LOS PRIMEROS 40 AÑOS Aurelio Fernández Fuentes
Hemos recordado los diez, los veinte, los treinta y ahora los cuarenta años del movimiento o los movimientos estudiantiles de 1968, y hay quien dice que la distancia empieza a ser el olvido, aunque hay elementos para no concebir esa razón. Alguien comparaba este lapso con el que separa al propio 1968 de la Guerra Cristera, el Maximato o casi la Gran Crisis de finales de los años 20; a cualquiera de los que entonces participamos nos parecían aquellos episodios la “paleohistoria”. Así que no debiera extrañarnos un creciente desinterés por recordar y una suerte de amnesia inducida, si no fuera por dos condiciones: que el 68 mexicano es el inicio de la etapa histórica que vivimos hasta hoy; y porque hay multitud de compañeros que han mantenido viva la memoria de aquellos acontecimientos a través de sus escritos, de sus acciones y de sus dichos. Además, hay ya algo vivo en la conciencia nacional que nos remite muchas veces al 68. No en todos los casos evocándolo como una gesta democrática y heroica, por cierto, sino como episodio lamentable. Aunque no se crea, el diazordacismo es una convicción viva en la memoria de muchos o aún latente e inconsciente en sectores de la sociedad que evocan aquellos años como los del orden y la mano firme, y los desean para hoy. A mediados de junio de este año, un grupo de poblanos presentamos ante el cabildo de la ciudad capital del estado una iniciativa para suprimir el nombre de Gustavo Díaz Ordaz a una importante avenida. Los regidores nada más debían turnar a las comisiones correspondientes la petición y luego decirnos que no, que es lo que esperamos, pero algunos no pudieron contenerse. Sorprendió que los primeros en saltar fueran los panistas, quienes calificaron a Díaz Ordaz como “verdadero presidente legítimo”, garante de la paz social; y luego, un priista sostuvo que aquel mandatario había suprimido el desorden originado por el movimiento y no había sentencia jurídica que lo culpara. Del priismo no extraña, porque los dos recientes mandatarios poblanos, Melquíades Morales y Mario Marín, dieron inicio a sus campañas electorales en San Andrés Chalchicomula, tierra natal del infausto presidente, y ha existido en las clases gobernantes locales una especie de consigna histórica por defenderlo. Pero los panistas forman parte de aquellos que quisieran tener un presidente fuerte, de mano dura, exterminador de disidentes y críticos, es decir, lo que representa Díaz Ordaz. Si se duda de esta afirmación, véanse las noticias sobre los cursos para policías del municipio de León sobre aplicación de torturas o el ya clásico “me vale madres” del gobernador de Jalisco cuando se le cuestionó por los subsidios que otorga a la iglesia católica de aquel estado. No tengo duda de la acreditación actual del tema 1968, a pesar de que se percibe una falta de entusiasmo por conmemorar o aún celebrar su memoria. La memoria se refuerza con la producción de excelentes libros hechos este mismo año, como el de Francisco Pérez Arce (El Principio. 1968-1988: Años de rebeldía. Itaca), y el texto sísmico de El Búho, Eduardo Valle Espinosa (El año de la lucha por la democracia. Océano).
LO QUE HAY Y NO HABÍA Hay una reflexión que merodea en la cabeza de muchos compañeros: como resultado de la lucha librada desde entonces, ¿en qué ha cambiado nuestro país? Desde luego, la vida cotidiana expresa muchísimos rostros nuevos, buenos y, sobre todo, malos. La tecnología de la comunicación, por ejemplo, ha mostrado el potencial creativo humano de manera extraordinaria, tan capaz como la ambición de los empresarios que la han aprovechado. En 68 no era pensable conocer telefónicamente el paradero de alguien que, además de tener uno de esos teléfonos negros y pesados, no estuviera en su oficina o su casa a horas apropiadas; hoy ponemos celulares a nuestros hijos para saber en qué antro se expondrán a la acción policiaca. Eso, si no los localizamos antes en el chat, el blog, el jaifai, su feisbuc, o en su maispeis. Los sesentayocheros somos padres y hasta abuelos. Nuestros descendientes jóvenes no pueden disfrutar del “despertar” sexual como lo hicimos nosotros, porque despertar usando condón