LA DÉCADA PRODIGIOSA O Alberto Constante
Imagine no possessions If you want to be free, “Cuando los Beatles llegaron al estudio 2 de Abbey Road el 11 de febrero de 1963 poco sabían de la importancia histórica de aquella fecha. Habían estado tocando juntos durante 6 años (Paul y John), se convirtieron en músicos con experiencia para tocar en vivo en Hamburgo y en The Cavern Club. Todas las canciones del disco fueron grabadas en 11 horas, finalizando con la impresionante demostración de John Lennon cantando el Twist and Shout. Aunque la grabación inicial prevista debía realizarse en The Cavern Club fue descartada por obvias razones acústicas” dice Enrique Cabrera en su The Spanish Beatles Page, sin advertir que esa fecha instalaba una nueva inquietud en el corazón de un aguerrido siglo XX: todo pasaba como si prohibiciones, barreras, umbrales, límites se dispusieran de manera que se dominara, al menos en parte, la gran proliferación del discurso, que la multiplicación de los mismos mantenía su riqueza mientras que con una serie de acciones se aligeraba la parte más peligrosa de ese núcleo de lo social que se resistía a cambiar y que su desorden se organizaba según figuras que esquivaban lo más incontrolable; 1963 hizo que todo pasara como si se hubiese querido borrar hasta las marcas de su irrupción en los juegos del pensamiento y de la lengua. Y sin embargo… Las grandes conmociones que preceden a los cambios de civilización parecen estar determinadas por considerables transformaciones políticas: invasiones de pueblos o derrocamientos de dinastías. El siglo pasado no fue menos. Cuarenta y ocho conflictos armados, cuarenta y ocho guerras endemoniadas, brutales, durante todo el siglo devastaron todo lo que había sido la humanidad hasta entonces.3 Un atento estudio de tales sucesos descubre casi siempre, como su causa auténtica y tras sus motivos aparentes, una modificación profunda en las ideas de los pueblos. Las genuinas conmociones históricas no son las que nos asombran en virtud de su magnitud y su violencia. Los únicos cambios importantes, aquellos de los que se desprende la renovación de las civilizaciones, se producen en las opiniones, las concepciones y las creencias, en las formas de valorar y de ver el mundo, en el discurso: el lenguaje está vivo y es el detonador de ese pulso de la vida, como dice Foucault: el problema a trabajar analíticamente en el campo del lenguaje no se sitúa en el nivel de “la lengua que permite decir” sino en el territorio de “los discursos que han sido dichos”;4 ahí se gestan, porque el mundo cambia, en la mirada y en la voz, en el silencio desconsolado, en esa astilla que hiere la carne y nos deja desolados, sin sombra, en el relámpago que destroza violentamente las ilusiones y las esperanzas, los sueños. Ahí cambia, en los pequeños signos y símbolos que constituyen la razón de ser de un pueblo. Los acontecimientos memorables son los efectos visibles de esos pequeños e imperceptibles cambios, cambios invisibles verificados en los sentimientos de los hombres y que se tejen despacio, muy despacio casi anónimamente y luego constituyen las epistemes que construyen las historias. La época actual establece uno de los momentos críticos en los que el pensamiento humano está en sendas de transformación. A la base de esta última se encuentran dos factores fundamentales. El primero es la destrucción de las creencias religiosas, políticas y sociales de las que derivan todos los elementos de nuestra civilización. El segundo, la creación de condiciones de existencia y de pensamiento completamente nuevas, engendradas por los modernos descubrimientos de la ciencia y la tecnología. Aunque conmocionadas, las ideas del pasado siguen siendo todavía muy potentes y, dado que las sustitutas están aún en vías de formación, la edad posmoderna representa un período de transición, de mutación, metamorfosis, desconcierto y crisis. Lo posmoderno5, como enseñó Lyotard, es aquello que discute, choca y alega lo impresentable en lo moderno, su imposibilidad, la no recurrencia, lo que niega el fondo vivo de la existencia y, nada nos veda imaginar que en la presentación misma de la modernidad está ese dolor de lo que se nos muestra decadente; aquello que se niega a la consolación de las formas bellas, al consenso de un gusto que permitiría experimentar, en común, la nostalgia de lo imposible; eso que indaga por presentaciones nuevas, no para gozar de ellas sino para hacer sentir que hay algo que es imposible: lo imposible, la negación explícita de lo más preciado. No resulta fácil decir actualmente lo que podrá surgir algún día de un período así, no necesaria ni forzosamente algo caótico aunque tampoco importa. No debería de importar. En lugar de ser una cosa dicha de una vez para siempre -y perdida en el pasado como la decisión de un amor, una catástrofe climática o la muerte de un artista-, la modernidad, a la vez que surge con su materialidad, aparece con un estatuto, entra en unas tramas, se sitúa en campos de utilización, se ofrece a traspasos y a modificaciones posibles, se integra en operaciones y estrategias donde su identidad se mantiene o se pierde. Así la modernidad da paso a esa condición: una visión circula, sirve, se sustrae, permite o impide realizar un deseo, es dócil o rebelde a unos intereses, entra en la disposición de las contiendas y de las luchas, se convierte en tema de apropiación o de rivalidad. La pregunta es válida y deberíamos de hacérnosla: ¿Sobre qué ideas, sobre qué discursos, en medio de qué dispositivos, bajo qué prácticas se edificarán las sociedades que sucedan a la nuestra?6 Aún lo ignoramos. Sobre las ruinas de tantas ideas consideradas antes como verdaderas y hoy día como muertas, de tantos poderes sucesivamente derrocados por las revoluciones, de tantas verdades tan falsas, de tantas promesas demolidas y frustradas, desde un ¡Ay! que duele debajo de la piel. Se puede prever que, en cuanto a su organización, tendrán que contar con una potencia nueva, una fuerza que provenga del olvido, de lo reprimido, de lo que quedó bajo la custodia de la razón y que ahora vuelva y que en medio de su mutación produzca cambios radicales a nuestras viejas concepciones. Los códigos fundamentales de una cultura -los que rigen su