donde se desarrollaba una fiesta organizada por el guitarrista del grupo, Keith Richards. La policía expectante fuera del lugar, esperó hasta que abandonara el lugar el ya declarado Caballero de la Corona Británica, George Harrison, para entrar a la casa y realizar los arrestos. El Times calificó el evento como “un símbolo del conflicto entre los sólidos valores británicos y el nuevo hedonismo”. A Jagger le dieron tres meses de prisión. A partir de ese momento los músicos entrados a la psicodelia no dejaron de estar en la picota. A muchos sólo la muerte liberó de la persecución, más nunca de las sospechas.

Un símil, otro momento místico

El horizonte donde se da la emergencia de las unidades políticas nacionales europeas en los siglos XVI y XVII, se enmarca en la inestabilidad política y en el deterioro de los marcos de referencia de la cristiandad medieval. A la par de las nuevas naciones, se presentó una atomización de las unidades que nuclean a las comunidades de creyentes. Para Michel de Certeau8 las fundaciones políticas y los movimientos espirituales surgen de la misma deterioración histórica. Los maquiavelos caminan a la par de los savonarolas.


El fundar una República o un Estado por una razón política que tome el lugar de un orden divino desecho se ve duplicado por la tarea de fundar los lugares donde “se pueda oír la palabra que ya no se oye”. Es la institución mística.

Para De Certeau en su análisis, la identidad no es un fin en sí mismo. Se impone como necesaria en el desorden del que hay que separarse. Dos imágenes emergen al inicio de la mística, el paraíso perdido o la nueva Jerusalén, es la pérdida de un origen o la llegada del fin, una melancolía y un anhelo son el pathos del discurso místico. Dentro de la teoría psicoanalítica, para De Certeau lo que priva es la imposibilidad de asumir lo real a un imaginario mediante una simbólica ya caduca. La experiencia real es un presente desterrado, tiempo que no es el origen pero aún no es el pasado, requiere por lo tanto de una simbolización. El esfuerzo por leer una realidad histórica que se ha vuelto inteligible. En los márgenes de esta situación es donde se da el sentido del misticismo.

Los místicos conocen y utilizan las instituciones simbólicas disponibles, su discurso todavía parte de aquellas que se desmiembran en el tránsito a una nueva época. Pero a pesar de esto su objetivo es radical y no persigue las premisas epistemológicas de la escolástica, ellos buscan reducir todo a uno, conciliar las contradicciones, la particularidad del lugar que ocupan frente a la universalidad de lo que pretende dar testimonio, el sujeto individual frente al absoluto divino, el todo y la nada, el tiempo y la eternidad.

El discurso místico es un discurso de una doble ausencia, pues es una comunicación quebrantada por la inseguridad que el lenguaje ya no proporciona –la dinamita del ockamismo a los cimientos medievales- al ser la palabra equívoca, sujeta a la mentira. Queda enfrentado el místico a un mutismo de las cosas y de las instituciones. Si la palabra falla, ¿dónde encontrar entonces a Dios? Por ello el Otro es el gran ausente. La experiencia mística es la de Elías; “Sal afuera y ponte en el monte ante Yavé”9, que siente el terremoto, pero no a Dios, la tormenta pero no a Dios, la lluvia de fuego, pero no a Dios. Sólo queda un murmullo, de dónde tiene que construir un sentido a la existencia. El verbo se ha desencarnado, sólo queda el significante, no su significado. La única certeza que queda en el místico es el Deseo, la esperanza del Gran Silencio que al final del viaje muestre al Cuerpo ausente.

Como la ausencia es tal, el discurso ya no es la oración, el diálogo con Dios, su único interlocutor, el sujeto ilocutorio del discurso místico es un tercero, el único que puede escucharlo, otro perdido.

Así para De Certeau lo que constituye la experiencia mística es un signo que connota el espacio donde se desarrolla la pregunta por la condición de posibilidad del conocimiento del otro. Conocimiento que se desarrolla desde el núcleo del Yo, un espacio de intercambios espirituales que capacitan al sujeto a la comunicación. Sus maneras, retóricas y poéticas, lo capacitan para organizar ese mismo espacio.

El deseo, lo real en lo simbólico, es el que inaugura dicho espacio. Como la razón en los proyectos políticos, el deseo persigue el no-lugar frente a la utopía desgajada. Su intención es un texto que sea la génesis de un mundo. El deseo trastorna el lenguaje vaciando los enunciados, imponiendo este hecho como condición previa del colloquium. Como el vacío del lenguaje, el vacío es lo que persigue al final el místico para sí mismo bajo los significantes del desapego o el abandono. Así el enunciado místico es un enunciado indeterminado que se vacía del contenido al no explicitar lo que quiere, puesto que lo que quiere el místico es el querer. Y esto lo hace sustituyendo los complementos directos por sustantivos absolutos, “Quiero todo” o “no quiero nada”. Además en el querer, se excluye todo pasado (quise) y todo futuro (querré). Por ello el discurso místico es más fuerte en tanto menos esté ligado de todo lo conocido y todo lo adquirido, todas las constelaciones que se ofrecen entre los objetos y los sujetos determinados. Esto es el desierto.