es como abrir los ojos teniendo muchas chinguiñas; nosotros sólo teníamos que comprar unas pastillas anticonceptivas (hechas, presumíamos entonces, con base en una raíz mexicanísima, el barbasco) o robarles a nuestros padres los óvulos, la espuma o --algún atrevido o atrevida-- hasta el diafragma. Hoy, antes de emprenderla, se debe pensar que hay un virus de acción incurable y mortal que los acecha en cada amorosa ocasión. Las familias tienen mucho de diferentes. Casi nadie le habla de “usted” a sus papás hoy en día, y los descendientes tienen más movilidad, a sabiendas o a escondidas, pero se desplazan más y hacen cosas antes prohibidas. Sin embargo, es posible que la mayor transformación en las familias se haya suscitado por la emigración a Estados Unidos, que a estas alturas alcanza cifras oficiales de medio millón de personas al año. Hay pueblos, muchos, en los que no puede hablarse de “jefes”, sino de “jefas de familia”; y en muchísimos casos ese papel lo ocupan los abuelos o hasta los hijos o hijas mayores, mientras se van... El país ha perdido debido a la emigración millones de personas, tal vez para siempre, que tienen gran capacidad para sacarlo adelante. Otro gallo cantaría si esos compatriotas estuvieran aquí para producir, para pensar, para crear, para desplegar a sus familias. En los 50 y 60 se hablaba de braceros; hoy se habla de remesas salvadoras. A nadie se le negaba un vaso de agua en 1968. Hoy no hay más remedio que comprar las embotelladas, tan caras y que tanto dañan el ambiente por los millones de envases arrojados al arroyo. No había refrescos light ni comidas colesterol o sugar free, pero tampoco éramos campeón mundial de obesos, ni era la diabetes la primera causa de muerte; no había maíz transgénico y a nadie se le hubiera ocurrido hablar públicamente de la privatización de Pemex. Existían muchas pulquerías todavía y, aunque el tequila no tenía la fama mundial de hoy día, no creo que hubiese alguna fábrica tequilera propiedad de extranjeros. En la actualidad no queda más que una o dos de mexicanos. Uno podía darse un baño de asiento en el riachuelo de los viveros de Santa Cruz que ahora mismo están siendo urbanizados; chapotear en Los Ahuehuetes, al lado del río Nexapa, actual paraíso de coleiformes y desechados artículos de plástico; y hasta cruzar a nado la presa de Valsequillo --donde no existía el Áfricam-- embalse en el que pudiera haberse filmando la escena final de Terminador II, cuando se derrite el monstruo futurista. Hasta era posible meter los pies en el río Churubusco, en alguno de los afloramientos existentes, y las películas exhibían secuencias con personas tirándose al agua desde las trajineras en Xochimilco sin aparecer al día siguiente en la morgue. Nosotros intentábamos atrapar tortugas, visibles en las noches gracias a las linternas Everready de lámina, en la pocita del Batán, donde ahora hay un Cereso por un lado y un hospital para locos, del otro, y a la pocita la secaron después de convertirla en un muladar. Más allá de estos lunares del tiempo, hay que preguntarse sobre las cosas que queríamos cambiar entonces y los resultados a tantos años vista. Luchábamos por un México sin autoritarismo y democrático. Quizá esto es lo que más pueden presumir como cambio los exégetas de lo que ocurre en nuestro días, pero ¿en serio somos un país democrático? Entonces gobernaba el PRI atendiendo los intereses de los empresarios, firme respaldo del gobierno de Díaz Ordaz porque se enriquecían buenamente con el modelo económico. Hoy gobierna el PAN atendiendo los intereses de los empresarios quienes se enriquecen buenamente gracias al modelo económico. Claro que entonces podíamos hablar de un empresariado con una sensible mayoría de mexicanos en el control del capital, y actualmente la tendencia es a que cada vez más áreas de la economía nacional, sobre todo las estratégicas (Banca, generación de energía, turismo, bienes de capital) sean controladas por grandes consorcios internacionales. Los empresarios nacionales parecen incapaces de comprender que su apego a la ideología neoliberal no les permite ver que la aplicación de ésta es causante de la reducción de su número y control sobre los procesos