lenguaje, sus esquemas perceptivos, sus cambios, sus técnicas, sus valores, la jerarquía de sus prácticas- fijan de antemano para cada hombre los órdenes empíricos con los cuales tendrá algo que ver y dentro de los que se reconocerá. Mientras que nuestras antiguas creencias vacilan y desaparecen, y las viejas ordenanzas de la sociedad se hunden una tras otra, la acción de la memoria parece ser la única fuerza a la cual no amenaza nada salvo el olvido como forma política. Recuerdo aquí a Musil, con él a mi querido Juan García Ponce, recuerdo a Thomas Mann y a Raskolnikov y con ellos mi recuerdo se estremece con Kakania7 de El hombre sin atributos. Recuerdo aquella frase donde Clarisse le pregunta a Walter: “¿Qué es Ulrich, qué es un hombre sin cualidades?” y Walter le responde con ese carácter frío con el que se desenvuelve a lo largo de toda la novela: “Él no es nada, nada de nada”. Estas frases trepidan cuando pensamos qué tan cerca estaba Musil de esta realidad en la que los hombres nos hemos convertido en “hombres sin cualidades”. ¿Dónde empezó esta desesperanza que nos aborda sin lenitivos, consuelos ni adormecedores? ¿En qué momento de la historia nos vimos sorprendidos por una promesa que ahora vemos incumplida? ¿En qué instante de nuestro trayecto se trocaron los caminos y nos vimos de pronto, sorprendidos por la oscuridad de nuestro destino, sin tragedia, sin llanto, sin sorpresas, desesperadamente solos en medio de esa noche de la que nos habla Heidegger, en la que la oscuridad es todavía más oscura? Si nos dejamos llevar por una cierta radicalidad podríamos tender a pensar que esto se gestó con el nacimiento de la modernidad,8 un proyecto que nos sorprendió nuevamente con la vieja promesa del “seréis como dioses” bíblica. Nos sorprendimos… y ya no quisimos ser como dioses sino que creamos nuevos dioses, pequeños dioses: la idea de razón, es decir, todo nuestro conocimiento por el tamiz de la razón, no más autoridad, no más tradición. La idea de progreso, que no necesariamente es lineal, incluso podríamos tomarlo como un progreso que retorna, como el estudio más profundo de lo antiguo. Antonio Marino nos recuerda que “Podremos liberarnos de la Modernidad si logramos descubrir sus fundamentos y someterlos a examen, tarea imposible sin entrar en diálogo con los antiguos”.9 Estos nuevos dioses pequeños, se constituyen en ideas y ellas se aglutinan en discursos que se mezclan con lo dicho y lo no dicho: la idea de crítica, que a partir de Kant, se convertirá en la base de la ciencia y la filosofía moderna,10 ella consiste en poner en duda cualquier teoría para poder verificarla. El otro tótem de nuestra cultura lo fue la idea de progreso de la civilización, que se procuraba mediante un “proyecto”, y que en el fondo no fue otra cosa que una manera de prefiguración de la realidad, con la intención siempre de mejorarla y de disponer de ella. Asimismo, otro icono fue la concepción de universalidad que significó que todas las ideas anteriores eran válidas para todos los seres humanos, pues la civilización prospera, avanza, mejora, conquista territorios nuevos mediante revoluciones proyectadas con métodos racionales, la humanidad sólo podía florecer mediante un “proceso de progreso planificado” que pudiera conectarse en diferentes ámbitos, por ejemplo, con la revolución político-social (marxismo-siglo XIX); otra manera de ver las cosas consistió en el planteamiento de la tesis tecnológica (la tecnología libera al hombre del trabajo), o de otro modo, mediante la cultura y la educación. Hay una ruptura entre lo antiguo y lo moderno que implica que lo moderno en todo caso es mejor, porque se entiende como racional y permite establecer proyectos científicos, de reforma (social, política, tecnológica), que desembocan indefectiblemente en una mejoría, en un perfeccionamiento para toda la humanidad. Las tácticas, estrategias y herramientas para conseguir ese avance no tuvieron un camino único, fueron modos diferentes, estrategias heterogéneas e incluso contrapuestas, y sin embargo, las bases, en cada caso siguieron siendo las mismas para todos (crítica, razón, progreso, mejora, universalidad). Marino escribió con enorme acierto que “Con frecuencia hablamos de ‘la crisis de la modernidad’ como si todos reconociésemos el mismo rostro al mirarnos al espejo, como si nuestras imágenes de nosotros mismos suscitasen reacciones homogéneas: los mismos desencantos y las mismas intenciones de gestar un mismo proyecto de renacer como hombres genuinamente superiores a antiguos y modernos. Pero no es así. Cada pensador moderno descubre su crisis y rumia cómo salvarse”.11 Pienso en “La máquina de habitar” de Le Corbusier. Ella refleja la confianza en la tecnología pujante del siglo pasado que, entre sus promesas tiene la de facilitar una sociedad mejor. La opción neoplástica nos las da Piet Mondrian12 que pretende definir un nuevo código plástico, formal, basado en el análisis racional de los elementos formales; el plano, la línea, el punto, los colores elementales... Y a partir de ese análisis, “elimina lo arbitrario” en el arte. Las características de lo moderno serán la ruptura de la unidad, lo cual no nos evita pensar en la historia polifónica y no lineal. Admirable si sólo tenemos este segmento de realidad. ¿Quién no quisiera una sociedad mejor? ¿Una vida mejor, un destino mejor, todo lo mejor? Si tan sólo pensamos que el cambio del siglo XVIII al siglo XIX se caracteriza por un desarrollo industrial, los pioneros en este cambio industrial fueron Inglaterra y Estados Unidos, y ya en el cambio de siglo del XIX al XX, se les une Alemania. Dickens fue quien denunció las esperanzas humanas que se ven frustradas con el cambio y el desarrollo industrial: creímos que el hombre se emanciparía y ahora lo vemos mucho más envilecido por sus infames condiciones de vida: el progreso sólo puede ser selectivo. Lo que sí hay es una transformación social; el campesino hace un éxodo rural a las ciudades, pueblos enteros se ven de pronto abandonados y entonces el campesino y el artesano trabajan no ya con la tierra ni el arado sino con la máquina. Los “Tiempos Modernos” de Chaplin son tan sólo una pálida mueca de una realidad que aplana los sueños del ser humano. Se empieza a gestar