La comunicación, el contacto, el cuerpo del otro, para sobreponerse a todo equívoco referencial de las palabras, primero se tienen que vaciar. Pero creo que al plantearse sólo desde esta condición a priori, el lenguaje vacío de todo contenido, el misticismo desespera, pues nunca encuentra, y pierde el presente mismo del contacto, su mensaje es para el otro futuro. En tanto se atiene al presente el deseo se convierte en una pérdida, la melancolía por el otro se pierde, se fetichiza en una melancolía por la búsqueda misma. El deseo por el otro se torna en deseo de desear al otro. Como el adicto a la heroína que descubre que su verdadero goce radica no tanto en el rush de la droga por sus venas, sino en la emoción de preparar la dosis, amarrar su brazo, clavar la aguja y ver la rosa de sangre entrando hacia el émbolo.

Shapes of things

Al igual que la mística surge de en medio de la descomposición de las instituciones que aseguraban el sentido, la cultura psicodélica emerge de la descomposición de las instituciones que se instauran finalmente al fin de la Primera guerra mundial pero no sobreviven al final de la Segunda. La crisis presidencial en Estados Unidos en 1973, el escándalo Watergate y la renuncia de Richard Nixon forman parte de esta misma descomposición del sentido histórico trazado por las instituciones de la modernidad.

Burroughs lo advirtió desde los años cincuenta: “uno se hace adicto a los narcóticos porque carece de motivaciones fuertes que lo lleven en cualquier otra dirección. La droga llena un vació”.10 El consumo generalizado de drogas, desde amas de casa11 en la década de los cincuenta, los yonquis que deambulaban por las calles neoyorkinas y por Picadilly en Londres, y los jóvenes de los sesenta que en High Ashbury o en el SOHO, recurren a las drogas para llenar dicho vacío, no son necesariamente los que se meten a las drogas con el fin de perderse. Entran a pesar de todo para de encontrarse a sí mismos.

Aun cuando las letras del rock psicodélico al igual que el discurso místico, busca la vacuidad, el contacto con lo inasible, y aun cuando la búsqueda se fetichice, el vacío se comienza a significar en la búsqueda misma.

La recurrente figura del espacio en el discurso psicodélico funciona como actuante de ese Yo que se busca. El desierto es sustituido por todo el imaginario que desde el lanzamiento del Sputnick y la retórica de la Guerra Fría, plantea al espacio exterior como la última frontera.  Across the universe de The Beatles, Two thousand light years from home de The Rolling Stones, Mr. Space Man de Bob Dylan interpretado por The Byrds, Lazy Old Sun de The Kinks, Venus in furs de Velvet Underground, Astronomy domine o Interstellar overdrive de Pink Floyd, Space Oddity, Moonage dream y Starman de David Bowie, ponen en evidencia este deseo por salir, no sólo de uno mismo, sino del mundo y la sociedad en general.

Pero el deseo del retorno, en la figura de la tierra, el giro de vuelta y principalmente la metáfora de la luz del Sol entrando al mundo señalan dicho deseo, la vuelta a sí mismo, como objetivo final del viaje. Dicho deseo se connota en títulos como Turn into Earth de The Yardbirds, Love me thill the Sun Shine de The Kinks, o Sunshine of your love de The Cream.

Este vaciarse en el espacio, la confusión entre los astros, y la interrogación a los silenciosos cuerpos celestes en medio de la era de Acuario, colocan al sujeto frente a un espejo de sí mismo, que le proporciona la medida de su ser. En Lazy Old Sun, escrita por Ray Davis, hijo de un obrero londinense y lider de The Kinks, se plantea lo siguiente: “When i was young/ My world was three foot, seven inch tall/ When you were young/ there was no world at all -y prosigue con una petición– Sunny rain/ shine my way/ Kiss me with one ray of light from your lazy old sun”. Algo similar plantea Lou Reed en Heroin de Velvet Underground, pero con sentido algo distinto.

I have made big decisión/ I´m gonna try to nullify my life/ cause when the blood begins to flow/ when it shoots up droppers neck/ when I´m closing in on death/ and you can´t help me not, you guys/ And all you sweet girls with all your sweet silly talk/ You can all go take a walk/ And I guess that I just don´t know/ And I guess that I just don´t know.
I wish that I was born a thousand years ago/ I wish that id sail the darkened seas/ On a grat big clipper ship/ Going from this land here to that/in a sailors suit and cap/ Away from the big city/ Where man can not be free/of all of the evils of this town/and of himself, and those around/Oh, and I guess that I just don´t know.

Esta nulificación de la propia existencia, en la comparación a algo superior, ya sea trascendente como el espacio, o imnanente, en un pasado inmemorial, pone en evidencia al mismo tiempo el tamaño del hombre y del mundo, que siempre es mundo del hombre con relación a algo superior que para este momento no es necesariamente Dios. En Reed la nulidad es incluso ética, lo bueno, eso superior trascendente o inmanente frente al mal imperante en el mundo del hombre. El yo deseo se enfrenta al silencio de los astros, a la indiferencia del otro, a la imposibilidad de salir del espacio interior, el cuerpo, la ciudad, el mundo, las relaciones personales. A la imposibilidad del bien en el presente.