económicos. Quizá no les preocupa esto a sus dirigentes –verdaderos charros de la Iniciativa Privada—porque ellos han cambiado de oficio y ahora son destacados políticos, sobre todo panistas, y quizá ganen más en esta nueva chamba. Para garantizar la situación de privilegios en ambos momentos se echó mano de “lo necesario”: en los sesenta y setenta, la corrupción, la represión descarnada y el fraude electoral, legal o ilegal. En los 2000, se vuelve a emplear la corrupción, la represión disimulada en lo general o descarnada cuando no hay de otra (Atenco, Oaxaca, Guadalajara...) y el fraude electoral, legal e ilegal. ¿Fraude legal? Sí, legal. A los que creyeron que el Instituto Federal Electoral era la llegada del Mesías Democrático (y Tropical) habrá que recetarles el “lástima Margarito”, porque el Poder se las arregla para conservarse a sí mismo, como lo vimos en 2006, como lo vemos ahora, como lo vimos en 1968-71, 1988, 1994... Finalmente siempre ha puesto a todos los órganos a su servicio, incluso, o específicamente, cuando ganó Fox. Lo ocurrido en 2006 para impedir de manera legal e ilegal que llegará al poder López Obrador es, además de una infamia, un claro indicador las medidas que están dispuestos a tomar los propietarios de las palancas del Poder para impedir la más mínima mengua de sus privilegios. Luchábamos por un México más justo, menos desigual, y en este terreno los resultados son, sin exagerar, aterradores. ¿Hay más pobreza actualmente? Desde luego. ¿Hay más polarización en la distribución del ingreso? Por supuesto. ¿Hay peores condiciones materiales de vida en el campo y la ciudad? Sin duda alguna. Véanse los datos de la caída en los salarios reales, en el desempleo y subempleo. En el campo hay un drama tremendo; mientras se han conseguido algunas fortunas, esas sí cuantiosas con el TLC, la mayoría de los campesinos se han visto afectados por las políticas neoliberales. La media de edad del campesinado nacional es de más de 55 años, lo que demuestra el abandono de las tierras y el quehacer, lo que nos tiene atados de cuello en materia de solvencia alimentaria. Un punto crucial es el de la libertad de prensa. Sin duda, uno puede expresar lo que quiere, excepto, a riesgo de perder la vida, en temas de narcotráfico. Pero no puede expresarlo donde quiera. Aquí está la clave del asunto. Escribir lo que se cuenta hoy en La Jornada, Proceso y ocasionalmente en otros espacios era impensable en 1968. Incluso los medios controlados o controladores (según se vea) pueden hoy darnos cuenta de temas que no se conocían entonces. Pero la acción de gobierno trata siempre de reducir al mínimo las expresiones de crítica contundente, por eso no compra publicidad a los medios incómodos y aún los acosa, los impresos sobre todo, y pacta jugosas transferencias gubernamentales a los “aliados”, a veces en forma de contratos a veces como prerrogativas diversas. Una diferencia que debe registrarse es que mientras en los 60-70 el poder político controlaba a los medios, los grandes medios electrónicos controlan hoy en buena medida al poder político. La retracción hecha por la Suprema Corte de Justicia --en obvio acuerdo con Calderón, las cámaras legislativas y los partidos-- a la Ley Televisa el año pasado fue un intento de los políticos por evitar la consumación total de esta inversión de dominio, pero no consiguió lograrlo del todo. De cualquier manera, los intereses que representan el poder federal, la mayoría de los gobernadores y los grandes consorcios son los mismos; sólo es cosa de personificaciones. Vistas bien las cosas, la cobertura que los medios alineados tienen entre la población es muy poco diferente a entonces, con todas las modalidades tomadas en cuenta. Sin embargo, no hay que desmerecer los espacios abiertos a la crítica y la denuncia, porque es la acción y el lugar en que se ha recreado y fortalecido la acción social impulsora de los cambios, la que representa los sectores sociales capaces de llevar a cabo las transformaciones necesarias. La internet, los mensajitos telefónicos y el mundo de recursos modernos al alcance de muchos es una vía para la libertad de la información, la reflexión y el pensamiento. Pero también un