el hacinamiento en las ciudades provocando una hibridación y desarraigo que se refleja en los filósofos de la época, como Nietzsche, Freud, Ortega, y el extraordinario Benjamin13, Bakunin- y con él James Guillaume, luego el iconoclasta Kropotkin..., o en escritores como el propio Dickens, Kafka, Proust, Walser, Musil, Nabokov, Beckett, Dinesen, Orwell, Broch... Estas transformaciones sociales desembocan en los primeros movimientos revolucionarios, en 1905 en Rusia, y por último, en 1914 la Gran Guerra por una lucha de mercados mundiales; en 1917 la gran revolución bolchevique en Rusia corona este final de guerra. La arquitectura, como la filosofía y la literatura, plantea estos problemas de diferentes maneras: Tessenow mantendrá que hay que rehacer en las ciudades las condiciones de vida de la sociedad y, por ello, hay que restablecer el vínculo entre el hombre y el lugar (las raíces). Sus viviendas se basan en la tradición, es decir, en esa peculiar forma de integrar al ser humano en su contacto con la naturaleza (que no deja de ser un ideal romántico). Muthesius dice que para mejorar esta situación hay que hacer extensivas a toda la sociedad las condiciones de confort, higiene..., que ya tiene la vivienda burguesa. Le Corbusier piensa conseguir que la ciudad no deba ser agresiva en su diseño, y la vivienda tiene que poseer las características de un refugio, de un êthos, de eso que los griegos, en su sabiduría, entendieron como el suelo firme, el refugio, el sitio desde el cual somos como seres humanos. La ciudad para Le Corbusier se debía integrar a las viviendas con espacios de ocio, esparcimiento, cultura, deporte... Los constructivistas rusos sostuvieron que el modelo social tradicional basado en la familia ya era válido en una sociedad de progreso infinito, por lo que había que proporcionar nuevos contenedores para nuevos modelos sociales (residencias colectivas). La idea que comparten todos ellos es que el arquitecto o la arquitectura puede ayudar, desde su función de control y diseño espacial, a la transformación y al cambio social. Esta idea tendrá un reflejo en el estilo y en el lenguaje. El tema de la máquina, el mito del progreso industrial, se convertirán en un referente de diferentes movimientos. Pero la idea de progreso también influye hacia la concepción de los objetivos de la arquitectura moderna, como son la estandarización, la normalización, la producción masiva, la prefabricación. En definitiva, hay una conciencia de vivir en una época de crisis, de cambio. En el campo de las artes el Impresionismo irrumpe mediante formas que significan una rotura drástica con lo anterior, rápidamente puesto en crisis por el Expresionismo que influye en los grandes escritores, filósofos, arquitectos y artistas de la época como el belga Ensor, el suizo Hodler o el noruego Edvard Munch, cuya obra El grito (1893) es un símbolo de la emoción delirante que ha tenido una gran influencia en el arte posterior. Pero también Vassily Kandinsky. Der Blaue Reiter (El jinete azul) incluía a Franz Marc y August Macke. También estuvieron en contacto Alexei von Jawlensky, Paul Klee, los austriacos Oscar Kokoschka y Egon Schiele y el compositor Arnold Schönberg. Los temas tratados por los expresionistas están relacionados con la opresión, el terror y la miseria. Abundan también referencias a los temas sexuales. Las ideas de Freud en torno a la sexualidad comenzaban a conocerse y esto repercutió lógicamente en la aparición de nuevas temáticas. Algunos temas abordados resultan claramente novedosos, como es la ciudad, con sus calles, edificios, coches y transeúntes que reflejan el ajetreo propio del mundo moderno. En arquitectura el equivalente al Impresionismo es el Modernismo, arte de fin de siglo como se le ha llamado al arte orgánico de Gaudí; pero también está el Art Nouveau francés, que es la voluntad de un estilo nuevo, acabando con los historicismos. El Art Nouveau14 es contestado desde la propia arquitectura y puesto en crisis. Muchos señalarán que la voluntad artística, “Kunstwollen”, es el estilo o lenguaje de una determinada época y ésta no se define, no es algo que se busque, sino algo que se encuentra, o sea, que ese estilo artístico de una época viene dado o definido de una manera natural, involuntaria, viene dado por las condiciones de producción, por la ejecución, por las formas de vida, por los materiales de una determinada época, en suma, es lo que se ha determinado como la “Zeit geist”. Hoy, en el siglo XXI, en nuestra cultura, tendemos a movernos dentro de ciudades que empujan la naturaleza lejos de nosotros. En nuestro entorno mental hacemos lo mismo. La mayoría de la gente vive dentro de un sistema de nociones muy convencionalizadas, que están profundamente imbuidas dentro de un sistema de nociones aún mayor. Cuando vamos a los límites físicos, como el desierto, la selva y la naturaleza remota y salvaje y cuando vamos a los límites mentales con la meditación, sueños y psicodelia, descubrimos exuberante flora y fauna en nuestra imaginación. Este ámbito es ignorado porque nuestra tendencia es ver palabras, construir con palabras, los discursos no son un conjunto de signos que remiten a contenidos o representaciones; sino prácticas que forman sistemáticamente los objetos de que hablan. Un discurso es irreductible a la lengua y a la palabra porque es algo más que un conjunto de palabras para designar cosas. Por ello el discurso no se diferencia de la lengua y de la palabra, es existencia muda de una realidad, recurso a la plenitud viva de la experiencia, uso normativo de un vocabulario, descripción de un vocabulario, las palabras están tan deliberadamente ausentes como las cosas a las que designan. Es imposible identificar dichos objetos si nos contentamos con investigar el sentido que se da en una época determinada a tal o cual palabra y darle la espalda a un océano rugiente de fenómenos que desbordarían nuestras metáforas. ¿Qué es lo que ha causado esta ceguera? El espíritu satánico de la ciencia. En el siglo XVII, el espíritu de Satán fue retratado en el Paraíso Perdido de Milton con una clasificación completa de varios demonios y ángeles caídos que actuaron como poderes malévolos, malignos y perversos como Mammom, el demonio de la avaricia