LA DÉCADA PRODIGIOSA O Alberto Constante
Imagine no possessions If you want to be free, “Cuando los Beatles llegaron al estudio 2 de Abbey Road el 11 de febrero de 1963 poco sabían de la importancia histórica de aquella fecha. Habían estado tocando juntos durante 6 años (Paul y John), se convirtieron en músicos con experiencia para tocar en vivo en Hamburgo y en The Cavern Club. Todas las canciones del disco fueron grabadas en 11 horas, finalizando con la impresionante demostración de John Lennon cantando el Twist and Shout. Aunque la grabación inicial prevista debía realizarse en The Cavern Club fue descartada por obvias razones acústicas” dice Enrique Cabrera en su The Spanish Beatles Page, sin advertir que esa fecha instalaba una nueva inquietud en el corazón de un aguerrido siglo XX: todo pasaba como si prohibiciones, barreras, umbrales, límites se dispusieran de manera que se dominara, al menos en parte, la gran proliferación del discurso, que la multiplicación de los mismos mantenía su riqueza mientras que con una serie de acciones se aligeraba la parte más peligrosa de ese núcleo de lo social que se resistía a cambiar y que su desorden se organizaba según figuras que esquivaban lo más incontrolable; 1963 hizo que todo pasara como si se hubiese querido borrar hasta las marcas de su irrupción en los juegos del pensamiento y de la lengua. Y sin embargo… Las grandes conmociones que preceden a los cambios de civilización parecen estar determinadas por considerables transformaciones políticas: invasiones de pueblos o derrocamientos de dinastías. El siglo pasado no fue menos. Cuarenta y ocho conflictos armados, cuarenta y ocho guerras endemoniadas, brutales, durante todo el siglo devastaron todo lo que había sido la humanidad hasta entonces.3 Un atento estudio de tales sucesos descubre casi siempre, como su causa auténtica y tras sus motivos aparentes, una modificación profunda en las ideas de los pueblos. Las genuinas conmociones históricas no son las que nos asombran en virtud de su magnitud y su violencia. Los únicos cambios importantes, aquellos de los que se desprende la renovación de las civilizaciones, se producen en las opiniones, las concepciones y las creencias, en las formas de valorar y de ver el mundo, en el discurso: el lenguaje está vivo y es el detonador de ese pulso de la vida, como dice Foucault: el problema a trabajar analíticamente en el campo del lenguaje no se sitúa en el nivel de “la lengua que permite decir” sino en el territorio de “los discursos que han sido dichos”;4 ahí se gestan, porque el mundo cambia, en la mirada y en la voz, en el silencio desconsolado, en esa astilla que hiere la carne y nos deja desolados, sin sombra, en el relámpago que destroza violentamente las ilusiones y las esperanzas, los sueños. Ahí cambia, en los pequeños signos y símbolos que constituyen la razón de ser de un pueblo. Los acontecimientos memorables son los efectos visibles de esos pequeños e imperceptibles cambios, cambios invisibles verificados en los sentimientos de los hombres y que se tejen despacio, muy despacio casi anónimamente y luego constituyen las epistemes que construyen las historias. La época actual establece uno de los momentos críticos en los que el pensamiento humano está en sendas de transformación. A la base de esta última se encuentran dos factores fundamentales. El primero es la destrucción de las creencias religiosas, políticas y sociales de las que derivan todos los elementos de nuestra civilización. El segundo, la creación de condiciones de existencia y de pensamiento completamente nuevas, engendradas por los modernos descubrimientos de la ciencia y la tecnología. Aunque conmocionadas, las ideas del pasado siguen siendo todavía muy potentes y, dado que las sustitutas están aún en vías de formación, la edad posmoderna representa un período de transición, de mutación, metamorfosis, desconcierto y crisis. Lo posmoderno5, como enseñó Lyotard, es aquello que discute, choca y alega lo impresentable en lo moderno, su imposibilidad, la no recurrencia, lo que niega el fondo vivo de la existencia y, nada nos veda imaginar que en la presentación misma de la modernidad está ese dolor de lo que se nos muestra decadente; aquello que se niega a la consolación de las formas bellas, al consenso de un gusto que permitiría experimentar, en común, la nostalgia de lo imposible; eso que indaga por presentaciones nuevas, no para gozar de ellas sino para hacer sentir que hay algo que es imposible: lo imposible, la negación explícita de lo más preciado. No resulta fácil decir actualmente lo que podrá surgir algún día de un período así, no necesaria ni forzosamente algo caótico aunque tampoco importa. No debería de importar. En lugar de ser una cosa dicha de una vez para siempre -y perdida en el pasado como la decisión de un amor, una catástrofe climática o la muerte de un artista-, la modernidad, a la vez que surge con su materialidad, aparece con un estatuto, entra en unas tramas, se sitúa en campos de utilización, se ofrece a traspasos y a modificaciones posibles, se integra en operaciones y estrategias donde su identidad se mantiene o se pierde. Así la modernidad da paso a esa condición: una visión circula, sirve, se sustrae, permite o impide realizar un deseo, es dócil o rebelde a unos intereses, entra en la disposición de las contiendas y de las luchas, se convierte en tema de apropiación o de rivalidad.
|
|||||||
| 1/9 | Imprimir Descargar Comentario |
||||||