EL IMPACTO DEL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL
DE 1968 EN LA CONFORMACIÓN DE LAS
GUERRILLAS URBANAS EN MÉXICO

                                         Adela Cedillo
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Si la importancia de los procesos históricos se pudiera medir en función de la producción historiográfica que suscitan, el movimiento que se desarrolló entre el verano y el otoño de 1968 (M-68) en el Distrito Federal podría ser considerado el más trascendente de la historia mexicana contemporánea. Si bien este movimiento representó uno de los principales puntos de inflexión en la época de la guerra fría en México, el hecho de que goce de tanta popularidad es atribuible tanto a la cantidad y calidad de sus participantes (muchos de los cuales han plasmado sus testimonios y reflexiones por escrito), como a la aceptación social que tuvo, lo que algunos han calificado como el triunfo de la batalla cultural por la memoria.1

El movimiento estudiantil del ’68 ha sido el único rescatado para la posteridad a partir de una valoración fundamentalmente positiva, que lo ubica como el gran “parteaguas” político de la historia mexicana reciente. No obstante, esta interpretación tan consolidada y poco debatida, remite al problema de reconocer los alcances del mito o la verdadera dimensión del fenómeno, pues ciertamente el M-68 no logró la apertura efectiva del sistema político, como sí lo consiguieron los quince años de actividad del movimiento armado socialista urbano y rural (1962-1977), que desembocaron en una reforma política que en 1977 posibilitó el reconocimiento legal de los partidos de oposición. ¿Habrá sido sobrevalorado el M-68 como una estrategia permitida y alentada por el gobierno para minimizar la importancia de la lucha guerrillera? Esta es una pregunta difícil de responder, a la luz del escaso interés que ha suscitado el fenómeno de la llamada “guerra sucia” de los setenta, pero si se concede que la lucha armada tuvo mayores alcances políticos que el M-68 en sí mismo, estaríamos ante la paradoja de que no fue el movimiento estudiantil reprimido sino uno de sus subproductos el que marcó un hito en la política nacional.

Evidentemente, el M-68 no fue la causa primaria de la aparición del fenómeno del guerrillerismo -cuya primera oleada puede datarse entre 1962 y 1968-,2 pero su desenlace represivo sí tuvo una importancia capital en el desencadenamiento del clima de violencia que marcó al país a lo largo de la década de los setenta, y fue una poderosa motivación para los actores que protagonizaron la segunda oleada guerrillera, entre 1968 y 1982.

A cuarenta años del M-68, considero prioritario ampliar el horizonte historiográfico y abandonar las interpretaciones “aislacionistas” del sesentayocho, a fin de enfocarlo también como la plataforma que vuelve inteligibles otros fenómenos, entre ellos el de la soterrada “guerra sucia” mexicana. Este ensayo no persigue otro objetivo que mostrar los efectos inmediatos del M-68 entre aquel sector de estudiantes que, radicalizados por el terror estatal, cambiaron las ciudades por las sierras y las aulas por las casas de seguridad. En la primera parte abordo someramente los acontecimientos más importantes del M-68, en la segunda describo la partición del espectro de la izquierda armada a partir de la matanza de Tlatelolco y en la tercera concluyo con una reflexión sobre la opción gubernamental por la guerra preventiva.

El ’68 mexicano, una historia de alegría y terror
En el M-68 mexicano confluyeron una coyuntura internacional propiciatoria, conocida como la revolución cultural del ’68, con los turbios juegos de poder propios de la sucesión presidencial, así como el despertar de la sociedad civil, particularmente el de una franja de profesionistas, maestros y estudiantes de diversas instituciones y niveles educativos, afectados por la sensible caída del gasto en educación durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, resultante de la masificación de la vida. 

La sociedad civil que construyó el M-68 y que fue a la vez construida por él,  no sólo se configuró como un espacio autónomo del Estado, sino que también fue independiente de las organizaciones de izquierda fraccionadas hasta el infinito. Parece casi una obviedad decir que el M-68 no fue de izquierda ni aspiró al socialismo –pese a que sus principales dirigentes hubieran sido en su mayoría militantes del Partido Comunista Mexicano o de alguna otra organización socialista–, pero no está de más hacer hincapié en su carácter plural, incluyente y excepcionalmente masivo, así como en su falta de uniformidad ideológica y en la centralidad de su lucha por las libertades democráticas. Precisamente, la gran herejía de este movimiento de masas fue anteponer el valor de la libre participación ciudadana al de la unidad nacional encarnada en el PRI. Para los llamados sesentayocheros el discurso oficial del nacionalismo revolucionario era obsoleto y el forzado consenso priísta agonizaba.

El cambio en la percepción del sistema político determinó que ciertos hechos aparentemente fortuitos desencadenaran un movimiento de grandes proporciones. Una gresca entre estudiantes preparatorianos de signos opuestos, que por si sola no hubiera tenido mayor relevancia, marcó el inicio del conflicto, pues en el contexto de la proximidad de los XIX Juegos Olímpicos a celebrarse en la Ciudad de México en octubre, el gobierno sintió una gran presión para preservar la paz pública sin el menor indicio de alteración. No obstante, la brutalidad de las fuerzas del orden provocó exactamente lo que se quería evitar: que los diarios se llenaran de noticias sobre “zafarranchos” entre estudiantes y corporaciones policíacas y militares, y que las manifestaciones de descontento fueran in crescendo.

 

 
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