comercial. El primer pecado de Satán y los otros ángeles como Mammon fue el orgullo, el alejamiento de Dios hacia su propia autosuficiencia: “Y seréis como dioses” nos recuerda El Antiguo Testamento. Este fue el comienzo de toda la ilusión humanista que se apartó del mundo espiritual y declaró a los humanos autosuficientes. Desde este punto de vista, todos los dioses, demonios y espíritus eran proyecciones de la mente humana, creando una suerte de universo antropocéntrico. Para el humanismo adoptar la tradición alternativa del animismo y reconocer los espíritus y almas vivientes de la naturaleza le fue profundamente repugnante, y aún así fue base común de todas las civilizaciones, pensamiento y tradición. Como en el Fausto de Goethe, Dios da permiso a Mefistófeles para que éste tiente al hombre justo y le brinde la oportunidad de una “segunda vez” en la que este hombre harto de la sabiduría y nostálgico de la vida quiere ahora poseer el poder y el conocimiento ilimitado. El espíritu que guía la ciencia moderna, de acuerdo con el mito de Fausto es un demonio satánico, un ángel caído llamado Mefistófeles y aunque aún en esta novela Mefisto obedece a Dios ya se avizora el triste destino de su significado en la modernidad. ¿Con cuánta seriedad debemos considerar la idea que nuestra sociedad y nuestra civilización están por completo poseídas de este espíritu, venerado a través del dinero y el poder? Milton describe a Mammon en el Paraíso Perdido: From heav'n, for ev'n in heav'n his looks & thoughts Esta es una descripción detallada de nuestra civilización. ¿Cuánto están los ángeles caídos guiando y pervirtiendo el progreso de la ciencia y la tecnología? ¿Se está escenificando en la tierra una guerra entre ángeles buenos y malos? Este tipo de posibilidades son tan extrañas para los modelos oficiales, estándar, de la historia occidental, que apenas sabemos como pensar o hablar de ello. Me gustaría pensar que todos somos Fausto, que vamos a decir la verdad, que vamos a descubrir la verdad que es visible pero que nadie ha visto, y la va a denunciar, como diría Piglia16 que me conmueve.
II Y el hombre que erotizado por las pasiones se convierte en el mejor intérprete de Epicuro. Antes que Marcuse escribiera su libro, Paul Nizan quería agotar el principio del placer pero fue abolido por el principio de la realidad. De forma muy bella lo dijo: “Hasta que los hombres no sean completos y libres, soñarán durante la noche”. Éste debió de haber sido el lema de aquella “década prodigiosa” que ha sido definida por su capacidad de innovación, de cambio, de renovación en todos los ámbitos de la sociedad. Es cierto, cada país adoptó a su manera este nuevo concepto estético, musical y social. Eran años rebeldes, años epicureanos donde el erotismo era como la piedra de toque, el “ábrete Sésamo” de nuestra existencia. La nueva generación quería un mundo nuevo. Los sesenta y los setenta constituyeron la exasperación de la idea de progreso y de los ideales trascendentales, todos se fueron a la mierda, por fin. Pero a su vez fue la última década religiosa, en el sentido de creer que es posible lograr una nueva sociedad. Había fe, inmensa fe en todo aquello que se emprendía y en sus posibles resultados cuasi utópicos. Me recuerdo a mí mismo con un tomate en la mano aventándolo a la embajada de los Estados Unidos por su trato a Cuba, la siempre heroica Cuba. Me recuerdo con un pedazo de ladrillo en la mano y siendo retratado por la Federal de Seguridad para luego aparecer en sus archivos como peligroso. Me recuerdo en el 68 con una bomba molotov en la mano aventándola a los camiones de granaderos que tenían la consigna de golpearnos. Ser joven en los setenta fue una amenaza, un peligro para el sistema. Los movimientos sociales y culturales que se produjeron en el mundo capitalista desarrollado fueron heterogéneos aunque muchos investigadores los suelen agrupar en un mismo plano. La contracultura hippie, el movimiento estudiantil, el movimiento por los derechos civiles de los negros, el derecho a la imaginación, la libertad, la siempre anhelada libertad. Queríamos un mundo mejor: no lo logramos. Fueron movimientos disímiles tanto por sus reivindicaciones como por sus adherentes. Quizás una característica les fue común a todos ellos: la percepción de que la sociedad podía cambiar. El cambio que postulaban se dirigía contra una forma de modernidad que había logrado afianzarse. La modernidad triunfante fue el modelo liberal-burgués el cual impuso determinada cosmovisión del mundo -racionalista, empírica y pragmática-. Este modelo dominó no sólo la estructura tecnoeconómica sino también la cultura. La ética burguesa y el temperamento puritano eran códigos que exaltaban el trabajo, la sobriedad, el freno sexual y una actitud ascética frente a la vida. Esos códigos constituían un celoso afán por preservar el mundo platónico del desprecio del cuerpo, el placer, el cambio, la visión de que sólo en el ascetismo se alcanzaba no la felicidad pero sí el cumplimiento de nuestro ser. A esa ética burguesa se opuso, a mediados de los cincuenta en los Estados Unidos, la contracultura de la bohemia intelectual: la Generación Beat; la generación de los derrotados, el fracaso en ascenso. La generación Beat -cuyos miembros han acabado siendo conocidos como beatniks- es un punto de referencia ineludible para comprender todos los movimientos sociales e intelectuales de los sesenta. Hal Chase, Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs en 1944.17 Esta celebración del individuo como único, que rechazaba todas las posturas políticas por considerarlas intrínsecamente opresivas tiene mayor valor considerando la política estadounidense del momento, no sólo reflejada en el anticomunismo a raja tabla, atroz, persecutor o en el desmesurado crecimiento de la burocracia que siempre es estúpida y por ello se amplía, sino -por la parte que les tocaba- en la aplicación de técnicas como el electroshock o la lobotomía para tratar "enfermedades sociales" como la homosexualidad o el inconformismo. Esta acepción de la espontaneidad como forma de vida, de la respuesta libre de concepciones sociales, este ascetismo frente a una sociedad básicamente materialista, logró liberar -de una forma natural, sin pretensiones