escape a la experiencia individual insustituible (Subirats dixit) y propicia esa suplantación que los medios hacen de la realidad. Cuando Marcelino Perelló regresó a México, a fines del 1987, un reportero le preguntó si percibía cambios ocurridos en nuestro país en esos 20 años posteriores al movimiento. Él consideró algunos y calificó los resultados del movimiento como una “revolución ontológica”, pero dijo que habíamos fracasado en un propósito que quizá era el central, aunque no fuera explícito en el pliego petitorio: acabar con la corrupción, y que en esta materia estábamos igual o peor. Hace algunas semanas, la organización Transparencia Mexicana presentó una encuesta nacional con datos de la corrupción cotidiana, yo diría, sin parangón alguno, la que se da “en familia”, en la calle. Son datos preocupantes, sin duda. Pero cuando se les pregunta a los autores por qué no hablan de la corrupción gubernamental, la que se hace con las grandes compañías constructoras, las proveedoras de bienes y servicios, las transnacionales de la energía, su respuesta es más o menos decir que “es muy difícil saberlo”. No es así, todas las personas que se aproximan a los quehaceres gubernamentales saben que los flujos de dinero que se manejan en esas operaciones son los verdaderamente alarmantes, los que sangran al país más que nada. Nos hemos dado de un conjunto de instituciones que intentan frenar la corrupción: las contralorías de los gobiernos y las cámaras de diputados, los reglamentos de adquisiciones, las comisiones de transparencia; más que nunca, hacer un trámite es lo más complicado que hay y eso retrasa o anula la realización de obras y acciones para el desarrollo verdadero. Pero nada ha funcionado y es posible que los márgenes de corrupción gubernamental sean más altos que nunca, a pesar de la inmisericorde tramitancia de las cosas. Hemos fracasado rotundamente en esta tarea. Un exfuncionario de Sedesol contaba, cuando descentralizaron a los municipios muchas obras públicas, que hasta ese momento, los funcionarios cobraban alrededor de un diez por ciento a los proveedores de bienes y servicios, el célebre “diezmo”, pero que las administraciones municipales habían establecido una media del 30 por ciento, lo que encarecía las operaciones en la misma proporción. Ya sé que alguien dirá que me quedo corto porque hay funcionarios que cobran hasta el doble del costo, lo cual es cierto, e incluso quienes cobran por obras que nunca realizarán, también dobleteando comisiones. Esto pasa en 2008. Hasta la ayuda para damnificados por desastres se ha vuelto jugoso negocio para los funcionarios, superando cualquier escrúpulo si es que les quedaba alguno. No hay que argumentar mucho para compartir la percepción social generalizada de que la seguridad pública es un desastre. Tanto para el ciudadano “de a pie” por los robos, violaciones, secuestros cotidianos, como por la violencia sin igual que produce la lucha entre y contra el narcotráfico. El número de muertos de Calderón no tiene comparación (recordando el anuncio de Chaparritas El Naranjo) con ningún presidente en los últimos 80 o 90 años. Hay muchos temas que se deberían desplegar en esta reflexión, pero no es posible aquí y ahora. Sin embargo, no quiero omitir la posibilidad de reflexionar con el lector sobre lo dicho antes y lo no dicho, para lo cual les propongo “llenar” el siguiente cuestionario sobre lo que podría ser un comparativo entre 1968 y 2008:
Esta situación desastrosa, inquiero yo, ¿se deberá a que cambiamos las cosas? ¿Estábamos mejor en tiempos de Díaz Ordaz? No. Precisamente se debe a que, en lo esencial, no las cambiamos, a que los jóvenes que nos rebelamos entonces no hemos podido gobernar este país y lo siguen haciendo los representantes de los mismos intereses que mandaban entonces. Ellos cambiaron para no cambiar las cosas, y nosotros no cambiamos, pero tampoco las cambiamos. LA BUENA “Perdón por la tristeza”, dice por ahí una canción de Sabina. ¿Algo habrá ocurrido para bien? Creo que sí. Ya he hablado de una serie de espacios que se abrieron gracias a aquellos impulsos, la “revolución ontológica” de Perelló, aunque cosas fundamentales están igual o peor. Sin embargo, una