A partir de De Certeau, el discurso místico se vacía de contenidos e instaura un presente como fuente del tiempo, haciendo difícil empatar el discurso místico al discurso profético. Pero el tiempo, pasado o futuro, cobra también una importancia en las composiciones. Si Reed plantea el deseo de las edades oscuras, Jimi Hendrix se proyecta a tiempos no distantes, pero que no le correspondieron ya vivir. 1983 (A merman I should turn to be) comienza con “Hurrah, I wake from yesterday/alive, but the war is here to stay/So my love, Catherina and me/decide take our last walk through the noise to the sea/ Not to die but to reborn/ away from this lands so battered and torn/forever, forever.”

La guerra que se ha impuesto desde ayer (La Segunda guerra mundial, la guerra de Corea y la guerra de Vietnam)12 alterna al sonido del océano, donde han decidido perderse. La melancolía oceánica no viene sola, el mundo de tormento es opuesto a la presencia de un amor. El renacer se plantea entonces como comunión. La comunicación no es completamente imposible para Hendrix como lo es para Lou Reed. 1983 continúa de esta forma “Every inch of Earth is a fighting nest/ Giant pencil and lipstick tube shaped things/continue to rain and cause screaming pain/ And the artic stains from silver blue to bloody reed/ as our feet find the sand, and the sea is straight ahead, straight up a head”

Mientras el mundo, un nido se destruye, y se cubre de sangre el hielo que ahora es campo de batalla al mismo tiempo y con el mismo sentido los lápices labiales cubren la forma de las cosas. Pero el océano aguarda, sólo falta separar el pie que pisa la arena, el mundo. El  sustantivo Merman, juego de palabras con Marmaid señala una vez más este sentir oceánico.

El propio Hendrix en esta canción dice: “The machine that we built/ would never save us´, that´s what they say” verso que junto a su frase de la forma de las cosas muestra su desconfianza por la tecnología. Shapes of things de Jeff Beck con The Yardbirds dice “Shapes of things before my eyes/ Just teach me to despise/ Will time make man more vise?/ Here within my lonely frame,/ my eyes just hurt my braine/ But will it seem the same?”. El pesimismo es peor aún en otra canción también sobre la forma de las cosas, The shape of things to come de Slade inicia con “There´s a new sun/rising up in the sky/ there´s a new voice/crying without afraid to die” pero termina con un estribillo completamente exceptico, “but nothing can change the shape of things to come”, esto a pesar de que el Otro, “the old one it´s blind and deaf and dumb”.

Si la droga es la perfecta mercancía, significa que está inserta en la lógica misma del mercado, la que auspicia toda la tecnología a la que con desconfianza se enfrentan los jóvenes. Si la droga no está fuera, el propio discurso se genera desde dentro de las instituciones de las que tratan de salir. La música es en sí una industria. De ahí proviene la ambigüedad que subyace al vacío existencial de la posguerra frente al vacío que proponen como un salir de sí, la aniquilación de los contenidos del mundo. El vacío material frente a la nada espiritual. A todo, lo único que subyace es un interés económico. Y de esa esclavitud, para componer o para ingerir psicoactivos, no se pueden liberar. Todo grupo de esta época compuso una oda al LSD u otro alucinógeno, resultados todos del avance científico mismo al que se oponen. La voz de Grace Slick, con la letra de Timothy Smith, ambos de Jefferson Airplane, al principio de Rejoice dice “Chemical change like a laser beam/ you´ve shattered the warning amber light/Make warm/let me see you moving everthing over/ smiling in my room/you know you´ll be inside of my mind soon.”

_______________________________

1 Timothy Leary “La revolucion psicodélica” en Cooper, David, et.al, Drogas, ¿Revolución o contrarrevolución?, Buenos Aires, 1972, Rodolfo Alonso editores, p. 9.
2 Ibid, p. 10.
3 Theodore Roszak “El infinito falsificado. Uso y abuso de la experiencia psicodélica” en Drogas, ¿Revolución o    contrarrevolución? Op.cit.
4 Richard Davenport-Hines, La búsqueda del olvido. Historia global de las drogas, 1500-2000. Turner-FCE, Madrid,    2003.
5 William S. Burroughs, El almuerzo desnudo, Barcelona, Anagrama, 1997, p. 9.
6 Breat Easton Ellis, Psicópata americano, Madrid, Punto de Lectura, 1999.
7 Davenport-Hines, op.cit, p. 394.
8 Michel de Certeau, La fábula mística, siglos XVI –XVII, México, Universidad Iberoamericana, 1994.
9 1 Reyes 19,11-14.
10 Ibid p. 21.
11 Mother´s need a little helper de The Rolling Stones ironiza sobre esta situación.
12 Un miembro de la Cámara de los Comunes en Gran Bretaña en 1969 dijo “Están aburridos. Lo que necesitan es una guerra para darle carácter a su generación” loc. Cit Davenport-Hines, op.cit, p. 403.

(...) Lugares Comunes

www.lugarescomunes.com.mx