iniciales- tanto a los practicantes como a quienes les observaron. Toda esta situación fue inmortalizada por escritores que montaron este tren desde muy pronto. En realidad, la calidad de algunos de estos libros ha forzado la segunda apreciación de "generación Beat", más extendida pero equivocada, la generación beat es un grupo de escritores. Ni tampoco es -tercera acepción, y la más peligrosa de todas- un grupo de personas desastradas pero elegantes, con exquisito gusto para el Jazz (principalmente el be-bop, por ejemplo, de Roy Eldridge18), que escriben poesías e insultan a los trajeados. La generación beat enfrentó y reaccionó como buenamente pudo, pero demostró que hay más caminos que los oficiales, que hay más caminos que los miserables de todos los que se acomodan de todos los tiempos, sobre todo cuando uno decide imponer las reglas a nadie excepto a sí mismo. Burroughs por ello pudo decir: “La gracia me llegó en forma de gato”: Riski que fue su preferido. Éste era el valor de todo. Lo que vale. Los antecedentes inmediatos a esta revolución de valores se encuentran en los movimientos por la paz que desde finales de los años cincuenta recorrieron Europa, particularmente Gran Bretaña y la República Federal Alemana, centrados en la denuncia y la movilización ciudadana contra el peligro de una guerra nuclear; a la vez que en la aparición del tercermundismo como categoría ontológica, no sólo sociológica. Al calor de los procesos de descolonización y del descrédito entre amplios sectores de la izquierda occidental del comunismo soviético se generó un malestar que encontró en la revolución cubana, la guerra de Argelia y, sobre todo, en la guerra de Vietnam los elementos movilizadores de una incipiente nueva izquierda. Los movimientos de liberación nacional y las guerrillas en Latinoamérica en contra de todas las dictaduras fomentadas, toleradas o, en más casos de los que podríamos soportar, auspiciadas por los Estados Unidos, desarrollaron una crítica radical de las sociedades opulentas. Pero fueron igualmente puestos en cuestión los burocratizados y dictatoriales regímenes de socialismo. Comenzó así la búsqueda de una tercera vía que parecía apuntar con el nacimiento del movimiento de los países no alineados. En el contexto europeo los cambios políticos en Checoslovaquia hicieron cifrar en este país la esperanza de una nueva opción social que se concretó en el momento conocido como La primavera de Praga. La evolución libertaria y de protesta, la incomodidad y el repudio a las formas de vida autoritaria, disciplinaria y homogeneizante que provenía en la escala Estado-gobierno-familia-escuela, en los años sesenta, se opuso el movimiento hippie. Pero el movimiento hippie, a diferencia del movimiento estudiantil o del de los negros, no fue político. Los hippies no pretendían cambiar el orden político, simplemente se marginaban. La contracultura estadounidense se politizó cuando en octubre de 1967 algunos ex hippies crearon el Youth International Party, una agrupación marxista con marcada tendencia hacia la acción directa, encabezada por Jerry Rubin y Abbie Hoffman. En los países capitalistas industriales de la década de los sesenta nadie esperaba ya una movilización de masas como la que protagonizaron los estudiantes. Las esperanzas revolucionarias se centraban solamente en ese denominado “Tercer Mundo”. Sin embargo, en el auge de la prosperidad occidental los políticos tuvieron que enfrentarse a acciones de masas que pusieron en jaque a los gobiernos y que cuestionaban la viabilidad de la civilización occidental. En 1968-69 todo el mundo capitalista, y algunas partes del comunista, se vieron sometidas a oleadas de rebeliones protagonizadas por una nueva fuerza social: los estudiantes, el nuevo rostro del héroe moderno, cuyo número había ascendido desproporcionadamente con respecto a épocas anteriores. En el decenio de los sesenta, la enseñanza creció más que nunca en el conjunto mundial como resultado del extraordinario auge económico y de la explosión demográfica experimentada en la posguerra. En 1970 eran 482 millones los alumnos de todos los niveles en el mundo y cerca de 20 millones los profesores. En el decenio de los sesenta, los alumnos se incrementaron en un 49% y los profesores en un 58%.19 Este creciente número en la matrícula benefició a los estudiantes al aumentar su eficacia política. Eran fácilmente movilizables y disponían de mayor tiempo libre que los obreros de las fábricas. Se concentraban en las capitales a la vista de los políticos y al alcance de los medios masivos de comunicación. Las movilizaciones de 1968 marcaron un hito en la edad de oro. Esas rebeliones estaban pautando que la sociedad occidental, organizada de esa forma, no era viable. Ese estallido simultáneo abarcó los Estados Unidos y México en América del Norte y casi todos los países de Sudamérica. En la Europa capitalista, las principales rebeliones se registraron en Francia, Italia, Alemania e Inglaterra; y en la Europa comunista se levantaron los estudiantes de Polonia, Checoslovaquia y Yugoslavia. Praga santa, habría que destacar su heroicidad ente los tanques de la mafia rusa. Aunque todas las movilizaciones estudiantiles del mundo desarrollado se caracterizaron por la movilización en masa del nuevo colectivo social que constituían los estudiantes, no todas revestían las mismas motivaciones, y tampoco buscaban los mismos objetivos. En Estados Unidos, la protesta hippie y la de los estudiantes se dirigía contra el reclutamiento para ir a pelear a Vietnam. También los estudiantes aspiraban a solidarizarse con la comunidad negra, cuyos intereses eran muy distintos a los estudiantes universitarios de clase media-alta. En Estados Unidos no hubo, como sí aconteció en Europa, principalmente en Francia, el famoso mayo francés20 una alianza con los obreros. No debemos descartar un factor común que afectó a todo el mundo, y que fue en muchas partes el detonador de las movilizaciones: la nunca declarada guerra de Vietnam21, una guerra sin heroísmo, una guerra miserable, una guerra que generó todos los asesinos de masas del día de hoy. Este conflicto centró la atención mundial, lo que permitió acciones de masas, no exclusivamente estudiantiles. También las madres de