VÍCTOR Y LA OTRA CARA DEL 68 Javier Rico Moreno Desde niño te gustó jugar con fuego. Una tarde, mientras las nubes blancas hacían más apacible la tarde de Tlalpan, Lucía me contó cómo había terminado aquella intrépida aventura de pirotecnia infantil a la que te lanzaste con Josefina. Aunque era dos años mayor que tú, a Josefina se le llenaron los ojos de espanto cuando vio tus manos de Prometeo mortal envueltas en llamas; entonces te llevó a jalones hasta el lavadero de piedra y te hizo meterlas al agua de la pileta para que se apagaran. Y luego no se le ocurrió otra cosa que cubrirlas con un trapito blanco. Por eso las cicatrices que te dejaron el dorso de las manos con un relieve como de papel maché. Por eso, porque desde niño te gustó jugar con fuego, la helada imagen de tu muerte se me escurrió por el espinazo aquella noche, ya fría de por sí. Yo había visto una sombra que se acercaba a lo lejos por en medio de la banqueta flanqueada de truenos, esos árboles tan de Tlalpan siempre llenos de hojas verdes. Sin verte bien supe que eras tú. Apareciste de repente como un cometa. Supe que eras tú porque ese andar de pasos largos, desafiante, nervioso y juguetón te delataba a la distancia. Te uniste al ritual entre los saludos y miradas de aprobación de los más viejos, que pronto recordaron tus hazañas. Luego llegó aquel forastero montado en su bestia de acero. Lanzó el reto y fuiste el único que aceptó, a pesar de que los vapores del alcohol ya menguaban tus reflejos. Montaste en las ancas de aquel caballo endemoniado que cruzó la noche con el estrépito y la velocidad de un rayo. “Éste no va a regresar” –pensé, mientras una angustia me mordisqueaba las entrañas. Me pareció ver que en un pequeño salto aquella bestia te lanzaba por el aire, y tu humanidad –carne de mi carne– quedaba regada en el pavimento, mientras el forastero huía en su Harley Davidson. Pero no fue así. Una vez más volvías victorioso, mostrando aquella cínica sonrisa, diciéndole al mundo que otra vez habías saltado el filo de la navaja. Y mírate ahora... No hubo necesidad de curarte ninguna herida (vaya, ni siquiera un raspón), pero me sentí tranquilo hasta que te acosté en mi cama para que un poco de sueño te bajara la borrachera. Seguro que aquella noche, o lo poco que quedaba de ella, soñaste con centauros. Al otro día te desperté temprano y te saqué de la casa a escondidas para que Lucía no viera. Eras la oveja negra de la familia, ¿recuerdas? Y así como habías aparecido te volviste a esfumar; tu imagen se perdió a lo lejos, con ese andar de pasos largos, desafiante, nervioso, juguetón. Aquella noche –como muchas otras– yo estaba ahí entre la tribu gracias a ti. Sí, usufructé el prestigio que te labraste a fuerza de puñetazos, de dientes en el piso, de costillas rotas y de caras sangrantes. Entre la tribu eras figura legendaria: con tu pequeña estatura venciste un día al más fuerte de los guerreros. Tus gestas fueron mi halo protector; nunca fui tan diestro como tú para la guerra callejera, pero en la tribu era un iniciado al que todos trataban con respeto por ser el hermano menor de aquella figura legendaria a la que todos conocían como “El Foco”, y que un día dejó la tribu para buscar su destino en lejanas regiones. Y mírate ahora... Siempre te gustó jugar con fuego. Quizás por eso siempre andabas de aquí para allá, librando batallas: las que el mundo te ponía enfrente o las que tú mismo inventabas como un Quijote adolescente y urbano. De vez en cuando un asalto, rompiendo el corazón de las muchachas que sucumbían a tu encanto, enloqueciendo a las mujeres maduras, burlando la ley, saltando el filo de la navaja. Homo viator, aprendiz andante de cínica figura, parecía que no había en el mundo un lugar donde pudieras echar raíces. A veces regresabas de tus viajes misteriosos por míticas regiones y me contabas tus sagas. Guadalajara, tal vez Tijuana; nunca se supo a ciencia cierta. A veces regresabas sólo para alborotar mis ansias de tener cerca un hermano mayor que llenara el vacío del padre. Llegabas con tus pantalones acampanados a rayas, tarareando una canción de Carlos Santana o de los Rolling Stones (sólo tarareando, porque no sabías inglés). Me aconsejabas en el arte de jugar la defensa central, cómo barrer en el área grande, meter el cuerpo para desplazar a los contrarios o darle efecto al balón. Entonces me sentía feliz. Pero eso duraba poco, luego volvías a tus batallas. Y mírate ahora... Además del fuego también te gustaba jugar a las imposturas. ¿Te acuerdas que me contaste de una tarde en Iztapalapa? Corría el año de 1968. Aceptaste la oferta de aquel niño para bolearte los zapatos, y mientras él estaba en cuclillas alzaba el rostro y te miraba con ojos de admiración, te pregunto si eras “estudiante”, y tú le dijiste que sí (eso le decía tu juvenil aspecto a todo el mundo). La emoción le hizo abrir más los ojos y te preguntó si era cierto que los estudiantes ya tenían armas. Tu respuesta no pudo ser más que el impulso para desatar un mito urbano en la mente de aquel pequeño juglar. Y mírate ahora... ¿Cómo fuiste a morirte así? Ahí nomás…, ahogado boca abajo donde toman agua las vacas, en aquel rancho de frío y de sequía que queda en no sé dónde. Dicen que para sepultarte caminaron con tus restos a cuestas más de dos horas. Hasta allá llegó Josefina para amortajarte, ahora sí de cuerpo entero, incluyendo tus manos con ese relieve en el dorso como de papel maché. Y también para echar un puño de tierra sobre la humildad escandalosa de tu ataúd. No te acompañó ningún miembro de la vieja tribu; algunos ya habían muerto antes que tú, y los que aún quedaban vivos supieron de tu muerte mucho tiempo después. También a ellos les resultó absurdo que un héroe de la tribu muriera ahogado donde toman agua las vacas. Los habitantes de aquel rancho te habían acogido con benevolencia, a pesar de tu naturaleza de animal urbano en decadencia. Consternados, se preguntaban unos a otros si no te habrían asesinado (¿algún lío de faldas, de drogas, de alcohólicos?). Pero no –se respondían de inmediato–, ¿cómo?, si el pobre se llevaba bien con todo el mundo. Y era cierto.
* * * * * Cronológica y culturalmente, Víctor perteneció a la generación de 1968, aunque no fuera estudiante. Como los otros de su generación, fue un rebelde empecinado; pero no contra lo que entonces comenzó a llamarse “el sistema”. Creo que su rebeldía era más bien contra la vida: la ausencia del padre, la pobreza de la familia, la estrechez del mundo cotidiano de las clases bajas. Fue aprendiz de panadero, de carpintero, de electricista, de diseñador textil… No lo sedujeron la democracia, la acción política o la filosofía existencialista, sino las drogas y ese estilo de vivir siempre a salto de mata. En muchos sentidos su vida –como su muerte– fue un misterio. A él no lo formó la universidad, sino la calle. Muchos otros –miles quizá– tuvieron una biografía semejante. Y no deja de ser una ironía que la historia los haya dejado fuera. Son otra cara del 68. Un sector que el milagro mexicano no quiso o no pudo tocar con el halo de la prosperidad.
|
||||||
| Imprimir Descargar Comentario |
||||||