1968: LA AUSENCIA DE UNA VISIÓN
HISTÓRICA DE CONJUNTO

                            Carlos López Gómez
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

 

El número de interpretaciones sobre el movimiento estudiantil de 1968 es directamente proporcional al número de perspectivas desde las que se le ha estudiado. Objeto intocable para la inmensa mayoría de los militantes de izquierda, rememorado hasta lo indecible por sus protagonistas, reivindicado incluso por los medios masivos de comunicación, especialmente por Televisa, el 68 se ha convertido en la referencia que sintetiza todas las aspiraciones y todos los traumas colectivos e individuales, hoy en día, de una buena parte de la izquierda mexicana. Y es que, sin lugar a dudas, el periodo que vivió el Distrito Federal entre julio y octubre del año de las olimpiadas mexicanas, y más específicamente, la experiencia en las calles, en las plazas y en las escuelas de miles de estudiantes, fue sumamente esperanzadora y, por lo tanto, devastadoramente traumática.

Los efectos de la acción represiva del Estado sobre una masa de jóvenes indefensos al filo de la noche del 2 de octubre de 1968, después de que un helicóptero lanzara tres bengalas sobre la Plaza de las Tres Culturas como señal para los asesinos, se escucha hasta el día de hoy como el eco de un murmullo que emiten los testigos por todas partes. Todo mundo tiene un pariente o un amigo que estuvo en el 68, todo mundo evoca alguna escena, algún pedazo suelto de la epopeya. Narcisista, la épica de los que estuvieron o dicen que estuvieron nos conduce irremediablemente a la dispersión histórica, y cuando uno de los testigos critica algún movimiento social contemporáneo la conclusión casi siempre es la misma: este no es movimiento, el del 68 sí.

La nostalgia de los vivos oprime el pecho de la historia con el peso de los muertos, la asfixia, no la deja respirar. Fatigada, la historia despierta a mitad de la noche y se repite a sí misma: sólo era una pesadilla, sólo era una pesadilla, y vuelve a conciliar el sueño de las libertades que otorga la democracia mexicana. La historia, sin embargo, no debe ni puede permanecer dormida, pero su insomnio tampoco puede ni debe ser resultado de la presencia onírica, aunque brutal, de la nostalgia, sino del acecho de los hombres que quieren entrar a su habitación para meterse entre sus sábanas: seducirla, transformarla. La historia siempre tiene que estar despierta, tiene que hablar. Pero lejos de que su voz sea vibrante y definitiva, apenas y se escucha tímidamente en algunos textos que tratan de sacudir nuestra conciencia sobre la importancia del movimiento del 68 y la brutalidad de la masacre. La culpa no es de la historia, sino de quienes no nos hemos atrevido a contarla; la falta de claridad sobre los diversos significados que tiene el movimiento del 68 no es responsabilidad de los que participaron en él, ni de los que han aportado múltiples testimonios sobre los hechos, sino de los que no hemos transitado de esos testimonios a la epistemología.

Algunos de los dirigentes más representativos del Comité Nacional de Huelga, entre ellos Gilberto Guevara Niebla y Raúl Álvarez Garín, han escrito con bastante profusión sobre el 68; contamos también con los relatos de Paco Ignacio Taibo II, Luis González de Alba y Adolfo Gilly, por mencionar algunos; Raúl Jardón y Elena Poniatowska han recogido muchas voces sobre el movimiento estudiantil; Julio Scherer, Carlos Monsiváis y Carlos Montemayor han puesto un énfasis especial en la recopilación e interpretación de documentos oficiales; México 68: juventud y revolución, de José Revueltas, no falta en ninguna biblioteca; la historiadora Aurora Cano, incluso, tiene una compilación bastante completa de la cobertura periodística del movimiento; vamos, hasta se creó una Fiscalía Especializada en Delitos del Pasado, la cual fracasó, evidentemente; cada año marchamos en largas columnas hacia el Zócalo para recordar la masacre. Que no se diga que la tinta no ha corrido o que sufrimos de amnesia. La pregunta es: ¿resulta suficiente todo esto? La respuesta es muy sencilla: no. Lo único que demuestra la bibliografía actual sobre el movimiento estudiantil de 1968 es que se trata de un proceso político sumamente complejo, y que por lo tanto no puede ser abordado exclusivamente por fuentes orales, documentales o hemerográficas. 

 

 
1/2

Imprimir
Descargar
Comentario