PAZ EN EL 68

                                 Julio Glockner
Universidad Autónoma de Puebla

Nosotros todavía no aprendemos
a pensar con verdadera libertad.
No es una falla intelectual sino
moral: el valor de un espíritu,
decía Nietzsche, se mide por su
capacidad para soportar la verdad.
                                      Octavio Paz

A poco más de un año de la matanza de Tlatelolco y después de haber renunciado como embajador de México en la India en señal de protesta, Octavio Paz publicó un libro, Posdata, que tuvo su origen en una conferencia pronunciada en la Universidad de Austin. Este texto, que actualizaba su visión de México expuesta en El laberinto de la soledad,  desató, más que una polémica, una condena colectiva a su autor por haberse atrevido a plantear una lectura diferente de los sucesos del 68. Recuerdo que esa discusión llegó hasta los pasillos de la preparatoria donde estudiaba entre los profesores de sociología y filosofía, uno de ellos, Diego Seijas, nos recomendó leer Posdata. Como aún no pasaban por mis manos textos marxistas que leería poco después y durante muchos años, no tenía el prejuicio de considerar que la lucha de clases, y sólo ella, era capaz de las grandes transformaciones sociales que nos conducirían, cumpliendo las “leyes del desarrollo histórico”, al socialismo, de modo que no encontré en el libro de Paz nada que me pareciera condenable. Recuerdo, en cambio, que había partes incomprensibles para mí. Treinta y tantos años después vuelvo a leerlo y confirmo que es un libro brillante y certero en muchos sentidos. Las ideas que antes me parecieron oscuras hoy las considero carentes de sustento y quisiera explicar por qué al final de este artículo. 

En la entrevista que Julio Scherer le hizo cuando iba a cumplir 80 años y que volvió a publicar Proceso recientemente, Octavio Paz recuerda que sus ideas fueron criticadas duramente tanto por los voceros del gobierno como por los intelectuales de izquierda. Unos empeñados en la preservación del sistema político y económico, y otros en la instauración, por medios revolucionarios, del socialismo. No me interesa detenerme aquí en la lógica de los apologistas del gobierno de Díaz Ordaz, que sigue siendo la misma de los pequeños déspotas que le rinden homenaje cada año. Me interesa en cambio la respuesta de quienes, desde la izquierda, no aceptaron el análisis de Octavio Paz, que concluía afirmando que la salida para México no era una revolución al socialismo sino la creación de una auténtica democracia, no circunscrita al ámbito político sino que comprendiera la justicia social. Paz siempre insistió en la necesidad de rescatar simultáneamente las dos grandes tradiciones del pensamiento político occidental: liberalismo y socialismo. Sabiamente equilibradas estas corrientes podían confluir en una sociedad donde se gozara de libertad y equidad. ¿Cuántos militantes o simpatizantes de izquierda que defendieron las tesis revolucionarias le darían hoy la razón a Octavio Paz? Y sin embargo continúan sin conocerlo. Es un grave error privarse de la lectura del escritor más lúcido y creativo que dio el siglo XX mexicano.

Posdata es un libro de interrogantes centrales y afirmaciones fuertes y novedosas. ¿Podremos concebir un modelo de desarrollo que sea nuestra versión de la modernidad? Se pregunta. ¿Proyectar una sociedad que no esté fundada en la dominación de los otros y que no termine ni en los helados paraísos policíacos del Este ni en las explosiones de náuseas y odio que interrumpen el festín del Oeste?

En un México, entonces sí, con crecimiento económico y cabalgando sobre la demagogia del desarrollo y el progreso, Paz hace un alto para cuestionar la forma en que éstos términos han encarnado en la realidad mexicana. El desarrollo, dice, ha sido hasta ahora lo contrario de lo que significa esa palabra: extender lo que está arrollado, desplegarse, crecer libre y armoniosamente. “El desarrollo ha sido una verdadera camisa de fuerza. Una falsa liberación: si ha abolido muchas de las antiguas e insensatas prohibiciones, en cambio nos agobia con exigencias no menos terribles y onerosas… El otro México, el sumergido y reprimido, reaparece en el México moderno: cuando hablamos a solas, hablamos con él, cuando hablamos con él, hablamos con nosotros mismos.” Y sobre el progreso, esa perniciosa idea de la modernidad occidental, dice que es un extraño padecimiento que nos condena a prosperar sin cesar para así multiplicar nuestras contradicciones, enconar nuestras llagas y exacerbar nuestra inclinación a la destrucción. ¿Alguien puede poner en duda estas palabras viendo la devastación ecológica, el desorden demográfico, la creciente pobreza, el caos urbano, la fealdad y la suciedad brotando por todos lados? La filosofía del progreso –concluye Paz- muestra al fin su verdadero rostro, un rostro en blanco, sin facciones. Ahora sabemos que el reino del progreso no es de este mundo: el paraíso que nos promete está en el futuro, un futuro intocable, inalcanzable, perpetuo. El progreso ha poblado la historia de las maravillas y los monstruos de la técnica pero ha deshabitado la vida de los hombres. Nos ha dado más cosas, no más ser.

Una vez desplegado este desalentador panorama tiene sentido pleno la causa que motivó la rebelión juvenil de los años sesenta. Pero antes de entrar en la caracterización de los distintos movimientos estudiantiles, Octavio Paz hace una observación de fondo: “El sentido profundo de la protesta juvenil –sin ignorar ni sus razones ni sus objetivos inmediatos y circunstanciales- consiste en haber opuesto al fantasma implacable del futuro la realidad espontánea del ahora. La irrupción del ahora significa la aparición, en el centro de la vida contemporánea, de la palabra prohibida, la palabra maldita: placer. Cuando digo placer no pienso en la elaboración de un nuevo hedonismo ni en el regreso a la antigua sabiduría sensual –aunque lo primero no sea desdeñable y lo segundo sea deseable- sino en la revelación de esa mitad oscura del hombre que ha sido humillada y sepultada por las morales del progreso: esa mitad que se revela en las imágenes del arte y del amor. La definición del hombre como un ser que trabaja debe cambiarse por la del hombre como un ser que desea.”

 
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