los soldados estadounidenses se oponían a la guerra. La movilización obrero-estudiantil europea, más radical e ideologizada que su par estadounidense, pretendía un cambio radical del modo de vida: acometía la tarea titánica de cambiar la sociedad. Allí se encarnaron las últimas esperanzas del marxismo: la utopía salvadora del hombre. Y fue en Francia donde se produjo la máxima expresión de esta idea trascendente con la unión entre obreros y estudiantes en pos de la creación del tan anhelado hombre nuevo, aquel que pregonaba oscuramente Nietzsche. Sí, los años sesenta y principios de los setenta se caracterizaron por la audacia, rebeldía y anticonvencionalismo del fenómeno contracultural, de los movimientos estudiantiles, de la lucha de los negros, de las minorías en marcha, de la libertad sexual y del fenómeno hippie.22 Así se comenzó a luchar por la autogestión en las fábricas, a postular la antijerarquía y el antiautoritarismo como modos de vida. Con sus graffiti y eslóganes comenzaron a reivindicar la libertad personal, la satisfacción de los deseos y las realizaciones privadas, la exigencia de la imaginación. Y en este punto la movilización se apartaba de los objetivos comunes y de la utopía trascendental. La utopía y la creación de la nueva sociedad se realizan en el ámbito de lo público donde son necesarias la disciplina y las organizaciones para llevar adelante cualquier proyecto político. Al universo de lo público no se podía trasladar los deseos personales y el desarrollo de la personalidad individual. Fue en esta vertiente del mayo francés, y luego generalizada a todos los medios estudiantiles, que reivindicaba el desarrollo personal e individual, donde se instalaron nuevas demandas de grupos específicos: las feministas, los homosexuales, los ecologistas, todas las minorías que hoy pertenecen a la desechabilidad de lo humano, según Bauman. Estas demandas dieron paso a los movimientos de la inocultable posmodernidad, donde ya no existe una ideología capaz de movilizar colectivamente a las masas. La juventud quería vivir de manera distinta, más libre, desprovista de prejuicios y normas, desprovista de los mandatos de los viejos, de las reglas de los mayores, de sus dolores, de sus “sacrificios”, de sus deudas que se cobran siempre, de eso que ellos fueron y que nunca comprendieron en sus hijos. Difíciles de entender. La liberalización de las costumbres fue el trasfondo del cambio de valores que se generó en esta época. La liberación sexual caminó de la mano con el nuevo papel que las mujeres reivindicaban en la sociedad. Su incorporación masiva al mundo del trabajo, y al mundo del sexo, puso en cuestión los tradicionales roles asignados a la mujer como madre de familia y esposa, al tiempo que comenzó a cultivar su autonomía e independencia; a reivindicar la capacidad de decidir sobre su propio cuerpo y sexualidad. El control de la maternidad fue determinante en este sentido.23 La novedad descubierta por los medios de comunicación provocó un gran revuelo internacional. La sociedad escandalizada rechazó y criticó a este grupo de jóvenes que se escapaban de los cánones sociales previamente establecidos. No aceptaban la forma de vida que llevaban, la ropa estrafalaria llena de colores, el pelo largo y su discurso crítico, político y pacifista así como la libertad sexual que se otorgaban a sí mismos. En la segunda mitad de la década de los sesentas los maravillosos Beatles, los extraordinarios Rolling Stones, ese mago llamado Jim Morrison, el ángel caído que fue Janis Joplin, ese virtuoso Joe Cocker, el indispensable Jimi Hendrix, las canciones de Led Zeppelin, The wall de Pink Floyd, el extraordinario Santana, Joan Baez y el inigualable poeta Bob Dylan24 entre otros, sin olvidar Woodstock25, Jefferson Airplane, Zappa, The Doors, le pusieron música y letra a la contracultura, le pusieron vida, la vida sin contextos a los jóvenes que salían a la luz, que se escribían la esperaza en el alma sin saber que Spinoza la rechazaba como una pasión mala. Corrían años agitados en los Estados Unidos, con la guerra de Vietnam al fondo y las moléculas de ácido lisérgico (LSD)26 navegando por la sangre de los jóvenes inquietos. Los gurús indostánicos hacían su agosto con recetas de pacotilla y los adolescentes se fugaban de casa para deambular por las carreteras como Jack Kerouac o irse a vivir a las comunas, enclaves bucólicos de la derrota como se vieron en los ochenta. La juventud había decidido abandonar para siempre el conformismo consumista del modo de vida americano y el aspiracional de las clases medias hispanoamericanas o tercer mundistas como luego se les conoció. Se trataba de una auténtica revolución -antes de mayo del 68- que pretendía cambiar las mentes para llegar al otro lado de las cosas. Alicia se había instalado en las cabezas y la consigna era automarginarse para llegar al País de la Maravillas. El movimiento feminista marcó un cambio cualitativo respecto del discurso, el eco y apoyo social de los movimientos de las sufragistas de principios de siglo fue, sin duda, ese pasado glorioso que daba sustento a las mujeres a reclamar, a exigir igualdad. Los sesenta marcaron la ruta de la emancipación a todos los niveles, quizá desde el más pronunciado y taimado que fue la familia. En esos años se iniciaron las campañas en favor del divorcio, del derecho de aborto, de la igualdad de salarios; la no discriminación por razones de sexo. Pienso, con la mano en el corazón, que esas gozosas triangulaciones que se dieron durante esos años, no fueron más que una generosa forma de extender el círculo de nuestras amistades. Pues como enseñan las matemáticas, dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí. Y eso es adulterio. Rilke advirtió que todo adulterio es una historia entre dos personas consumada en una tercera. En otras palabras, toda relación con un tercero no es más que la culminación del amor en la propia pareja. El peor enemigo de esta saludable costumbre es el virus de la moral. Una moral que siempre es ajena y que, por lo mismo, está contaminada por la envidia, los celos o el resentimiento. Tal es el telón de fondo histórico de esta aguda cuestión, consustancial a la definición de un arte verdaderamente contemporáneo: cuáles son las