transformación sustancial, trascendental, que resultó de las luchas de los sesenta y las posteriores es una condición social diferente a la de entonces. Si en 1968 se hubieran utilizado las encuestas de opinión pública como se hace ahora estoy seguro que el movimiento hubiese sido condenado demoscópicamente. El impacto del movimiento en ese momento fue enorme, aunque no se enlazara con la mayoría de la población, pero la importancia que alcanzó posteriormente superó lo ocurrido aquellas nueve semanas y media. Hoy existe en México una proporción de la sociedad mucho más atenta, crítica y dispuesta a movilizarse por diferentes razones en contra del poder. Entre 1968 y 1975 salir a la calle a manifestarse era una hazaña que podía costar la vida. Ahora cualquiera bloquea una autopista porque no le han abierto un jardín de niños. Eso refleja una propensión a participar en protestas ciudadanas, aunque a veces se abuse. Las movilizaciones de 1985 en la ciudad de México para enfrentar la catástrofe ocasionada por los sismos superó la acción gubernamental sensiblemente; no fue una marcha o un mitin de protesta, fue la rabia por el dolor y por la incapacidad y corrupción gubernamentales lo que la produjo. Movilizaciones opositoras posteriores fueron crecientes, en particular las elecciones de 1988 que arrebataron el poder a la izquierda moderada de Cuauhtémoc Cárdenas. Pero lo ocurrido en 2006 es todavía más significativo ya que no sólo fue un movimiento electoral como el de Cárdenas, sino que se ha convertido en una corriente de acciones novedosas y creativas de cara a problemas medulares como la propiedad de la renta petrolera, aglutinadas por López Obrador. El ingeniero no quiso encausar la enorme energía que atrajo en 88 por un temor, justificado desde luego, de que el país se incendiara; se limitó a engendrar un partido a su modo y medida que lo marcó para siempre y lo convirtió en el mazacote que hoy conocemos. En cambio, el tabasqueño no ha perdido oportunidad de mantener viva la acción ciudadana más cercana a él para conseguir logros como la detención del acuerdo PRI-PAN que iba a llevar fast-track a la privatización de la renta petrolera. López Obrador cuenta con un movimiento poderoso que ha sido capaz de forzar además un debate ampliamente ganado por la corriente nacionalista –aunque luego los senadores voten de manera privatizadora - y que es capaz de muchas cosas más. Contamos entonces con una sociedad viva, dispuesta a entrarle a los cambios necesarios. No pasa esta voluntad por las organizaciones ni los partidos políticos, quienes de una u otra manera son parte del stablishment, como nos gustaba decir entonces, y están compuestos mayoritariamente en sus estamentos de control por individuos llenos de intereses personales; son profesionales de ese quehacer, lo que quiere decir, defensores de sus preocupaciones materiales antes que otra cosa. Por eso la gente prefiere confiar en la persona que le da confianza, como ocurre hoy con el Peje, aunque haya cometido multitud de errores. La disposición de la gente a entrarle, es muy superior a la que vimos hace 40 años. Y, por cierto, entre los menos entrones hoy día están, paradójicamente, los estudiantes. Habrá que ver por qué. Unas palabras finales. El 68 es el parteaguas histórico del México contemporáneo, dijo Paz y a todos nos cayó muy bien el concepto. Como dicen los más viejos del movimiento, el 68 es en realidad los Sesenta, y se resuelve hasta mediados de los Setenta. El repetidísimo “Dos de octubre no se olvida” ha sido el vehículo, al menos lingüístico, que ha posibilitado la trascendencia popular del movimiento, pero reducir a esa fecha lo vivido es un error grave. El Dos de octubre no se olvida ni se debe olvidar, pero a mí no me gusta recordarlo. Es el final del movimiento, su derrota momentánea, su dolor máximo. El 68, como condensación de los Sesenta, fue sobre todo una fiesta, la fiesta de la rebeldía, de la subversión, de la irreverencia, del despertar sexual y sobre todo ético y anímico. En esto radica su fuerza y no en la martirización, aunque este recurso sea indisoluble. Si pensamos y actuamos como en aquel año, todo está por empezar. (...) Lugares Comunes |