condiciones de una democratización radical de las formas y de los modos de acceso al arte. Pero más allá de esta discusión, pensemos que en la filosofía muchos de los estudiantes y hippies tomaron la filosofía de Sartre, Marcuse, Levi Strauss y Marx como su cimiento político, autodenominándose la “Nueva Izquierda”, detestando la propiedad privada, el machismo, el racismo, el dinero y, aunque no tenían como convicción ayudar a los oprimidos, sí realizaban frecuentemente obras sociales sin pedir remuneración alguna. Los procesos de lucha en contra de la colonización constituyeron otra de las pautas para buscar formas civilizatorias diferentes de la occidental, impulsando el desarrollo de la etnología y la antropología. No obstante, la frustración de las esperanzas llevó a algunos, influidos por la mitificación de las luchas guerrilleras de Latinoamérica, a postular estrategias de guerrilla urbana que coadyuvaron, en varios países, a la formación de grupos terroristas, como las Brigadas Rojas en Italia o el RAF -fracción del ejército rojo- en la República Federal Alemana, la Liga Comunista 23 de septiembre, entre otras, durante la siguiente década. El sueño continuaba pero la represión estatal no permitió nada más, de ahí surgieron las vocaciones asesinas de gobernantes, policías, militares, y toda clase de salvadores patrioteros que amenazaron por siempre a la imaginación que quiso hacerse del poder. III Sí, "trasgresión" fue el término que, como un rayo, iluminó este mundo. Trasgresión, desde luego, como ruptura o desgarradura, movimiento de trazo, de dolor, de llanto, de destrucción de las leyes, normas, valores y códigos. Pero más aún como superación, replanteamiento o construcción de un nuevo espacio, otro ámbito desde donde construir y llevar a cabo otras leyes, otras normas, otros valores y códigos diferentes. Es ya común escuchar decir que los movimientos de vanguardia de los años sesenta fueron "destructivos", pero vale la pena recordar que, salvo algún caso aislado, no estamos ante comportamientos nihilistas, puramente negativos o adolescentes. Por el contrario, la destrucción, la trasgresión, cambio, revolución que se produjo en los sesenta y comienzos de los setenta fue seguida de inmediato de una enorme reconstrucción, de una elaboración de nuevas fórmulas, de códigos distintos y referentes diferenciados que se elaboraron con el respaldo de la encarnizada represión de los Estados. No sólo la insurrección se estaba llevando a cabo a espaldas de los partidos políticos, especialmente de los distintos Partidos Comunistas del mundo, sino que los estudiantes se negaban a crear una organización estructurada al estilo marxista ya que ésta engendraría jerarquías y por ende autoritarismo. Los estudiantes atacaban la racionalidad global del sistema que comprendía al capitalismo y la sociedad de consumo, pero también las asociaciones autoritarias y burocráticas como los partidos y las centrales sindicales. Quizás fue esta postura antijerárquica y antiautoritaria lo que llevó al fracaso de la movilización estudiantil, pues no se puede hacer una revolución al estilo moderno sin determinada disciplina organizativa. Esa libertad de expresión que proclamaban los estudiantes originará otro tipo de movimientos que no pretenderían cambiar la sociedad sino la vida cotidiana de las personas. La revolución, el rompimiento y la trasgresión fueron conceptos que dieron rostro a los años sesenta. La movilización estudiantil, a pesar de constituir un movimiento moderno, negaba las premisas sobre las que se basaba la modernidad: la ciencia y la tecnología. Al pragmatismo utilitario, los jóvenes oponían la imaginación creativa: “La imaginación toma el poder”, “Todo es Dada”, “Creatividad, espontaneidad, vida”, “Ser realista, pedir lo imposible”.27 Podemos sugerir que estos graffiti, no obstante rechazar la racionalidad pragmática de la tecnología, lo que exaltaban no era más que el discurso del Hombre contra el de la despersonalización de la sociedad contemporánea.
Los graffitis además de ser una forma de expresión que circulaban por fuera del circuito comercial y masivo, también eran una manera de ocupar simbólicamente la ciudad, o sea, marcaban una presencia generacional como hoy los esténciles o las calcomanías. Además constituían un enfrentamiento a las pautas culturales de la burguesía. Muchos de ellos fueron una desacralización del patrimonio histórico de la modernidad. Durante las movilizaciones, los jóvenes en París mantuvieron apagadas las luces del "Arco del Triunfo" y ocuparon el teatro Odeón. En México se ondeaba la bandera rojinegra en la gran Plaza de la Constitución. Un graffiti en especial, quizás, resuma la concepción de estos jóvenes acerca de la ética burguesa: “La burguesía no tiene otro placer que el degradarnos a todos”.28 Todo salía de los nichos de refinamiento o de la marginalidad crítica a ciertos espacios de búsqueda intelectual, de difusión selectiva o de experimentación artística donde se alentaban formas de irrupción desde las décadas anteriores. Como efecto de la atención proyectada sobre las imágenes de la ciudad mediática por el pop y el camp, que veían en la publicidad y la historieta una nueva materia artística a trabajar desde la creación plástica informada por el nuevo espíritu de época, y también por las alarmas enunciadas desde la crítica cultural, una parte de las reflexiones de la Escuela de Frankfurt por un lado, algunos de los prólogos o las justificaciones de la nueva semiología y del estructuralismo francés por otro, la focalización de las narrativas de todo tipo pasó a ocupar escenarios nunca antes vistos y de imprevista magnitud.29 Otros antecedentes eran menos visibles. Pocos habían seguido y aun percibido, durante décadas en las que sólo el cine, entre los nuevos lenguajes y medios, había suscitado conflictivas esperanzas en la cultura de elite, la sugerente huella de los primeros impugnadores de las jerarquías consolidadas de géneros y lenguajes. A lo lejos, habían iniciado esa huella los diseñadores de la vanguardia rusa y del movimiento Dada –seguidos por el intento de la Bauhaus que quiso sistematizar la transmisión e implantación de las nuevas perspectivas- que pretendieron construir un arte razonado que llegaba a incluir la publicidad y el diseño periodístico; los impulsores de una expansión de la “nueva visión” al afiche y el poster comerciales, como Cassandre; los filósofos que, como Walter Benjamin aun en los treinta, suscitaron amargas sorpresas pidiendo una redefinición del arte que abriera la posibilidad de la inclusión de la obra atravesada por la reproductibilidad técnica; los precursores del estructuralismo como Roman Jakobson, que despliega a fines de los cuarenta una concepción de la poética en la que se enfatiza su proyección a espacios discursivos “no artísticos”. Los investigadores de la literatura que, como Leo Spitzer, hacían un alto en la consideración de sus objetos académicos para descubrir en la misma época, en cierta ingenua publicidad, la condición de “arte popular” norteamericano; los teóricos del arte como Rudolf Arnheim, pidiendo un “arte radiofónico”, o los artistas como John Cage, intentando producirlo; los escritores emplazados en espacios literarios de alto prestigio como Borges, ocupando el rol de difusores y editores de cuentos policiales; y los analistas de los nuevos lenguajes como Christian Metz, que también en los sesenta propondría, en el espacio de la semiología europea, un tipo de estudio del lenguaje cinematográfico que rompiera no sólo con la descripción o la crítica sino también con los intentos analíticos que, basados en el “imperialismo lingüístico”, no reconocían la especificidad de la problemática de los nuevos soportes narrativos. Desde luego, si nos atenemos a los datos objetivos, las aportaciones más innovadoras y transgresoras de los años sesenta siguen activas, ya que sólo en parte han sido asimiladas en los últimos cuarenta años, se han agotado o están totalmente obsoletas. La poesía, por ejemplo, había pasado a circunscribirse al universo del lenguaje. Mallarmé llegó a decir que “la poesía se hace con palabras, no con ideas...”, para destacar esa nueva visión, para la poesía se había reservado lo innombrable, porque la realidad estaba en ese límite que impone el lenguaje. Las primeras vanguardias profundizaron y ampliaron este concepto, liberando los componentes del habla y de la escritura: las palabras en libertad, la poesía fonética, el collage dadaísta, entre otras, fueron las señales más destacadas de ese cambio de protesta, de incomodidad del infierno en el que se vivía. Fue en esa década donde la liberación pareció completarse y ampliarse a todos los campos. En efecto, desde finales de la Segunda Guerra Mundial, "la escritura" en cualquiera de sus formas posibles -y a menudo imposibles o impropias- fue ocupando todos los terrenos tradicionales de la creatividad. La importancia de movimientos como el letrismo; y la poesía concreta o Fluxus, y de figuras como John Cage, no ha dejado de crecer en las últimas décadas y aún mantienen un atractivo y una fuerza muy considerables. Los años sesenta, contra lo que repiten "de oído" las versiones oficiales de la historia, no fueron años de seguidismo, imitación ni epigonismo. Los movimientos estudiantiles, el mayo francés, el 2 de octubre de México se constituyeron como un síntoma o un termómetro de lo acontecido en la esfera político-cultural de los últimos años del siglo. Cohn-Bendit señaló, luego de 20 años de los sucesos del mayo francés: “Hoy en día, la idea misma de revolución ha desertado de la imaginación de nuestros contemporáneos. Hemos tenido que someternos al formalismo democrático. ¿Pero de qué democracia hablamos? Para mí, se trata de la que tiene la ambición de mejorar las relaciones cotidianas entre los hombres, entre las mujeres, entre los hombres y las mujeres, entre los hombres y los niños, que quiere iluminar nuestra vida cotidiana”. Los ideales colectivos que aglomeraban a varios sectores sociales ya no existen. Hoy vivimos más en función de la vida pública que de la privada y cotidiana. Si la desaparición de las utopías comporta una tragedia no lo sabemos. Habría que preguntarse si las utopías, al indicarnos cuál debe ser el sentido de la vida histórica, no esconden un trasfondo totalitario, un engaño, una vana ilusión. Y esto es válido tanto para la utopía liberal como para la marxista. No se cambió el mundo quizá sólo algunas almas, quizá sólo algunas pautas de comportamiento, quizá se introdujeron nuevos valores, se inició el reconocimiento de los derechos de la mujer, al igual que la liberalización de las costumbres, la democratización de las relaciones sociales y generacionales, incluyendo la disminución del autoritarismo en la enseñanza. Hoy, parece que la lección se ha olvidado y el uso del olvido en la política ha sido efectivo. La nueva derecha alienta el regreso de los principios básicos desacralizados por los movimientos sociales de los sesenta. El ascenso de la derecha puede interpretarse como la liquidación definitiva de la herencia cultural y política de 1968. La estupidez, la ignorancia y lo más regresivo de la sociedad ocupa el lugar de la década dorada en la nueva iconografía política. En México, una oficina, de triste memoria, en la que un “Fiscal especial” que fue acusado de corrupción trató con la frivolidad de la derecha los asesinatos del movimiento estudiantil del 68 y los de la “guerra sucia” del 71, con cinismo sólo alimentó el entierro de los últimos restos del sesentayochismo, ceremonia oficiada con convicción por los nuevos actores de la escena pública de la derecha decente. Una misión asumida sin remordimiento por el nuevo poder. Quizá sólo por eso, nada más… hay nostalgia.
________________________________ 1 Imagina que no hay posesiones,/me pregunto si puedes,/que no hay necesidad de avaricia o de hambre, /una hermandad de hombres. /Imagina toda la gente/compartiendo todo el mundo. 29 Pasada la época beat que duró hasta mediados de los sesenta surge, tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, a partir del año 1965, la música propia de la contracultura que aglutina folk, psicodelia, rock progresivo, grupos de influencia blues y soul, grandes estrellas y solistas de la guitarra, Heavy Metal, rock sinfónico, rock sureño y además un fenómeno que se aleja de las tendencias expuestas y sigue su propio camino en solitario que se denominó Rock Urbano.
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